Lu Mobei no se movió.
Se quedó en el último tablón, con las botas en el barro y la niebla enroscada en las piernas, y durante un rato largo solo se oyó el chapoteo de la vara en el agua.
—Dijiste que me odias. —Habló tan bajo que apenas lo alcancé—. Zhao Qingwu, acabas de decir que me odias.
No contesté.
—¿Por qué? —Dio medio paso hacia el borde, y el tablón crujió—. ¿Por qué? Soñé con nosotros. Soñé todo, entero, y no entiendo... ¿por qué me odias?
Lo dijo como un niño al que le quitan algo sin explicarle. Hubiera podido reírme. En lugar de eso me acordé de las veces que lo había mirado yo, desde el otro lado de una mesa, con esa misma pregunta pegada a los labios, y de cómo él giraba la cabeza.
—¿Que por qué? —Mi voz sonó nítida sobre el agua—. Odio tu escándalo, Lu Mobei. Odio tu orgullo y tu terquedad. Odio tu ignorancia. Eres de esa clase de gente que no tiene una sola cosa que me guste a mí, Zhao Qingwu. Ni una sola.
Eran sus frases. Cada una la había oído en la otra vida, en un corredor, entre cuatro paredes, con la lluvia detrás, y se las devolví tal cual, sin cambiar más que el nombre, para que supiera cuánto pesaban.
Mobei se quedó lívido.
—¿Tú también soñaste eso? —murmuró, y se le atragantó la voz—. ¿Por eso me odias tanto?
Lo miré. Quedaban entre nosotros unos veinte remos de agua opaca, y al otro lado de ese espacio un hombre con la cara desencajada que me pedía una explicación que ya le había dado entera.
—Soñé —dije— que morías mal.
Me volví hacia la proa.
—Barquero, vámonos. Que un extraño no retrase el viaje.
—A sus órdenes, señorita. Agárrese fuerte.
El viejo hundió la vara. La barca se estremeció, tomó impulso y dejó atrás los pilotes y el último farol de la orilla. Detrás de mí, Mobei dijo algo que ya no distinguí, y después solo quedó el crujido de la madera.
Fue entonces cuando el barquero soltó un juramento.
—¡Cielos! ¡El muchacho! —La vara se le quedó suspendida en el aire—. ¡Se ha tirado al río! ¡Ese muchacho se ha tirado!
Giré la cabeza.
El embarcadero seguía allí, difuminado, pero al final de los tablones ya no había nadie. Solo una mancha de ondas que se abría y se cerraba sobre el agua gris, y dos manos que salieron un segundo a la superficie y volvieron a hundirse.
No sabe nadar.
Lo pensé con una claridad extraña, ajena, porque lo sabía mejor que nadie. Una vez, en la otra vida, harta de que me menospreciara en medio del jardín, le di un empujón con las dos manos y lo mandé al estanque de la mansión Lu. Era un estanque hondo y verde, de los que se cavan para los peces de adorno. Él no hizo nada. Se quedó rígido, con los ojos abiertos y los brazos tiesos, sin manotear siquiera, con el terror de un cuerpo que no le obedecía. Tuve que gritar a los criados para que lo sacaran con una pértiga, con la risa convertida en miedo, y durante días no volvió a pasar cerca del estanque. Este hombre le tenía miedo al agua hasta el hueso.
Y se había tirado a un río.
—¡Pescadores! —gritó el barquero hacia la orilla—. ¡Gente! ¡Ayuda!
En la niebla se oyó un revuelo, voces, alguien corriendo por los tablones con una cuerda. No pude ver más. La barca había dejado de alejarse; el viejo se mantenía en el sitio con la vara clavada en el fondo, vacilando entre mi cara y la orilla. Yo me puse de pie y me agarré a la borda.
Desde el agua, entre toses, llegó una voz. Rota, ahogada, de quien traga más río que aire.
—Zhao Qingwu... —Un chapoteo, una tos larga—. Si no fue un sueño... Si de verdad te destruí... Lo que te debo... Te lo pago con mi vida. Esta vida te la pago con la vida. ¿Puedo devolvértela así, esta vez?
No solté la borda.
Yo había soñado muchas veces con ese momento. Con el día en que él, de rodillas, sabría lo que me había costado. En la otra vida lo fabriqué mil veces en la cabeza, en la cama, mirando la ventana de papel amarillento. Siempre terminaba con una absolución. Ahora lo tenía delante, en el agua que más temía, ofreciéndome lo único que le quedaba, y me di cuenta de que ni siquiera lo quería.
—No —dije.
Lo dije fuerte, para que lo oyera aunque tuviera el agua en los oídos.
—No, Lu Mobei. La deuda que me debes no la pagarás en esta vida.
No hubo respuesta. Solo chapoteos junto al embarcadero y los gritos de los hombres.
Me temblaban las rodillas. Me dejé caer en el banco y apreté las manos contra el regazo hasta que dejaron de moverse. A mi lado, el viejo no dijo nada. Pasado un buen trecho, cuando ya solo se oían los remos y el goteo de las cuerdas, carraspeó.
—Yo llevo cuarenta años en este río, señorita. He visto a gente tirarse por mil razones. Por deudas, por amores, por vergüenza. —Escupió a un costado—. Ese muchacho no se tiró por ninguna de esas.
Yo no pregunté por cuál se había tirado. Miré hacia atrás una sola vez: la niebla lo había cubierto todo, la orilla y los gritos, hasta el olor del barro.
—Siga, barquero —le pedí.
Esta vez no tuve que repetirlo. El viejo sacudió la cabeza, murmuró algo sobre la gente joven y empujó con todas sus fuerzas. La niebla se cerró a nuestras espaldas.
Las semanas de viaje se me quedaron como un solo río largo. Barca, carreta, posada, otra vez barca; un camino de barro y otro de polvo; sopa tibia en tazones astillados; noches en que me dormía en cuanto apoyaba la cabeza, sin soñar. A veces miraba hacia atrás por inercia. Nunca había nadie. Una noche, en una posada de techo bajo donde la lluvia entraba por una gotera, me desperté de golpe viendo dos manos que salían del agua y volvían a hundirse. Me quedé sentada en la oscuridad, con el corazón golpeándome el pecho, hasta que amaneció. A la mañana siguiente pedí un tazón de arroz con salsa y me lo comí entero, hasta el último grano. No pensé más en ello. Había aprendido a cerrar esa puerta.
El día en que por fin llegué a Jiaozhou me esperaba una carta.
La había traído un mensajero a caballo, que llegó antes que yo, se la dejó a la portera de la casa de mi abuela y se quedó a esperar respuesta. Estaba en mi cuarto, sobre la cama, atada con un cordel. Reconocí la letra de mi madre antes de abrirla.
Leí que el segundo hijo de los Lu casi se ahoga el día de la boda. Que lo sacaron los pescadores y que estuvo medio mes ardiendo de fiebre. Que en la mansión Lu hasta habían descolgado la seda roja y estuvieron a punto de colgar tiras de tela blanca. Después, una línea sola, con la tinta corrida en un punto:
Awu, ¿qué pasó entre tú y el segundo joven señor Lu? No te lo pregunto. Solo te extraño. ¿Cuándo vas a volver?
Leí esa frase una sola vez. El mensajero seguía en el pasillo, de pie, con el sombrero en las manos. Doblé la carta por donde estaba doblada y se la devolví.
—Llévesela. —Mi voz sonó muy tranquila—. No voy a volver.
La casa de los Zhou, la de mi abuela, era ancha y vieja, de aleros grises y un patio con un árbol tan grande que daba sombra hasta a las gallinas. Olía a leña, a alcanfor y a algo dulce que se cocía al fondo. Nada en ella pedía que yo fuera de otra manera. Cuando el mensajero se fue, salí de mi cuarto y me detuve en el umbral del patio sin saber dónde poner los pies.
Mi abuela estaba esperándome en lo alto de los escalones. Llevaba allí todo el rato que yo había tardado con la carta, a juzgar por la manta que alguien le había echado sobre los hombros y que ella ni se había acomodado.
Había encogido. Fue lo primero que pensé cuando la vi bajar los escalones apoyada en el brazo de una criada: la recordaba más alta. Llevaba el pelo blanco recogido con una horquilla de plata y un abrigo de lana gris que olía a alcanfor. Me tomó la cara entre las manos y me miró despacio, un lado y el otro, igual que se mira un fruto para ver si está maduro.
—Has crecido mucho, Awu —dijo.
Le sonreí. Me salió torcida.
—Abuela.
—Anda, ven. —Me llevó del brazo hasta la sala, donde ardía un brasero y habían puesto té de jazmín—. Siéntate, que estás flaca. No, aquí, junto al fuego. Tu abuelo, antes de irse, se puso furioso una vez. Escribió una carta larguísima a Qingzhou. Le dijo a tu madre de todo: que era una tonta, que cómo había podido convertir una perla que tenía en la palma de la mano en una niña más callada y más boba que yo. Imagínate, más que yo.
Se me escapó una risa de garganta, de las que salen solas.
—Lo escribió tal cual, con su mala letra. Yo le dije que se calmara, que no era asunto nuestro. —Mi abuela me puso una taza entre las manos y las cubrió con las suyas, secas y cálidas—. Pero tenía razón. Awu, escúchame bien: aquí no tienes que temerle a nadie, ni ser sensata por nadie.
Bajé la mirada hacia la taza. El vapor me subió a la cara.
—Tu abuelo no dejó de hablar de ti hasta el final —siguió—. Preguntaba por ese mono travieso de Awu, que por qué no venía a verlo. Decía: «¿Seguirá siendo la misma? ¿Seguirá subiéndose a los árboles esa monita?» Se lo preguntó a los criados, se lo preguntó al jardinero, me lo preguntó a mí hasta la última noche.
Tenía la voz firme, sin una pizca de lástima, y la mano seguía sobre las mías, dándome palmaditas de vez en cuando, con el ritmo con que se duerme a un niño. Habló del árbol del patio y de lo que había que podar, y del sabor del té de ese año, y de que yo debía descansar. No me hizo ninguna pregunta, y no hizo falta.
Algo caliente me resbaló por la mejilla y cayó en el té. Luego otra. Me tapé la boca con la mano libre, pero no hubo sollozo; ni siquiera se me movieron los hombros. Las lágrimas caían una detrás de otra, calladas, en una taza que ya no iba a beber. Dos vidas había tardado en llegar a un sitio donde nadie me exigía nada, y ahora que estaba aquí no sabía cómo se hacía eso de quedarse.
Mi abuela, que hasta entonces no había dejado de hablar, se quedó callada. Me quitó la taza de las manos con mucho cuidado.