Renacer para reinarCap. 12/128 min de lectura

Capítulo 12: La emperatriz reinante

Después de aquel grito, el templo Putuo se quedó en silencio.

Un silencio distinto al de antes. No el silencio tranquilo de los monjes que rezan, sino el de un lugar donde acaba de pasar algo que nadie quiere nombrar. Las lámparas de aceite seguían ardiendo en los corredores. Los pinos seguían moviéndose con el viento. Pero el aire se había vuelto pesado, espeso, como si la montaña entera contuviera el aliento.

Desde la sala de meditación llegó un gemido. Luego otro, más débil.

Y luego nada.

Fang Changning murió esa noche, en el templo Putuo, a pocos pasos de la sala donde descansaba nuestro padre.

Mucha gente me ha preguntado, después, cómo pasó exactamente. Quién sostenía la hoja. Quién cayó primero. Qué se vio cuando por fin entraron con las linternas. A todos les he dado la misma respuesta: que mi hermana entró a esa sala buscando mi muerte, y que fue ella la que no salió. Lo demás se lo dejo a quien quiera inventarlo. En el palacio siempre sobran voces para eso.


Al amanecer, entré a ver a mi padre.

Lo habían acomodado en otra sala del templo, más pequeña, con una sola ventana que daba a los pinos. Estaba sentado en el lecho, envuelto en mantas, con la cara gris y los ojos rojos. No sé si había dormido. Creo que no.

Me arrodillé frente a él.

Pasó mucho tiempo antes de que alguno de los dos hablara. Afuera, un monje barría las hojas del patio. El sonido de la escoba sobre la piedra iba y venía, iba y venía, como una respiración.

—Padre —dije al fin—, como emperador, usted nunca fue lo bastante despiadado.

Él no se movió. Siguió mirando la ventana.

—Sí —murmuró—. No fui lo bastante despiadado.

—Pero yo, para llegar hasta aquí... —Bajé la vista hacia mis manos, hacia los callos, hacia las uñas todavía oscuras de tierra del camino—. Ya no me queda nada. Perdí mi nombre. Me enterraron viva en una tumba vacía. Perdí el cariño que alguna vez tuve. Y las personas más cercanas a mí conspiraron para asesinarme.

Mi padre volteó por fin a verme. Tenía en la cara algo que no supe leer. Cansancio, quizá. Quizá miedo. Quizá una especie de respeto amargo, el que se le tiene a una tormenta.

—Pero conseguiste algo más importante —dijo.

No le respondí. No hacía falta. Los dos sabíamos qué era.


Lo que vino después me llegó de todos lados a la vez.

Había llanto en la sala. Había voces que se encimaban unas con otras, rotas, desordenadas. Mis padres estaban ahí los dos, y yo de pie en medio, y las palabras me caían encima desde el lecho y desde la puerta, de manera que después ya no supe bien, o no quise saber, de qué boca había salido cada una.

—Changning está muerta... Mi Changning está muerta.

Alguien sollozaba como si le arrancaran algo del pecho.

—¿Ya estás satisfecha?

Me mantuve de pie. Con la espalda recta, como en el noroeste, cuando el viento soplaba tan fuerte que el que se doblaba caía.

—Fang Changning conspiró con extranjeros —dije—. Quería matarme. Esto es lo que se merecía.

—¡Basta! No quiero oír nada más.

—No tengo una hija tan fría y tan cruel como tú. —La voz temblaba de rabia y de dolor—. De ahora en adelante, no quiero volver a verte.

Las palabras se quedaron en el aire, colgando, como el humo del incienso.

—No me importa la riqueza ni la gloria del palacio. No me importa nada.

Y después, más bajo, casi en un susurro:

—He decidido quedarme en el templo. Voy a pasar el resto de mi vida aquí. Cuídate tú en esta vida.


No lloré. No me arrodillé a pedir perdón. No corrí detrás de nadie.

Me quedé quieta, en medio de esa sala pequeña que olía a incienso y a pino, y dejé que el silencio volviera a llenarlo todo.

—Pero yo ya estaba preparada —dije, y mi voz sonó más tranquila de lo que esperaba—. Desde el momento en que volví a nacer, lo supe. El camino hacia el trono está pavimentado con sangre.

Miré hacia la ventana. La niebla se estaba levantando sobre la ladera, y entre los pinos empezaba a asomarse la luz del día.

—No necesito el cariño de la familia. Ni ninguna debilidad. —Apreté las manos—. Puedo soportar la soledad de tener entre las manos un reino sin fin. Puedo soportarla.

Lo dije en voz alta para que me escucharan. Pero sobre todo, lo dije para escucharme yo.

Porque era verdad, y no lo era del todo.

En el camino de bajada del templo, mientras los cargadores descendían despacio la escalera de piedra, me acordé de una mañana muy lejana. Un salón en silencio. Una bandeja de sándalo con dos varillas de bambú. Una niña que se adelantaba por el hombro de su hermana diciendo "yo voy primero", con la sonrisa de quien acaba de robarse un tesoro.

Esa niña había elegido la varilla larga. Yo me quedé con la corta.

Ella eligió el palacio. Yo elegí el viento.

Y al final, cada una llegó exactamente al lugar hacia donde había caminado.


El edicto se leyó en el salón del trono pocos días después.

Toda la corte estaba reunida. Los ministros en dos filas, de rodillas, con las frentes sobre la piedra pulida. El incienso subía en columnas desde los incensarios de bronce. Yo estaba de pie al pie de los escalones del trono, vestida de amarillo imperial, con las manos juntas frente al pecho.

El eunuco principal desenrolló la seda y leyó con voz clara:

—"Por la gracia del Cielo, el Emperador decreta: nuestra salud se ha debilitado y ya no podemos ocuparnos de los asuntos del reino. Pero el reino no puede quedarse sin soberano. La princesa Fang Jinhua es inteligente y talentosa, diestra tanto en las artes de la guerra como en las del gobierno. Tiene la capacidad de traer beneficio al país. Por eso la elevamos al rango de emperatriz reinante. Ella ocupará el trono en nuestro lugar. Y a partir de hoy, el nombre del país será el reino de Le."

El eunuco enrolló la seda.

Por un instante, nadie se movió.

Luego, desde el fondo del salón, una voz se levantó. Y otra. Y otra. Hasta que todas se juntaron en una sola, enorme, que retumbó contra las columnas rojas y subió hasta las vigas doradas del techo:

—¡Larga vida a Su Majestad! ¡Larga vida! ¡Larga vida!

Subí los escalones del trono, uno por uno. No eran muchos. Pero me parecieron tantos como los de la escalera del templo, tantos como los pasos de tres inviernos alrededor de la empalizada del noroeste, tantos como las noches en vela frente a un mapa.

Me di la vuelta y me senté.

El trono estaba frío. Era de madera dura, cubierta de laca y oro. No era cómodo. Nunca lo había sido para nadie.

Desde ahí arriba, el salón se veía distinto. Más pequeño. Las columnas que de niña me parecían troncos de árboles gigantes eran solo columnas. Las caras de los ministros, tan severas cuando yo me arrodillaba entre ellos, eran solo caras: cansadas, curiosas, asustadas. Algunas me miraban con esperanza. Otras con rencor. La mayoría con la cautela de quien todavía no sabe hacia dónde soplará el viento.

Pensé en mi vida anterior. En el vestido rojo, en la copa de vino nupcial, en el fuego que me bajó por la garganta. En aquella vida, nadie me había preguntado nunca qué quería. Ni mi padre, ni el Rey de Jiang, ni el destino.

En esta vida, ya no iba a tener que preguntárselo a nadie.


Al poco tiempo de mi coronación, en una audiencia de la mañana, mandé leer en voz alta un memorial que yo misma había pedido que se redactara.

—El memorial que me presentaron —dije, mirando las dos filas de ministros— sobre la implementación de los exámenes imperiales para mujeres. ¿Alguien tiene objeciones?

Un murmullo recorrió el salón. Los ministros se miraron entre sí. Al fin, uno de los más ancianos dio un paso al frente y se arrodilló.

—Majestad, nosotros creemos que el ingreso de las mujeres al gobierno tal vez no se ajuste a las leyes de nuestros ancestros.

Lo miré largo rato. No era un mal hombre. Solo era un hombre que nunca había necesitado preguntarse por qué las cosas eran como eran.

—Si las leyes de los ancestros son tan rígidas —le respondí—, ¿cómo podría existir una época de prosperidad?

El anciano no contestó. Pero desde la otra fila, un ministro más joven se inclinó.

—Su Majestad es una persona de gran talento. Y tiene visión de futuro.

—Las leyes de los ancestros no son inmutables. —Me puse de pie, y el salón entero se quedó en silencio—. Cualquiera que tenga talento, sin importar si es hombre o mujer, puede entrar a la corte. Cualquiera que tenga verdadero talento y verdadero conocimiento puede llegar a ser marqués o primer ministro.

Hice una pausa.

—Que este decreto se anuncie a todo el mundo.


Desde que la emperatriz reinante subió al trono, el reino de Le prosperó.

Eso es lo que dicen los cronistas, y por una vez no exageran. Mi tío siguió vigilando la frontera, y los jinetes de Qiangrong no volvieron a cruzar el río helado. Las tierras del antiguo reino de Jiang se llenaron de arrozales y caminos. Las fronteras se fueron ensanchando, año tras año. Y con el tiempo, el reino de Le se convirtió en el líder de los cuatro reinos.

Nadie se atrevió a invadirnos. Nadie se atrevió a pedirnos una princesa como tributo. Y yo nunca volví a mandar a una hija de mi reino a morir vestida de rojo en tierra extraña.

No lo hice por gloria. Lo hice para que la gente viviera en paz. Esa era la época de prosperidad que yo había querido ver, desde la primera noche que pasé temblando en una tienda del noroeste.

Restauré los exámenes imperiales. Abrí también los exámenes militares. En la corte se empleaba solo a quien tuviera talento, para las letras o para la espada, sin preguntarle el nombre de su padre ni el de su marido.

A veces, en las audiencias de la mañana, miro las dos filas de funcionarios frente al trono. Hay hombres con barba blanca y muchachos que apenas se rasuran. Y entre ellos, cada año un poco más numerosas, hay mujeres. Mujeres con los dedos manchados de tinta. Mujeres con callos en las manos.

Cada vez que las veo, me acuerdo de mi madre bajo la lámpara, preguntándome si una mujer puede cambiar su destino en contra del cielo.

Sí, Madre. Se puede.

Lo mandé grabar en piedra, a la entrada del salón de los exámenes, para que lo leyera cualquiera que cruzara esa puerta con miedo:

"Todos los talentos del mundo, sin importar si son hombres o mujeres, pueden entrar a la corte."

Fin del capítulo 12
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Renacer para reinar12 capítulos
  1. 1La varilla corta
  2. 2El látigo de oro y la cometa
  3. 3La jugada al revés
  4. 4Las máscaras se caen
  5. 5El viento del este
  6. 6Casarme en lugar de mi hermana
  7. 7Las manos de la novia
  8. 8Lo que dicen mis callos
  9. 9Desde lo alto de la muralla
  10. 10La cena de la reconciliación
  11. 11El templo Putuo
  12. 12La emperatriz reinanteLeyendo
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