Después de la venganza, me enfermé.
La enfermedad llegó con furia, como si hubiera estado esperando detrás de la puerta a que yo terminara mis asuntos. Las heridas del látigo no habían cerrado bien. La patada que Shen Ting me dio en el pecho frente al Palacio Shou'an me había dejado algo roto por dentro. Y todo el cansancio de dos vidas, que yo había ido guardando sin darme cuenta, me cayó encima de golpe.
Tuve fiebre durante días. Tosía hasta ver puntos negros. Hubo una noche en que oí al médico imperial murmurar en el pasillo que había que prepararse para lo peor, y pensé, con una calma extraña, que tal vez tenía razón. Que tal vez yo había vuelto solo para esto: para cobrar lo que me debían y después irme.
Soñé mucho. Soñé con mi vida anterior. Eran sueños revueltos, sin orden, de los que al despertar solo me quedaba el frío y la sensación de haber estado otra vez de rodillas en algún lugar oscuro. No recuerdo qué vi. Recuerdo que lloraba.
A veces, entre un sueño y otro, abría los ojos y no sabía en qué vida estaba. Buscaba con la mirada la tablilla negra de Shen Ting sobre el altar, el humo del incienso barato que se quemaba día y noche en la mansión del marqués, la voz de Qinghe llamándome desde la puerta para que me tomara la sopa. No encontraba nada de eso. Encontraba un techo desconocido, unas cortinas de color claro, el olor amargo de las hierbas hirviendo en algún rincón de la casa. Y tardaba un buen rato en recordar dónde estaba. Y un rato más en recordar que Qinghe ya no iba a llamarme nunca.
Xiao Heng venía al patio lateral todos los días.
Al principio no me di cuenta. Luego empecé a notar cosas. Que la habitación de afuera, que antes estaba vacía, ahora tenía una mesa cargada de legajos y un tintero. Que por las mañanas se oía entrar y salir a los funcionarios, y que hablaban en voz muy baja, como si alguien les hubiera ordenado no hacer ruido. Que el Regente había trasladado ahí sus asuntos de gobierno.
Cuando se cansaba, se sentaba junto a mi cama.
Muchas veces, al abrir los ojos, lo encontraba ahí: con la cabeza inclinada sobre un libro, la luz de la vela sobre un lado de la cara. Esa cara que en la muralla, en el tribunal, en la puerta de la prisión, me había parecido siempre de piedra fría. Con la luz de la vela, los bordes se le suavizaban. Parecía otro hombre. O el mismo, visto por fin de cerca.
Una noche, cuando ya podía hablar sin toser, le pregunté con la voz ronca:
—Alteza, ¿por qué me trata tan bien?
Xiao Heng dejó el pincel sobre la mesa.
—¿Tú qué crees?
Aparté la mirada hacia la pared.
—Ahora tengo mala fama —dije—. Y el cuerpo deshecho. No valgo la pena para los cálculos de Su Alteza. No hay nada en mí que se pueda aprovechar.
Él se quedó callado un momento. Después, sin decir nada, alargó la mano y me acomodó la cobija sobre los hombros, metiéndola bien por los bordes, como se hace con un niño.
—Wen Cixi —dijo—, no todo el que se te acerca viene a quitarte algo.
No le respondí. Me quedé mirando la pared hasta que la vela se consumió. Pero esa noche, por primera vez en mucho tiempo, no soñé.
Cuando por fin pude sostenerme en pie, Xiao Heng me sacó de la ciudad para que respirara otro aire. No hablamos mucho en el camino de ida. Yo miraba los campos por la ventana del carruaje y él leía, como siempre.
En el camino de regreso, el cielo se puso gris.
Cuando el carruaje entró en el tramo más estrecho del camino de montaña, todo alrededor se quedó en un silencio raro. No se oían pájaros. No se oía el viento entre los árboles. Solo las ruedas sobre las piedras y la respiración de los caballos.
Xiao Heng levantó la cortina y echó un vistazo afuera.
Vi cómo se le enfriaban los ojos.
—Acuéstate —dijo.
No terminó de decirlo cuando varias flechas cortaron el aire.
Afuera, las espadas de los guardias salieron de sus vainas con un chasquido metálico, y enseguida estalló el ruido de la pelea: gritos, golpes, caballos relinchando. Antes de que yo pudiera reaccionar, él me jaló contra su pecho.
El carruaje se sacudió con los impactos. Una flecha me pasó rozando la oreja y se clavó en la pared de madera, a un palmo de mi cara. La cola todavía vibraba.
Olí algo amargo. Un olor que se metía por la nariz y raspaba la garganta.
—Está envenenada —dije en voz baja.
—Sí.
—¿Son…?
—Gente de Shen Ting —contestó, y me empujó detrás de su espalda—. Lo que queda de su bando. Debe ser.
Su voz estaba tranquila. Tan tranquila como si el brillo de las espadas y las sombras que pasaban por la ventana no tuvieran nada que ver con él.
—No tengas miedo.
Me quedé mirando su espalda.
Era una espalda ancha, cubierta de tela oscura, que tapaba casi toda la puerta del carruaje. Y de pronto me acordé de mi vida anterior.
Nunca nadie se había puesto delante de mí así.
Yo me había casado en lugar de Wen Yu. Había cargado con las culpas de la familia Wen. Había guardado luto por Shen Ting durante treinta años y sostenido sola la Mansión del Marqués. Todo el mundo me decía que tenía que ser sensata, que tenía que entender, que tenía que aguantar. Mi padre, los parientes de Shen Ting, los vecinos, los sirvientes.
Pero nadie, nunca, me había preguntado si tenía miedo.
Un asesino rompió la ventana de una patada.
Entró con la cara tapada y un cuchillo corto en la mano. Xiao Heng desenvainó su espada y le salió al encuentro en ese espacio estrecho donde casi no se podía mover el brazo. Chocaron dos, tres, cuatro veces. El otro era rápido. Xiao Heng tuvo que retroceder, paso a paso, hasta que su espalda casi tocó mis rodillas.
Y en ese instante, por la ventana rota, vi el brillo de una punta de flecha apuntando directo a mi corazón.
No me dio tiempo ni a gritar.
Él lo vio también. Soltó un gemido sordo y, sin dudar ni un segundo, se dio la vuelta y me abrazó.
La flecha le atravesó el hombro.
Se tambaleó. Sentí cómo todo su peso se venía contra mí, cómo se le aflojaban las piernas. Pero no me soltó. Me siguió cubriendo con el cuerpo, con los brazos apretados a mi alrededor como una pared.
Yo me quedé completamente congelada.
—Xiao Heng —dije. Era la primera vez que lo llamaba por su nombre—. Xiao Heng…
Él bajó la mirada hacia mí. La cara se le estaba poniendo blanca a una velocidad que daba miedo. Aun así, se obligó a sonreír.
—Estoy bien.
Pero la sangre que le salía del hombro ya era negra.
La guardia imperial llegó poco después. No sé cuánto tiempo pasó; a mí me pareció un año. Oí cascos, órdenes, el ruido de los cuerpos al caer. Mataron a todos los asesinos. No quedó ninguno para interrogar.
Xiao Heng aguantó consciente hasta que el carruaje cruzó la puerta de la Mansión del Regente. Ahí, cuando los guardias abrieron la portezuela y quisieron ayudarlo a bajar, se le doblaron las rodillas y cayó.
Lo llevaron adentro entre cuatro hombres.
Durante los días siguientes la mansión fue un ir y venir de médicos imperiales. Entraban con cajas de agujas y salían con la frente sudada. Las criadas llevaban cuencos de medicina uno tras otro, y los traían de vuelta medio llenos porque él no podía tragar. Le cortaron la carne alrededor de la herida para sacar el veneno. Le cambiaban las vendas cada pocas horas, y cada vez salían más oscuras.
Yo los miraba trabajar desde un rincón con las manos todavía manchadas. En el carruaje, mientras esperábamos a la guardia, le había apretado la herida con mi propia manga, con todas mis fuerzas, como si así pudiera detener lo que ya le corría por dentro. La tela se me había quedado pegada a los dedos, tiesa y negra. Nadie me había dicho que me lavara y yo no me acordé de hacerlo hasta la noche.
A mí nadie me dijo que me fuera, así que no me fui.
Me senté junto a su cama como él se había sentado junto a la mía. Le mojaba los labios con un paño. Le secaba el sudor. Le hablaba aunque no me oyera, de cosas sin importancia: que había llovido, que el durazno del patio tenía brotes, que su tintero se había secado.
Las criadas me traían comida y yo la dejaba enfriarse sobre la mesa. Cuando caía la noche, encendía la vela yo misma y me quedaba mirándole la cara. Sin el ceño fruncido, sin la mirada de escarcha, parecía más joven. Parecía alguien a quien se podía lastimar.
Pensaba en la flecha. En que había sido para mí. En que él la había visto venir con el mismo tiempo que yo, y que en ese tiempo, que no alcanzaba ni para respirar, había elegido darse la vuelta.
En mi vida anterior, yo había dado treinta años por un hombre que no habría dado por mí ni una gota de sangre. Y ahora había un hombre que se desangraba por mí sin que yo le hubiera dado nada. No sabía qué hacer con esa cuenta. No cuadraba con ninguna de las que yo conocía.
En mi vida anterior yo no creía en los dioses ni en los Budas.
No por soberbia. Era que me había arrodillado demasiadas veces. Ante la tablilla de Shen Ting, ante mi padre, ante los ancestros de la familia del marqués, ante cada altar de cada templo de la capital. Había rezado durante treinta años, y nadie había bajado nunca a salvarme.
Esa noche, sin embargo, me arrodillé de nuevo.
Junté las manos junto a su cama y le hablé al cielo, a quien fuera que estuviera escuchando.
"Si despierta", pensé, "acórtenme la vida. Quítenme los años que quieran. Todas las bendiciones que me queden, se las doy. Pero que despierte."
La mañana del tercer día, Xiao Heng por fin abrió los ojos.
Yo estaba medio dormida contra el borde de la cama, con la frente apoyada en el brazo. Sentí que algo se movía bajo mi mano. Levanté la cabeza de golpe.
Me estaba mirando.
Tenía los labios secos y agrietados, y la voz le salió casi sin aire. Pero lo primero que dijo al verme fue:
—Cixi, no te vayas.
Las lágrimas se me cayeron de inmediato, sin pedir permiso. No pude detenerlas. Le apreté la mano con las dos mías.
—No me voy —le dije—. No me voy a ir. Nunca más me voy a ir.