Qingying se puso roja hasta las orejas.
—¡Qué tonterías dices!
—¿Tonterías? —Me alisé la manga, sin prisa—. A ti te gusta el joven señor mayor Lu. Quieres casarte con el hombre que amas, y eso es asunto tuyo, hermana. Nadie te lo prohíbe. Pero ¿por qué tienes que agarrarte de mí con tanta fuerza? ¿Por qué tienes que arrastrarme contigo y, encima, ponerme a hacer de casamentera para ti?
Lo dije sin levantar la voz. Creo que eso fue lo que más la asustó.
En aquella otra vida, yo jamás le había hablado así. Cuando algo me molestaba, gritaba, pataleaba, me subía al muro del jardín y me quedaba allí hasta que se me pasaba el enojo, pero nunca la contradecía a ella. Mi hermana era frágil. Mi hermana lloraba fácil. Mi hermana tenía que ser protegida. Eso lo aprendí antes de aprender a leer.
Ahora la miraba y no sentía el impulso de proteger a nadie.
—¡Qué tonterías estás diciendo! —repitió, y le temblaron los labios—. Soy tu hermana mayor, Qingwu. Para ti soy casi como una madre. ¿Cómo podría querer hacerte daño?
Dio un paso hacia mí y me tomó de los hombros. Tenía los dedos fríos.
—Escúchame. Si te casas con Lu Mobei, viviremos bajo el mismo techo. Si alguien te hace sufrir, yo voy a estar ahí para defenderte. ¿Quién más lo haría? Las mujeres estamos destinadas a casarnos tarde o temprano. ¿O piensas quedarte en esta casa para siempre?
Si alguien te hace sufrir, yo voy a estar ahí.
Casi me reí. En mi vida anterior, cuando de verdad me hicieron sufrir, mi hermana estaba en el condado de Ling y nunca contestó una sola carta. No volvió ni una vez. Ni siquiera cuando enfermé.
Abrí la boca para contestarle, pero la puerta se abrió antes.
Mi padre estaba en el umbral, con la túnica de recibir visitas a medio abotonar y el ceño tan apretado que se le marcaba una raya profunda entre las cejas. Detrás de él, mi madre se asomaba con el rostro preocupado, retorciendo un pañuelo entre las manos.
—¡Basta! —La voz de mi padre llenó la habitación—. Cállense las dos.
Qingying me soltó de inmediato y bajó la cabeza. Yo no.
—Se las oye desde el patio —siguió él—. ¿Quieren que los criados se rían de esta casa? Dense prisa y arréglense. La familia Lu ya viene en camino.
Mi madre entró detrás de él y le acomodó a Qingying un mechón de pelo que se le había soltado. A mí me miró de reojo, con ese gesto que yo conocía de toda la vida: el que decía otra vez tú.
No dijo nada. No hacía falta.
Salí de la habitación de mi hermana sin que nadie me detuviera y crucé el patio hacia la mía. El caqui estaba allí, en su rincón de siempre, con los frutos anaranjados colgando de las ramas más altas. De niña me subía hasta la horqueta del tronco para arrancarlos antes que los pájaros, y mi madre me gritaba desde abajo que bajara, que una señorita no trepaba árboles, que me iba a romper la cabeza. Yo bajaba con las mangas llenas de caquis y la cara pegajosa, riéndome.
Me detuve debajo de las ramas y levanté la vista.
No sabía qué iba a pasar después de esa tarde. No tenía un plan, ni aliados, ni una excusa bonita para presentarle a mi padre. Solo tenía una certeza, dura y pequeña, de esas que se pueden apretar en un puño: no iba a volver a ese patio de la mansión Lu. No iba a volver a esperar, sentada junto a una ventana, a un hombre que cruzaba el corredor para no verme.
Todo lo demás, ya lo iría resolviendo.
La casa entera se puso en movimiento.
Las criadas corrían por los pasillos con bandejas de té y platitos de semillas de loto. En la sala principal cambiaron los cojines, sacaron los jarrones buenos y encendieron incienso. Alguien pasó con un brazado de crisantemos recién cortados. Desde la cocina llegaba el olor a pasteles al vapor.
—Vienen a aclarar las cosas —oí murmurar a una criada mientras me ajustaba el cinturón—. Dicen que el segundo joven señor Lu armó un escándalo en su casa esta mañana.
—¿Un escándalo por qué?
La criada se encogió de hombros y no se atrevió a decir más.
Yo sí sabía por qué. Lo había oído gritarlo una vez, a través de una puerta, hacía toda una vida.
Me miré en el espejo de bronce. La muchacha que me devolvía la mirada tenía la cara ovalada, los ojos largos y los labios todavía rojos de juventud. Llevaba la horquilla de flores rosadas con su hilo de perlas, el chaleco de brocado bordado y el candado de oro al cuello. Se veía bonita. Se veía viva. Hacía mucho que no me encontraba con ella.
Me froté las mejillas para darles color, por costumbre, y bajé.
Los Lu llegaron cuando el sol empezaba a esconderse detrás de los tejados.
El señor Lu entró primero, alto y corpulento, saludando a mi padre con grandes palmadas en el brazo. Detrás venía su esposa, sonriendo con cortesía. El joven señor mayor no estaba con ellos.
Y al final, con las manos cruzadas a la espalda y la barbilla levantada, entró él.
Lu Mobei.
Llevaba una capa negra sobre una túnica de cuello blanco, y el pelo recogido en lo alto de la cabeza, con una cinta oscura. Era más delgado de lo que yo recordaba, más joven, con la cara afilada de los muchachos que todavía no terminan de crecer. Caminaba como si la sala fuera suya y los demás estuviéramos de prestado.
Lo reconocí por el modo de fruncir el ceño. Ese gesto lo tuvo hasta el último día que lo vi.
Algo se me apretó en el estómago. Mi cuerpo recordaba por su cuenta, aunque yo no quisiera: la espalda que se encoge antes del regaño, la voz que se apaga sola. Lo dejé pasar. Me obligué a soltar los dedos, que sin darme cuenta se habían cerrado sobre la tela de la falda.
Qingying se inclinó hacia mí mientras los mayores se sentaban.
—Qingwu, ¿qué te pasa? —susurró—. Estás rara desde hace rato. Nunca te había visto tan callada.
Era verdad. La Qingwu de antes ya habría saludado a todo el mundo, habría hecho reír a la señora Lu con alguna ocurrencia y habría robado un pastel de la bandeja antes de que la sirvieran.
¿Y por qué iba a tenerle miedo?, pensé, mirándolo de frente. En esta vida no me voy a casar con él.
Él notó mi mirada. Frunció todavía más el ceño.
—¿Por qué me mira tanto, señorita Zhao?
No le respondí. Me limité a sostenerle la vista hasta que fue él quien apartó la suya, molesto.
El señor Lu soltó una carcajada.
—¿Pero qué se cree este muchacho? —le dijo a mi padre, señalando a su hijo con el mentón—. Esta mañana se peleó conmigo y me juró que no se quería casar. Y ahora mírelos, casi no se quitan los ojos de encima. ¿No le parece que hacen buena pareja?
Hubo risas corteses. Mi madre se cubrió la boca con la manga. Mi padre asintió, aliviado, con la cara de quien ve pasar la tormenta de largo.
—No hacemos buena pareja.
Lu Mobei lo dijo tan alto que las risas se cortaron de golpe.
Se puso de pie. La capa negra se le movió alrededor de las piernas.
—La segunda señorita Zhao y yo no somos compatibles —repitió, y se volvió hacia los mayores, sin mirarme—. Lo dije esta mañana y lo digo ahora, delante de todos. Mi hermano, Lu Mosong, quiere casarse con la segunda señorita Zhao, Zhao Qingwu. Y yo, Lu Mobei, quiero casarme con la señorita Zhao Qingying.
Nadie habló.
El incienso seguía subiendo en hilos finos desde el quemador. Una de las criadas se quedó con la tetera suspendida en el aire. El señor Lu se puso morado. Mi padre abrió la boca y la volvió a cerrar. Y a mi lado, Qingying se puso tan pálida que pensé que se iba a desmayar.
Yo la entendí perfectamente. Acababa de oír, delante de las dos familias, que el hombre al que amaba quería a otra. Y esa otra era yo.
Apreté los dientes.
Otra vez. Otra vez me lo echaba encima.
En esta vida yo ni siquiera me había acercado a Lu Mosong. No le había dirigido una palabra, no le había sonreído, no había hecho nada. El cambio de compromiso lo estaba proponiendo él, Lu Mobei, con su propia boca. Y aun así, con una sola frase, había conseguido que la culpa volviera a caer sobre mi cabeza. Desde esa noche, cada criada de la casa, cada pariente, cada vecina con la que mi madre tomara té iba a contar lo mismo: que la segunda hija de los Zhao le había robado el novio a la mayor.
Lo mismo que la vez anterior. Solo que esta vez lo decían antes de la boda, en lugar de después.
Miré a mi hermana. Tenía los ojos llenos de lágrimas y las uñas clavadas en la palma. No me miraba a mí. Miraba el suelo, tal cual hacía de niña cuando quería que alguien le preguntara qué le pasaba.
En aquella vida, yo habría sido esa persona. Habría corrido a abrazarla, habría jurado que no quería a Lu Mosong, que me casaría con quien ella quisiera, que haría lo que hiciera falta para que no llorara.
Me puse de pie.
Sentí todas las miradas sobre mí. La de mi padre, de advertencia. La de mi madre, de súplica. La del señor Lu, de vergüenza. La de Lu Mobei, por fin, de desconfianza, como quien espera un golpe y no sabe de dónde va a venir.
—Tal vez a nosotras dos no nos tocaba casarnos en la misma casa —dije—. Ya que el segundo joven señor Lu habló claro, yo también voy a decir lo mío.
Hice una reverencia breve hacia los mayores. Correcta. Impecable. Mi madre me había enseñado a hacerla y yo nunca la había usado tan bien.
—No me casaré con el joven señor mayor de la familia Lu. Tampoco con el segundo joven señor.
La señora Lu soltó un "oh" pequeño. Mi padre se levantó a medias de su asiento.
—Awu…
No lo dejé terminar.
—En resumen —seguí, con la voz firme y clara, para que me oyeran hasta los criados del patio—: Nunca entraré a la familia Lu.
Miré a Lu Mobei a los ojos. Él tenía la boca entreabierta, el ceño deshecho por primera vez en toda la tarde. Parecía que alguien le había quitado la silla en la que estaba a punto de sentarse.
—Jamás entraré a la familia Lu —repetí, despacio—. Esa agua turbia, que entre quien quiera.