Renacer para reinarCap. 5/128 min de lectura

Capítulo 5: El viento del este

Regresamos al noroeste antes de que se derritiera la nieve.

Mi padre nos despidió con banquete, con regalos, con palabras bonitas sobre la lealtad y la gratitud del trono. Mi tío las escuchó todas de rodillas, con la frente casi tocando el piso. Pero cuando cruzamos la última puerta de la capital y el camino se abrió ante nosotros, gris y vacío, no volvió a decir una sola palabra en tres días.

Al cuarto día, en la tienda de mando, por fin explotó.

—¡Su Majestad desconfía de mí!

Estrelló el puño contra la mesa. El mapa saltó, y una de las piedras que lo sujetaban rodó hasta el suelo.

—Llevo tantos años cuidando esta frontera. Tantos años derramando sangre y sudor, enterrando a mis hombres en la nieve. ¿Y qué gano a cambio? —Se le quebró la voz, de pura rabia—. La sospecha del Emperador. Eso es todo lo que gano.

Recogí la piedra del suelo y la volví a poner en su lugar, sobre la esquina del mapa.

—Tío, siéntate.

No se sentó. Se quedó de pie, respirando como un toro, mirando la lona de la tienda como si pudiera ver a través de ella hasta el palacio.

—Mi padre le tiene miedo al ejército de la frontera —le dije—. Siempre le ha tenido miedo. Por eso retiene el dinero y los granos a propósito. Mientras ustedes pasen hambre, no van a tener fuerzas para pensar en otra cosa. Esa es su manera de tenerlos con correa.

Mi tío volteó a verme.

—Hoy en día, Dazhou parece próspero —continué—. Banquetes, sedas, fiestas de fin de año. Pero por dentro está podrido desde hace mucho. Como una viga comida por las termitas. Por fuera brilla. Por dentro, ya no sostiene nada.

—Jinhua...

—Escúchame, tío. —Me acerqué a la mesa y apoyé las manos sobre el mapa—. En mi vida anterior, el ejército de Qiangrong bajó hacia el sur. Y mi padre, para protegerse a sí mismo, les regaló decenas de millones de taeles de oro. Vació los tesoros del reino para comprar unos cuantos años de paz.

Mi tío se quedó inmóvil. Yo nunca le había hablado así, con esa claridad, de lo que había vivido.

—Y después me mandó a mí al reino de Jiang. Como rehén. Disfrazada de novia. —Sentí que la voz se me endurecía—. No solo arruinó mi vida, tío. Arruinó el camino de todas las mujeres de este mundo. Nos enseñó que una princesa no vale más que un cofre de oro. Que se puede regalar igual que se regala un caballo.

Afuera aullaba el viento. Las llamas del brasero se doblaron hacia un lado.

—Si de verdad me tocó volver a vivir —dije—, no voy a repetir los mismos errores. Nunca.


Mi tío se puso pálido. Dio dos pasos hacia la entrada de la tienda, levantó la lona, miró hacia afuera y la dejó caer otra vez. Cuando se volvió hacia mí, bajó tanto la voz que apenas lo oí.

—Cuidado, Jinhua. Esas son palabras de rebelión. Por palabras así exterminan a nueve generaciones de una familia.

—Tío. —Le sonreí—. No tengas miedo. Afuera solo hay gente nuestra.

Me enderecé y puse el dedo sobre el mapa, justo donde el río se curvaba hacia las montañas.

—Este noroeste es nuestro territorio. Nuestro dominio. Aquí no manda el palacio, mandan los caballos, el hielo y los que saben sobrevivir. —Recorrí con el dedo la línea de la frontera—. Si el Emperador nos quiere ahorcar con el dinero y los granos, entonces nosotros vamos a hacer negocio con los sables. Lo que ganemos, lo usaremos para comprar comida. Necesitamos soldados. Necesitamos caballos. Necesitamos poder.

Levanté la vista hacia él.

—Y un día, tío, vamos a regresar peleando a la capital. Y vamos a ser los dueños.

El silencio que siguió fue tan largo que escuché el chisporroteo de cada brasa.

Luego mi tío echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada. Una carcajada enorme, de esas que yo le había escuchado solo después de una victoria. Se reía y se secaba los ojos con el dorso de la mano, y no supe si eran lágrimas de risa o de otra cosa.

—¡Jajaja! Ser los dueños. Sí. Suena bien ser los dueños. —Juntó los puños frente al pecho y se inclinó ante mí, como un oficial ante su comandante—. Estoy dispuesto a seguirte, mi señora.


La primavera llegó al noroeste con barro y con guerra.

Los de Qiangrong no habían olvidado la derrota del río. Volvieron en cuanto se abrieron los pasos de montaña, más numerosos que la vez anterior, y se atrincheraron en un valle angosto, entre dos laderas de piedra. Resistían con una terquedad de animales acorralados.

Un oficial subió corriendo la loma desde donde yo observaba el campo.

—¡Comandante adjunto! Los de Qiangrong resisten con todo. Piensan pelear hasta el último hombre. Son muchísimos. —Se secó el sudor de la frente—. ¿Disparamos las flechas?

Miré el valle. Miré las banderas de nuestro campamento. Las banderas, que hasta esa mañana colgaban flojas, habían empezado a moverse. Todas en la misma dirección.

—Disparar flechas es un desperdicio —le dije.

Levanté la mano y sentí el aire entre los dedos. Frío, constante, cada vez más fuerte.

—Llegó el viento del este. Mándenles todo lo que preparamos.

—¡Sí, comandante!

Durante semanas, mientras los oficiales se preguntaban para qué, yo había hecho juntar costales y más costales en la retaguardia. Pocos sabían lo que había adentro. Ahora los soldados los cargaban hasta lo alto de la ladera, los abrían de cara al viento y los vaciaban.

Una nube blanca se levantó sobre el valle. Ligera, casi bonita, como pelusa de álamo en primavera. El viento del este la empujó hacia abajo, despacio, hasta envolver las trincheras enemigas.

No miré lo que pasó después. No hacía falta. Los gritos subieron por la ladera durante mucho tiempo, y luego se fueron apagando, uno por uno.

—Comandante... —El oficial me miraba con la boca abierta—. Es usted brillante. Usar esa pelusa envenenada para acabar con el enemigo... Nadie lo hubiera pensado.

Al caer la tarde, un explorador volvió del valle.

—¡El ejército de Qiangrong fue aniquilado!


Esa noche, en la tienda de mando, el escribano esperaba con el pincel en la mano.

—Hay que mandar el parte de batalla a la capital —dijo mi tío.

—Sí, general. Escribo el informe de la victoria ahora mismo.

—Espera.

Los dos voltearon a verme. Me senté frente al escribano y le hablé despacio, para que no se le escapara ni una palabra.

—Fue una victoria, sí. Pero en el informe vas a poner que el ejército de Qiangrong resistió con ferocidad. Que nuestro ejército sufrió muchísimas bajas. Que con grandes trabajos apenas logramos expulsarlos. Y que necesitamos con urgencia apoyo de granos y forraje.

El escribano me miró, luego miró a mi tío. Mi tío asintió.

El pincel empezó a correr sobre el papel.

Yo me quedé mirando la llama de la vela. Una victoria pequeña, contada como una victoria dolorosa, valía el doble. Le daba a mi padre la tranquilidad de saber que la frontera seguía débil, que nos necesitaba, que no éramos una amenaza. Y nos daba a nosotros lo único que de verdad nos faltaba.

Tiempo.

Tiempo para criar caballos. Tiempo para entrenar hombres. Tiempo para formar una caballería capaz de pisotear hasta el mismo inframundo.


Lo que pasó en el palacio esos meses lo supe a pedazos. Por cartas que llegaban tarde, por mensajeros que hablaban de más, por los chismes que los comerciantes traían de la capital junto con la sal y la seda. Lo cuento como me llegó, con los huecos que tenía. Hay partes que hasta hoy no sé con certeza.

Se decía que una princesa había bebido de más en algún banquete. Que despertó en un lugar que no conocía, gritando, sin saber dónde estaba. Que alguien se había aprovechado de su borrachera para ofenderla. Quién era ese alguien, nadie lo decía en voz alta. Y sobre qué princesa había sido, cada mensajero contaba una versión distinta.

Lo que todos coincidían en contar era la furia de mi padre.

—¿Cómo se atreve? —dicen que gritó en el salón, con la cara morada—. ¡Ha deshonrado a la familia imperial!

—Majestad, cálmese...

Dicen que los ministros se arrodillaron en fila, y que nadie se atrevía a levantar la cabeza. Porque la vergüenza era lo de menos. El verdadero problema estaba más allá de la frontera.

—Majestad, Jiang es el líder de los cinco reinos —había dicho uno de ellos—. El Rey de Jiang pidió expresamente a una princesa de Dazhou. Si se la mandamos así, después de lo que pasó, el Rey de Jiang va a montar en cólera. Habrá guerra entre los dos reinos. Y los reinos vecinos van a aprovechar la ocasión para atacarnos. Dazhou estará en peligro.

—Majestad, ¿qué vamos a hacer? ¿Qué vamos a hacer?

Y entonces, en medio de ese caos, llegó otra noticia. Una que hizo callar a todos.

—La princesa Chaoyang... ha sufrido otra desgracia. Su cara quedó desfigurada.

Cuando el mensajero me lo contó, junto al fuego del campamento, me quedé mucho rato en silencio. No pregunté cómo había pasado. Él tampoco lo sabía. Nadie parecía saberlo.

Solo pensé en esa cara bonita, con la barbilla siempre levantada. Y en lo rápido que el palacio dorado devora a sus propias hijas.


Mientras tanto, según me contaron, mi hermana no había perdido ni un poco de confianza.

Una tarde, en uno de los pabellones del jardín imperial, Changning tomaba té con algunas de las princesas más jóvenes, hijas de concubinas de menor rango. Ellas hablaban en susurros de las desgracias recientes, de la cólera de nuestro padre, del miedo que había en todo el palacio.

Changning las escuchaba con una sonrisa tranquila, dándole vueltas a la taza entre los dedos.

—El Rey de Jiang está escogiendo reina —dijo al fin—. Y para la alianza matrimonial con Dazhou, la primera opción es obvia. Díganme, ¿quién más está a la altura, aparte de mí?

Nadie le contestó. Ella se rio bajito.

—Las que nacieron de las ramas secundarias de la familia, mejor que ni lo sueñen. Casarse con un rey para convertirse en fénix no es para cualquiera.

Las princesas más jóvenes bajaron la cabeza.

—Tiene razón, hermana mayor.

—Claro que sí. Ese honor es suyo.

—Nosotras solo podemos envidiarla.

Changning dejó la taza sobre la mesa, satisfecha, y miró hacia el cielo de la tarde como quien mira una corona que ya tiene en la cabeza.

Yo, a cientos de leguas de distancia, sabía muy bien que el palacio no le perdona a nadie esa clase de seguridad.

Esa misma noche, o eso me contaron después, el silencio del palacio se rompió de golpe.

Desde algún lugar entre los muros, detrás de alguna puerta cerrada, se escuchó un alarido. Largo, desgarrado, tan lleno de terror que los guardias de los corredores soltaron las lanzas.

—¡Ah...! ¡Auxilio! ¡Ayúdenme!

Fin del capítulo 5
Sigue leyendoCapítulo 6: Casarme en lugar de mi hermanaEl edicto llegó una madrugada, en manos de un jinete que había reventado tres caballos en el camino. No traía estandartes ni trompetas. No lo leyeron…Leer capítulo 6
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Renacer para reinar12 capítulos
  1. 1La varilla corta
  2. 2El látigo de oro y la cometa
  3. 3La jugada al revés
  4. 4Las máscaras se caen
  5. 5El viento del esteLeyendo
  6. 6Casarme en lugar de mi hermana
  7. 7Las manos de la novia
  8. 8Lo que dicen mis callos
  9. 9Desde lo alto de la muralla
  10. 10La cena de la reconciliación
  11. 11El templo Putuo
  12. 12La emperatriz reinante
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