Retiré la muñeca de un tirón. Los dedos de Lu Mobei se abrieron sin resistencia, y eso me desconcertó más que si hubiera apretado.
—¿Qué le pasa, joven señor Lu? —Lo dije sin levantar la voz, con el tono de quien despacha a un vendedor ambulante—. No me importa.
No esperé respuesta. Atravesé la puerta y giré a la derecha sin mirar atrás, con el cesto de rosas golpeándome la cadera a cada paso. Oí al mozo murmurar detrás de mí:
—Qué raro. ¿Por qué se va esa muchacha tan deprisa?
Yo también me lo preguntaba. Caminé tres calles enteras hasta que el pulso me dejó de zumbar en los oídos. Me detuve frente a un puesto de pinturas de Año Nuevo, fingí interés en un dios de la cocina con los carrillos pintados de rojo y me dije, en voz baja, lo que se les dice a los niños que se despiertan llorando.
Si fue una pesadilla, al despertar se olvida.
Era lo que haría cualquiera con un poco de sensatez.
Solo que una frase suya se me había quedado clavada: te enterré al oeste de la ciudad. Yo nunca supe dónde me pusieron. Una muerta no sabe esas cosas. Y ahora un hombre que decía haberlo soñado me daba esa dirección con la voz rota, como quien devuelve un objeto perdido que ya nadie reclamaba.
Pagué el dios de la cocina sin regatear, para tener las manos ocupadas, y mientras el vendedor lo envolvía y yo lo metía en el cesto, entre las rosas, ya no estaba en la calle. Estaba en una tarde de hacía mucho, con el sol bajo entrando por una ventana abierta, y una figurita de madera en la palma de la mano.
En mi vida anterior, Lu Mobei y yo tuvimos un buen comienzo.
Cuando me casé creí que el casamentero se había equivocado y que, aun así, había acertado: dos personas a quienes les gustaba jugar, a quienes les gustaba comer en la calle y reírse fuerte, juntas bajo un mismo techo. Si aquello era un error, era uno que se podía vivir.
—Lu Mobei, mira esta figurita —le dije un día, en un puesto del mercado, levantándola para que le diera la luz—. Es un hombre con el ceño fruncido. ¡Frunce el ceño exactamente igual que tú! ¿Nos la llevamos?
Él miró la figura, luego me miró a mí, y soltó un resoplido que no logró ocultar la sonrisa.
—Si tanto te gusta, la compro.
La puso en mi mano fingiendo resignación. En casa la coloqué sobre mi tocador, mirando hacia la cama, para saludarlo cada mañana con su propio ceño. Más adelante dejaría de ocuparme de ella. Terminó entre dos cajas, cubierta de polvo, y nadie volvió a preguntar por ella.
—Si quieres, esta tarde te llevo a la calle Este —me dijo al salir del puesto.
La calle Este nos recibió con vapor de panecillos y gritos de vendedores. Me jaló del brazo por todos los puestos: azúcar hilada, pasteles de calabaza, un hombre que hacía dragones con masa de arroz en un abrir y cerrar de ojos. Probamos de todo. Me manché la barbilla de azúcar, me quemé la lengua con un panecillo de carne, y él se burló de mí con la boca llena, y yo le tiré una cáscara de cacahuate a la frente. Mi risa subía por encima de los techos, y él no me mandaba callar. Al contrario: se reía también, y cuando el camino se volvió un barrizal de agua sucia, me alzó en brazos y me pasó al otro lado sin decir palabra.
—Mire eso —comentó una vendedora de pañuelos, dándole un codazo a su vecina—. El segundo joven señor Lu lleva a su esposa como si llevara un tesoro.
—Es el hombre que más quiere a su mujer en toda la ciudad de Qingzhou —asintió la otra.
Yo escuchaba pegada a su hombro, con las mejillas ardiendo. Guardé cada una de esas frases como quien guarda monedas para un invierno largo. Me dije que no importaba cómo hubiera empezado. Los dos éramos de los que juegan, de los que se ríen sin pensarlo; un matrimonio torcido podía acabar bien, y a fuerza de días el cariño se hacía solo.
—Lu Mobei —le dije por la noche, con la cabeza apoyada en su brazo—, creo que podría vivir así toda la vida.
Él no contestó. Ya dormía.
Tardé en entenderlo: yo lo trataba como a un marido, y él me trataba como a un compañero de juegos, un hermano de travesuras que se le había metido en casa. Cuando salíamos, me hablaba con entusiasmo. Cuando volvíamos, se quitaba las botas y empezaba a hablar de otra cosa. Al final ni siquiera hablaba conmigo: hablaba delante de mí.
—Estarás cansada de tanto recorrer el mercado —me dijo una de esas noches, por encima del hombro, mientras ordenaba unas cosas en la mesa—. Descansa temprano. Mañana vamos al hipódromo.
Era la frase que le decía a cualquiera. Con sus amigos del hipódromo usaba el mismo tono, la misma palmada en el hombro. Yo me quedaba despierta oyéndolo respirar y buscaba su mano bajo la manta; él se la llevaba sin despertar a la altura del pecho y la dejaba allí, lejos de la mía.
Pasaron casi dos años.
Ese día lo esperé despierta. Me había preparado la frase durante semanas y la dije de golpe, con las manos temblándome en el regazo:
—Lu Mobei, llevamos casi dos años de casados. Cada vez que me hablas, parece que le estás hablando a tu criado. —Intenté reírme para quitarle peso, pero la risa se me torció—. ¿Cómo te atreves a dejar viuda a tu mujer estando vivo? ¿Crees que el matrimonio es un juego de niños?
Él me miró en silencio. Dejó el pincel con cuidado. Y entonces se levantó.
—Zhao Qingwu —dijo despacio—, ¿tú crees que puedes obligarme a rendirme? ¿Sabes lo que me repugna?
No lo había visto así nunca. Tenía la cara pálida y los labios tensos de rabia.
—Mírate al espejo. Mira si queda en ti algo que se parezca a una mujer. Todo el día trepando a los árboles y a las bardas, gritando, chillando. No te distingues de las vendedoras que se pelean en la calle.
—Yo solo quería que fueras feliz…
—Me fastidias nada más verte. —Me cortó—. Yo quería casarme con alguien gentil y comprensiva. Con alguien como tu hermana, Zhao Qingying. No con una salvaje que solo tiene una cara bonita.
Todo lo que había dentro de la habitación siguió exactamente donde estaba. La lámpara. El tintero. La figurita con el ceño fruncido. Solo yo me había quedado sin sitio.
Lo escuché hasta el final. Después me levanté, me alisé la falda y le dije, con una voz tan firme que casi no la reconocí:
—Ya que en tu corazón solo está mi hermana, no volveré a molestarte. Desde hoy seremos un matrimonio como cualquier otro. Nos trataremos con respeto, como invitados.
Esa noche me miré en el espejo de bronce, tal como me había ordenado. Vi una cara ovalada, los ojos largos todavía abiertos de la sorpresa, los labios rojos. No supe decir qué le faltaba a esa cara para parecerse a la de una mujer. Lo único que le sobraba era haber creído que alguien la miraba.
Cumplí mi palabra. Él no tardó en ponerla a prueba.
—Zhao Qingwu, ¿puedes comer con menos ruido? ¿Lo haces a propósito para darme dolor de cabeza?
Bajé los palillos. Cada bocado me pesaba en la garganta.
—Está bien. Comeré despacio.
A los pocos días fueron mis pasos.
—Para. —Levantó la cabeza de los papeles de su estudio, con el ceño hundido—. ¿Tus pasos pesan como si llevaras plomo? El papel de la ventana de mi estudio tiembla cada vez que cruzas el corredor. No tienes nada de señorita.
Aprendí a caminar sin que las suelas tocaran la madera. Cambié los colores vivos de mis túnicas por grises y azules apagados, que no llamaban la atención de nadie, y guardé en el fondo de un cofre las horquillas de flores. Aprendí a servirme el té sin que la tapa de la taza sonara. Un día, en el patio, una criada contó una historia tan absurda sobre un gallo y una olla de sopa que me reí a carcajadas sin acordarme de dónde estaba. Era una risa honesta, de las de antes. Dos pasos más allá se abrió una puerta.
—¡Cállate! —La voz de Lu Mobei me cortó en seco—. Deja de reírte tan fuerte. Qué falta de decoro. Si quieres hacer ruido, vete afuera. No vengas a perturbar mi paz.
Me quedé inmóvil, con la mano todavía en la boca. La criada desapareció.
—Cuando como, le molesta que haga ruido —dije, y el cansancio ya me ahogaba la voz—. Cuando camino, piensa que mis pasos son pesados. Ahora hasta le molesta mi risa. ¿Qué quiere de mí, joven señor Lu?
—Solo quiero que te estés quieta.
—Estoy callada. Estoy muy callada.
—Pues más.
Esa fue toda la respuesta. Se dio la vuelta y se encerró en su estudio.
Una noche de lluvia se me cayó una cuchara en el comedor y el golpe resonó en toda la casa. Él levantó los ojos, me miró un segundo y volvió a su plato. No dijo nada. Ese silencio era peor que cualquier reproche: ya ni siquiera me consideraba digna de uno.
Hubo otros días, y otros. Discutimos por una taza, por una puerta mal cerrada, por el color de un abrigo. Después dejamos de discutir. Él empezó a cruzar al otro lado del corredor cuando me veía venir, y yo dejé de buscarlo. Pasó así un año, quizá algo más; ya había dejado de contarlos. En el patio, los criados aprendieron a bajar la voz al pasar frente a mi puerta, por costumbre más que por respeto, como se baja ante una habitación donde hay un enfermo. Cada mañana me levantaba más callada que la anterior, y cada noche tenía menos ganas de decir lo que había callado.
Éramos dos personas dentro de una casa que no se movía, y nuestra vida se quedó quieta, atrapada en el rencor.