—General Shen, ¿por qué tanta prisa por matarla? —dijo una voz desde abajo, tranquila y fría como agua de pozo—. ¿Tiene miedo de que diga algo que no debería?
Shen Ting se quedó con la mano en la empuñadura.
La multitud se abrió sola, como si una cuchilla hubiera pasado entre la gente. Por el espacio vacío avanzaba un grupo de jinetes con armaduras oscuras, y delante de todos, a pie, un hombre vestido con una túnica negra bordada con serpientes doradas. Subió los escalones de la muralla sin apresurarse. Cada paso suyo sonaba igual que el anterior.
Lo reconocí aunque nunca lo había tenido tan cerca. En toda la capital no había otro hombre que vistiera así, ni que hiciera callar a una multitud con solo aparecer. Xiao Heng, el príncipe regente. El hombre que tenía en sus manos los asuntos de la corte, y ante cuyo escritorio temblaban ministros y generales por igual. Había apostado por él sin conocerlo, con una sola carta y la vida de mi criada.
En mi vida anterior solo había oído hablar de él de lejos, en las conversaciones de los funcionarios que venían a la mansión a pedir favores o a cobrar viejas deudas. Decían que era frío, que no aceptaba regalos, que no tenía amigos en la corte, que no perdonaba a nadie. Decían también que era el único hombre del reino a quien el Marqués de Zhennan, en vida, había evitado mirar a los ojos.
Por eso lo había elegido. No por bondad: yo no esperaba bondad de nadie. Lo había elegido porque era el único al que Shen Ting no podía comprar ni engañar con una sonrisa.
Yo no sabía si Xiao Heng iba a venir.
Ni siquiera sabía si Qinghe había logrado sacar la carta.
En mi plan, todo dependía de eso: de que una criada, sola, cruzara la capital con un paquete escondido y llegara hasta la puerta de la Mansión del Regente antes de que Shen Ting la encontrara. Y desde la noche anterior, cuando la vi caer con el pecho atravesado, había dado por hecho que no lo había logrado. Que todo se había perdido con ella.
Hasta ese momento.
Cuando el hombre llegó a lo alto de la torre, vi lo que llevaba en la mano. Un fajo de cartas atadas con cordel, con los bordes manchados de sangre seca, de un color pardo que yo conocía bien porque esa misma sangre todavía la tenía en la cara.
Entonces lo entendí.
Qinghe lo había logrado. Con su vida, me había abierto el camino hasta Xiao Heng.
Me tapé la boca con la mano para no gritar. No sé si lo que me salió fue un sollozo o una risa.
Shen Ting se recompuso enseguida. Soltó la espada y se inclinó con una reverencia correcta.
—Alteza. Esta mujer sufre un ataque de histeria. Acusó en público a la concubina imperial. Yo solo cumplía órdenes. —Se enderezó—. Esta misma mañana recibí una orden verbal del emperador para investigar el caso de la muerte fingida del Marqués de Zhennan.
—¿Ah, sí? —Xiao Heng ni siquiera lo miró. Me miraba a mí, o mejor dicho, miraba las heridas de mi espalda, la sangre en las piedras, el cabello sucio—. ¿Qué orden, general Shen? ¿De qué decreto me está hablando?
Shen Ting abrió la boca y la volvió a cerrar.
Xiao Heng se volvió hacia sus hombres.
—Cierren las puertas de la ciudad. Llamen a los médicos imperiales. —Luego miró hacia abajo, hacia el mar de rostros que se había quedado inmóvil—. Ya que este asunto llegó hasta el pueblo, lo vamos a comprobar delante del pueblo.
Oí el rechinar de las grandes puertas cerrándose a lo lejos, una tras otra, como un trueno largo.
Al poco tiempo trajeron a tres médicos imperiales hasta lo alto de la torre. Eran viejos, con barbas blancas, y subieron los escalones jadeando, con sus cajas de madera colgadas al hombro. Cuando vieron a quién tenían que examinar, se pusieron pálidos.
Wen Yu forcejeó como un animal atrapado.
—¡No quiero que me examinen! ¡Soy la concubina imperial! ¿Quién se atreve a tocarme?
Dos guardias la sujetaron de los brazos. Ella pateó, se retorció, intentó morder. Se le cayeron dos horquillas de oro, que rodaron por la piedra hasta quedar junto a mis rodillas.
—Si es inocente —dijo Xiao Heng, sin levantar la voz—, no tiene nada que temer. Y si no lo es... adulterio y confusión del linaje imperial. Ese es un crimen que se paga con la ejecución de nueve generaciones de su familia.
Nueve generaciones. Wen Yu dejó de forcejear de golpe. Se quedó quieta, con los ojos muy abiertos, y el color se le fue de la cara como agua que se escurre de un cuenco. Se rindió.
Los tres médicos se turnaron para tomarle el pulso. Uno, luego otro, luego el tercero. Nadie en la torre se atrevía a hablar. Shen Ting tenía la mandíbula tan apretada que se le marcaban los músculos bajo la piel. Los soldados miraban al suelo. Abajo, la multitud entera parecía contener la respiración.
El viento pasaba entre los estandartes rotos y los hacía crujir.
Me pareció que pasaba una eternidad.
Yo estaba arrodillada a pocos pasos, con las horquillas de oro de mi hermana junto a las rodillas, y me descubrí rezando, aunque no sabía a quién. En mi vida anterior había rezado tanto que se me habían gastado las palabras. Esta vez no pedía milagros. Solo pedía que, por una vez, la verdad pesara más que unas lágrimas bonitas.
Por fin, el más anciano de los médicos se arrodilló primero. Le temblaba la voz tanto que apenas se le entendía.
—Le informo al príncipe regente... El feto de la concubina está estable. Pero ya tiene más de cuatro meses.
Una sola frase silenció a la ciudad entera.
Wen Yu llevaba apenas un mes en el palacio. De quién era el hijo que llevaba en el vientre, no hacía falta decirlo.
Miré a Shen Ting.
Ese rostro que siempre había sido severo y contenido, ese rostro de general que yo había venerado en una tablilla durante treinta años, por fin se volvió gris. Gris como la ceniza de las ofrendas. Se le aflojó la boca. Se le apagaron los ojos.
No pude evitar reírme.
Me limpié la sangre de los labios con el dorso de la mano y lo miré de frente.
—¿Te gustó la función, Marqués?
Shen Ting se levantó de golpe, con un rugido, como si fuera a lanzarse sobre mí o sobre el regente o hacia el borde de la muralla.
Los guardias imperiales se le echaron encima antes de que diera dos pasos. Lo derribaron y le apretaron la cara contra el suelo. Su mejilla quedó aplastada sobre la sangre y el polvo, sobre la misma piedra donde yo había estado arrodillada. Parecía un perro sin dueño.
Xiao Heng pronunció la sentencia sin cambiar el tono, como quien lee una lista.
—Fingir su muerte para engañar al emperador. Corromper el harén imperial. Sospecha de traición. Al calabozo. —Hizo una pausa breve—. La hija de la familia Wen queda despojada de su título. Al Palacio Frío, hasta que la juzguen los Tres Tribunales.
Wen Yu soltó un alarido.
—¡No! ¡Soy la concubina imperial! ¡Soy la favorita del emperador! ¡No pueden hacerme esto!
Nadie le hizo caso.
Dos matronas del palacio la tomaron de los brazos y se los torcieron a la espalda. Y así, la que hasta hacía un momento era la mujer más amada del harén fue arrastrada escaleras abajo. La túnica del fénix barría los escalones de piedra y dejaba tras de sí una larga marca de polvo, como un pájaro con las alas rotas.
Un guardia me ayudó a ponerme de pie. Las piernas no me sostenían; tuve que apoyarme en su brazo.
Cuando pasé junto a Shen Ting, todavía tirado en el suelo con las rodillas de dos hombres sobre la espalda, levantó la cara y me clavó los ojos. Eran ojos tan venenosos que parecía que quería devorarme viva.
Me detuve. Me incliné un poco, lo justo para que solo él me oyera.
—Shen Ting, esto es solo el principio. Todo lo que me diste en mi vida anterior te lo voy a devolver. Una cosa por una cosa.
Y seguí caminando.
La gente al pie de la muralla todavía no se había dispersado. Al contrario, se había apretado más, y el murmullo se había convertido en gritos.
—¡La adúltera y el sinvergüenza!
—¡Y la corte que le dio honores al Marqués de Zhennan! ¿Cómo se atrevieron a engañar así al emperador?
—La familia Wen tampoco es inocente. Una hermana al palacio, la otra casada con un noble. Seguro que lo tenían todo planeado desde el principio.
Los oí desde lo alto de los escalones y no sentí nada. Ni alegría, ni alivio.
La gente es así. Ayer podían arrojarme agua sucia a mí. Hoy le arrojan piedras a otro. Mañana, si el viento cambia, volverán a buscarme.
La reputación es eso. En mi vida anterior la cuidé toda la vida, como quien cuida una lámpara en medio de una tormenta. No me casé de nuevo, no salí de la mansión, no levanté la voz, no reí en público. Y aun así terminé con fama de mujer de destino amargo, de viuda que trae desgracia.
Ahora ya no me importaba. Y si alguien volvía a usarla para atarme las manos, le cortaría la mano.
Xiao Heng había bajado detrás de mí. Se detuvo a mi lado, y por primera vez lo vi de cerca: era alto, de cejas rectas y ojos fríos como la escarcha, y tenía la ropa negra salpicada de polvo del camino, como si hubiera venido a caballo sin detenerse. Las cartas manchadas de sangre ya no estaban en su mano; se las había entregado a uno de sus hombres.
Le hizo una seña a alguien. Al poco rato, un carruaje se detuvo al pie de la muralla.
—Estás herida de gravedad —me dijo—. Ve primero a mi mansión, que te curen.
Miré el carruaje. Tenía cortinas oscuras, cojines, un brasero adentro. Un lugar donde sentarse, por fin.
Y después miré la calle.
La calle larga que salía de la muralla y llevaba, entre tejados grises, a la Mansión del Marqués de Zhennan.
La conocía de memoria. En mi vida anterior la recorrí innumerables veces. La recorrí de novia, con el velo rojo, y de viuda, con el vestido blanco. La recorrí con el cabello negro y con el cabello blanco. La recorrí para ir al templo, para ir al mercado, para ir a cobrar deudas, para ir a pedir favores a gente que me despreciaba. Cada paso de esa calle me parecía ahora pisar mis propios huesos.
Me llevé la mano al pecho, donde la llave de Qinghe seguía escondida bajo la tela.
Me volví hacia Xiao Heng y le hice una reverencia, torpe, con el cuerpo que no me obedecía.
—Alteza, primero tengo que volver a la mansión. Ahora mismo. Todavía quedan allí algunas cosas que tengo que sacar.