Renací y elegí al que sí me queríaCap. 7/98 min de lectura

Capítulo 7: La misma promesa

Ahora, en esta vida, mi hermana se miraba en el espejo de bronce con una piedra rojiza en la palma de la mano y la cara de quien por fin ha ganado algo.

—Mira, Qingwu, qué ágata. —Me la acercó para que viera cómo atrapaba la luz—. La mandó un criado de Lu Mosong. Dice que le va a favorecer al color de la piel.

Faltaban pocos días para su boda. El cuarto olía a incienso de osmanto y a seda nueva. Sobre la cama, doblado en tres, esperaba el vestido rojo con los bordes dorados hacia arriba, y junto a la ventana la maceta de coral lucía más viva que nunca. Todo en la habitación tenía el aire de una casa que se prepara para que una sola persona sea feliz.

Yo estaba sentada en el borde del diván con una taza de té que no me apetecía. Desde que llegaron los regalos de compromiso, mi madre andaba por los corredores con los ojos brillantes, y a mí nadie me pedía nada. Me dejaban en paz, como se deja a quien ya no cuenta, y esa quietud me gustaba. Desde la noche en que dije mi última palabra en el patio, no había vuelto a levantar la voz en aquella casa. No hacía falta. Tenía mis propias cuentas, y no eran las de los baúles: contaba los días que faltaban para que el portón de los Zhao dejara de ser mi puerta.

—Qingwu. —Mi hermana dejó la piedra en el tocador y se giró hacia mí con una sonrisa blanda—. Me caso dentro de unos días. ¿De verdad no quieres entrar conmigo a la familia Lu?

Tomé un sorbo de té.

—Eso ya lo contesté.

—Sí, ya sé. —Se sentó a mi lado, tan cerca que su manga rozó la mía—. Es que el señor Lu vino hace unos días a quejarse. Decía que, con dos actas y dos juegos de regalos preparados, había creído trabajar en balde. —Soltó una risita—. Pero ya ves, el destino sabe lo que hace. Al final Mosong y yo quedamos juntos. Lo único que queda libre es el segundo joven señor Lu.

Dejó la frase colgando, como quien entorna una puerta y se aparta para que otro decida si pasa.

—Si ahora cambias de idea... —Sacó de la manga un papel doblado—. Ya llegó de la mansión Lu la lista de los regalos de compromiso. Échale un vistazo, por lo menos.

Era un papel grueso, con una columna de caracteres pulcros que enumeraba sedas, jade, pares de gansos y barras de plata. No lo toqué. En la otra vida había leído una lista idéntica con el corazón hecho un nudo de gratitud, convencida de que me ofrecían un lugar.

Dejé la taza sobre la mesa con un golpecito suave.

—Está bien —dije—. Me casaré en la familia Lu.

La sonrisa de Qingying se encendió como una lámpara.

—No solo eso. —Seguí en el mismo tono, tranquilo—. Viviré en la casa de al lado, para ver a mi hermana todos los días. Y para que mi cuñado, Lu Mosong, me vea a mí todos los días, a la ida y a la vuelta, en el desayuno y en la cena. ¿Qué te parece, hermana? ¿No es una idea estupenda?

La luz se le apagó despacio. Primero el brillo de los ojos, luego la curva de la boca, hasta que quedó una cara pálida que buscaba qué decir y no lo encontraba. El papel le temblaba entre los dedos.

—¿Qué... qué estás diciendo? —La voz se le había vuelto muy fina—. Qingwu, eres mi hermana. Yo siempre quiero lo mejor para ti.

—Lo sé. Siempre lo has querido.

Me levanté y me alisé la falda. Qingying se quedó mirándome desde abajo, con el papel en la mano y los ojos húmedos, y por un instante vi en ella a la niña a la que yo había defendido a escondidas de todo, hasta de mí misma. Después me acordé del condado de Ling y de las cartas sin respuesta, y salí.


El patio estaba en esa hora de la tarde en que la luz se pone espesa como la miel. Me detuve bajo el caqui.

Había algo en el árbol que no cuadraba. Para esas fechas las ramas debían estar peladas, con algún fruto negro y olvidado, pasto de los pájaros. Pero en las más altas colgaban todavía unas cuantas bolas de un naranja firme, relucientes. No tenía idea de dónde habían salido ni por qué no se habían caído. De niña ya estaría arriba, con las mangas llenas.

En mi cuarto, sobre la mesa, el cesto de rosas se iba secando junto al dios de la cocina de papel con sus carrillos colorados. Había vuelto de la calle con dos cosas inútiles, para tener las manos ocupadas, y nadie había preguntado por ellas. Qué bien se vivía donde nadie te preguntaba nada.

Una criada cruzó el pasadizo con una bandeja de fruta confitada para el cuarto de mi hermana, me vio y apuró el paso, sin atreverse a levantar los ojos. En esa casa todos caminaban de puntillas cerca de mí, como si yo fuera una olla a punto de hervir. Me daba igual. Dejé que el viento me llevara un mechón a la cara y no lo aparté.

—Zhao Qingwu.

Lo dijeron a mis espaldas, bajito. Conocía esa voz, pero no así: ahora cuidaba cada sílaba.

Desde la casa de té había procurado no pensar en él, y lo conseguía a ratos, igual que se consigue no rascar una picadura. Le había dicho que era solo un sueño y que se fuera a leer libros. Que lo creyera o no era cosa suya. Si de verdad era un sueño, se le gastaría con los días; todos los sueños se gastan. Eso había supuesto yo, sin mucho cuidado, mientras deshojaba rosas secas en mi cuarto.

Me volví.

Lu Mobei estaba de pie junto a la puerta lateral, con el abrigo oscuro abierto y las manos vacías, sin criado que lo anunciara. Había adelgazado. Se le marcaban los huesos de la cara y le caía bajo los ojos una sombra azulada, la de quien duerme poco y mal. Seguía con el ceño fruncido, pero ya no contra mí.

—Segundo joven señor Lu —dije, con la cortesía exacta que se le debe a un vendedor de abanicos—. ¿Se le ofrece algo?

Ya no me llamaba señorita Zhao. Desde el día de la casa de té me llamaba por el nombre entero, y por mucho que yo le respondiera de usted, él seguía tuteándome, con la naturalidad de quien nunca dejó de hacerlo. Me irritaba más que una grosería. Una grosería se puede contestar.

Tragó saliva. Dio un paso, midió la distancia, y se detuvo antes de que mi sombra y la suya se tocaran.

—La boda de tu hermana y mi hermano está decidida. —Hablaba despacio, escogiendo—. En Qingzhou lo sabe todo el mundo. Las dos familias lo han acordado. ¿Ya estás preparada?

—¿Preparada? —Incliné la cabeza—. ¿Para qué? ¿Para maquillar a mi futura cuñada? ¿Para comprar petardos y celebrarlo?

—Zhao Qingwu...

—Mi hermana por fin consiguió lo que quería. —Sonreí. Fue una sonrisa pequeña y bien alineada, de las que se ensayan—. Usted mismo lo llamó sueño, joven señor Lu, y tenía razón. Solo fue un sueño. Y las cosas de los sueños son todas falsas.

Lo vi recibirlo. No hizo ruido: los hombros le bajaron un dedo, y la mano que colgaba a su costado se abrió y se cerró en el aire, buscando de qué agarrarse. En la cocina alguien dejó caer una cacerola. El estruendo cruzó el patio y pasó sobre los dos sin tocarnos.

Esperé a que se marchara.

No se marchó. Se metió la mano en la manga, la sacó vacía y volvió a esconderla.

—Mi hermano quiere casarse con tu hermana, y es en serio. —Lo dijo muy lento, como si hubiera ensayado la frase por el camino y temiera perderla—. Yo también quiero casarme contigo. En serio.

El viento movió una hoja del caqui, nada más. Olía a leña y a fruta madura.

—Zhao Qingwu —siguió—, espera a que me case contigo. Te llevaré a la feria del templo y te pelaré las castañas.

Me quedé inmóvil.

Era la misma frase. Tenía el ritmo de entonces, hasta la manera de tragar antes de la última palabra. Lo que cambiaba era el sitio: ya no había un cuarto con la ventana de papel ni la sombra del marco cruzándole la cara. Y cambiaba la voz. Aquella vez la soltó carraspeando, casi de mala gana; ahora la decía bajito, como se entrega algo valioso a alguien que podría tirarlo.

Yo tenía el olor a azúcar quemada metido en la nariz. Sentía el cucurucho tibio en las palmas y, detrás, el invierno que vino después. Veintiséis baldosas. Un ciruelo desnudo. Un pasador que se echaba por fuera.

Las castañas me las había pelado una vez, cuando todavía nos reíamos. La segunda vez me las prometió cuando ya no quedaba de mí quien pudiera recibirlas. Y esta era la tercera, dicha en el patio de mi padre, a una mujer que no le debía ninguna.

Debí contestar algo. Que se fuera, que no volviera a nombrarme, que se llevara a otra su sueño y sus castañas. Lo único que me salió, y solo por dentro, fue una pregunta muy sencilla.

¿Qué le pasaba a este hombre?

Esperó. Yo lo miré con la cara más quieta que supe poner, y cuando comprendió que no vendría nada, inclinó la cabeza con torpeza y se fue por donde había venido. Seguí el eco de sus pasos por el pasadizo. Pisaban igual de recio que antes, pero más lentos, sin prisa por llegar a ningún sitio, y al doblar la esquina se detuvieron un segundo. Luego se perdieron tras el muro de las criadas.

Me quedé donde estaba. La luz fue trepando por el tronco del caqui y se apagó en las ramas altas, sobre los frutos que no tenían derecho a seguir allí.

En la otra vida, aquel hombre me había reprochado durante años mi ruido, mis pasos, mi risa. Y ahora venía a mi patio, flaco y ojeroso, a prometerme que haría fila ante un puesto de castañas para ponerme algo dulce en la boca.

Desde el ala este llegó la risa de mi hermana, la de antes de llorar. Subí los escalones del corredor despacio y me senté en el último, con las manos entre las rodillas. Los dedos me olían todavía a rosas marchitas. Si hubiera sabido en la otra vida que bastaba con irse para que a él le naciera esa clase de ternura, me habría ido el primer día. Qué barato le salía ahora ofrecerme lo que no me dio cuando lo necesitaba, y qué caro me habría costado a mí aceptarlo.

Pasé la lengua por los labios resecos. Le había dado muchas vueltas a ese sueño suyo, y nunca se me ocurrió que además estuviera enfermo.

Pelarme castañas a mí. Ese hombre estaba enfermo de verdad.

Fin del capítulo 7
Sigue leyendoCapítulo 8: Niebla en el embarcaderoEl día de la boda de mi hermana me levanté antes que los gallos. Había dejado el bulto preparado la noche anterior, debajo de la cama: dos mudas, el…Leer capítulo 8
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Renací y elegí al que sí me quería9 capítulos
  1. 1Esta vez, no me caso
  2. 2Esa agua turbia
  3. 3Esa Qingwu murió hace mucho
  4. 4Lo que soñó el segundo joven señor Lu
  5. 5Más callada
  6. 6Las castañas llegaron tarde
  7. 7La misma promesaLeyendo
  8. 8Niebla en el embarcadero
  9. 9La deuda
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