Renací y elegí al que sí me queríaCap. 8/98 min de lectura

Capítulo 8: Niebla en el embarcadero

El día de la boda de mi hermana me levanté antes que los gallos.

Había dejado el bulto preparado la noche anterior, debajo de la cama: dos mudas, el candado de oro de la larga vida, una bolsita con monedas que fui juntando sin que nadie lo notara, y un pañuelo de seda que mi abuela me bordó de niña, con un mono trepando a una rama. No me llevé las rosas secas ni el dios de la cocina de papel. Los dejé sobre la mesa, uno junto al otro, para quien quisiera tirarlos. Miré el cuarto una vez, de la cama a la ventana, y no encontré nada que me hiciera falta ni que pudiera extrañar, salvo el árbol.

La casa ya estaba despierta a su manera. Por los corredores colgaban cintas rojas que la brisa mecía, y de la cocina subía olor a carne guisada y a arroz dulce. En el ala este, tras la ventana de mi hermana, había luz: oí a las criadas riendo, el chasquido de un peine, la voz de mi madre pidiendo que alguien trajera las horquillas de oro. Pasé de largo. Al fondo del corredor, un par de farolillos de boda se movían con el aire, y vi que uno estaba torcido. Pensé en enderezarlo, y lo dejé.

Crucé el patio todavía a oscuras. El caqui seguía allí, con sus frutos tercos en las ramas altas. Le puse la mano en el tronco, un instante, como se hace con un viejo conocido. Después abrí la puerta del corredor y me di de bruces con mi padre.

Estaba de pie bajo un farol rojo, con la túnica de ceremonia ya puesta y las manos a la espalda. Se le notaba que no había dormido.

—¿Qué es eso? —Señaló el bulto con la barbilla—. Hoy se casa tu hermana. La silla de manos de los Lu llegará en cualquier momento. ¿Adónde crees que vas con eso?

—A casa de mi abuela, padre. A Jiaozhou.

Mi padre se quedó mirándome con la boca entreabierta. Tardó en entender que no era una broma de mal gusto.

—Es el día de la boda de tu hermana —dijo por fin, y se le fue subiendo la voz—. La menor de los Zhao se va a Jiaozhou el día en que sale la mayor. ¿Qué va a decir la gente?

—Padre, no se lo estoy consultando. Se lo estoy avisando. —Sostuve el bulto contra el pecho y mantuve la voz pareja—. Si le molestan los rumores, diga que me fui a Qizhou a rezar por mi hermana.

—¡Awu! —El farol tembló con el grito. Mi padre dio un paso hacia mí y se detuvo, como quien descubre que ya no sabe dónde agarrar a su hija—. Antes eras la más obediente de esta casa. ¿Y ahora qué? Si te vas, no vuelvas.

Sentí cada palabra caer como un grano de arroz en un cuenco vacío. Antes me habrían abierto una grieta. Hoy solo sonaron.

—Entonces no volveré, padre.

Pasé a su lado y él no me detuvo. Oí que se apoyaba en la pared. No me volví a mirar; si lo hacía, sabía lo que iba a ver, y no era asunto mío.

Mi madre me alcanzó en el patio exterior, con el peinado a medio hacer y la manga de la túnica sin atar. Había corrido; se le entrecortaba la voz.

—Hija. —Me agarró del brazo—. Es el gran día de tu hermana. Toda la ciudad está pendiente. Hazlo por tus padres, por favor. Quédate un día más, siquiera para brindar con el vino de bodas.

Le miré la mano en mi manga. Estaba más delgada que en mi memoria, con las venas azules.

—No hace falta, madre. —Se lo dije con el mayor cuidado que pude—. La barca no espera. El vino de bodas guárdenselo para mi hermana y para el joven señor mayor Lu.

Me soltó. Vi cómo cerraba los dedos sobre el aire.

—Awu. —La voz se le quebró—. ¿Cuándo vas a volver? Yo me acuerdo de que lo que más te gustaba eran las gachas de frijol rojo. Las haré todos los días, todos, hasta que regreses. ¿Vas a volver, hija? ¿Podrás volver?

Podría haberle contestado cualquier cosa, y todas habrían sido mentira. En la otra vida habría dicho que sí sin pensar, solo para que se le calmara la cara. Me quedé un momento con el bulto en el pecho y el patio a mis espaldas, ya con las primeras luces en los aleros.

—Cuídese, madre —dije—. Cuídese mucho.

Ella esperó una respuesta que no llegó, y se quedó en el umbral, pequeña, con las manos juntas sobre el pecho.

En la puerta de la calle me alcanzó, desde muy lejos, el son de los tambores y las flautas de la comitiva de los Lu, que doblaba alguna esquina de la ciudad. Era una música alegre, de las que se tocan para que el vecindario salga a mirar. Apreté el paso en dirección contraria.


La niebla había devorado el río.

Desde el embarcadero no se veía la otra orilla, ni siquiera el final de los tablones. Las cuerdas goteaban. El agua chocaba suave contra los pilotes y todo olía a humedad y a pescado dormido. Una barca ancha esperaba amarrada al final, con una lámpara de aceite en la proa que alumbraba solo un círculo de bruma. Por primera vez en semanas se me aflojaron los hombros. Respiré el aire frío del río, y por un momento fue solo eso: un río, una barca y una mañana por delante.

—¡Señorita! —El barquero, un viejo de cara arrugada como una nuez, agitaba la mano desde la proa—. Con esta niebla la barca va despacio. Si quiere hacer camino antes de que anochezca, suba ya.

Subí. La madera cedió bajo mis pies con un crujido y me llegó el olor de la barca: alquitrán y mimbre mojado. Dejé el bulto a mis pies y me senté en el banco, de cara a la orilla, mientras el viejo soltaba la amarra del poste.

—¿Se va de visita, señorita?

—Me voy a vivir un tiempo con mi abuela.

—Hace bien. Esta temporada la niebla es buena para los que se van —dijo, sin que yo supiera si era un consuelo o una superstición.

Apoyó la vara contra el fondo, la barca se despegó del embarcadero y los tablones se fueron alejando con una lentitud que me llenó de paz.

Entonces oí aquella voz.

—¡Zhao Qingwu!

Venía de la niebla, a mis espaldas, ronca y entrecortada. Los pasos sonaban sobre los tablones, rápidos, desiguales, y la voz volvió a gritar mi nombre con tanta fuerza que se le rompió a la mitad.

Me quedé sentada. No giré la cabeza.

Conocía esa voz. La había oído gritar mi nombre desde la puerta del estudio, desde el corredor, desde el otro lado de un muro. Nunca la había oído así.

Lu Mobei apareció al final del embarcadero como una mancha oscura que fue tomando forma. Venía sin sombrero, con el pelo suelto y pegado a la frente, el abrigo a medio abrochar, las botas llenas de barro hasta los tobillos. Se detuvo en el último tablón, tan al borde que el agua le lamía la punta de las botas, y se llevó una mano al pecho, sin aliento.

—Hoy es la boda de la familia Lu —dijo, entre jadeos—. Mi hermano se casa con tu hermana. Tú... tú debes casarte conmigo.

La barca seguía deslizándose. Ya había entre nosotros unos cuantos remos de agua gris.

—¿Sabes qué hice esta mañana? —La voz le subía y le bajaba a tirones—. Corrí a preguntarles a mis padres dónde estaba mi traje de novio. Les dije que hoy era el día de mi boda con Zhao Qingwu, que por qué nadie me había dado nada que ponerme, que por qué solo había invitaciones para mi hermano. Mi padre me dijo que no te casabas conmigo. Que no te ibas a casar nunca. No le creí. Corrí a tu casa. Tu padre me dijo que te habías ido.

Se pasó el dorso de la mano por la cara, y el gesto dejó un surco de barro en la mejilla.

—¡Zhao Qingwu! ¿Por qué te vas? ¿Adónde vas? ¡Vuelve!

Miré el agua. Una hoja flotaba pegada al casco y daba vueltas sin avanzar.

—Zhao Qingwu —repitió, más bajo, y fue peor—. Contéstame. Aunque sea para insultarme. Dime lo que quieras, pero dime algo.

Había tantas cosas que decirle que me habrían dado para una noche entera. Las palabras que debían haberse dicho en aquel patio estancado de los Lu, en la otra vida, entre veintiséis baldosas y un ciruelo desnudo; las que no dije porque ya no había quién las escuchara. Y las otras, las que habría querido oír yo. Las tuve en la boca un momento y se me deshicieron. En esta vida ya no me quedaba nada que decirle a ese hombre.

—¡Barquero! —gritó él, de pronto, con el brazo extendido hacia la barca—. ¡Dé la vuelta! Le pago diez veces el pasaje. No, veinte. ¡Solo que regrese!

El viejo detuvo la vara y me miró con la duda de quien no sabe a quién obedecer. Yo seguí mirando el agua. Por fin le dije en voz baja, sin girarme, «siga remando», y la barca volvió a moverse.

—¡Veinte veces! —repitió Mobei—. ¡Treinta! Llévese todo lo que tengo, pero dé la vuelta. Zhao Qingwu, solo quiero hablar contigo. Una vez. Después te dejo ir, te lo juro, haz lo que quieras.

Un hombre que jamás me pidió nada. Que durante tres años no supo decir «por favor» ni cuando se le caía una taza. Ahora le temblaba el brazo extendido y juntaba las palabras de cualquier manera, sin orden, como quien saca lo que encuentra a mano de una casa en llamas.

Yo no sentí lástima. Me fijé en eso con cierta sorpresa, igual que se comprueba un diente que dolía mucho y ya no duele.

Entonces me di la vuelta.

Lo vi entero, desde allí, empequeñecido por la niebla: la espalda encorvada, los brazos abiertos, el pecho agitado. Y sentí por primera vez desde la tarde del caqui cómo algo en mí se ponía de pie.

—Joven señor Lu —dije, con una voz clara que cruzó el agua—, ¿está loco o está borracho?

Se quedó callado.

—Nos hemos visto tres veces, cuatro con esta. Entre todas no hemos cruzado diez frases. —Cada palabra me salía limpia, una tras otra—. ¿Por qué cree que yo, Zhao Qingwu, tengo que casarme con usted?

Mobei abrió la boca y la cerró sin contestar. Detrás de él, en la orilla, un perro ladró dos veces y calló. Se le quedaron los ojos clavados en mí con una esperanza tan desnuda que me dio rabia verla.

Y lo que llevaba tanto tiempo apretando dentro, lo que ni los años de la casa Lu habían conseguido sacarme de la garganta, subió y salió.

—Está bien. —Solté el aire por la nariz y me puse de pie en la barca, que se balanceó—. Quieres una explicación. Te la voy a dar con todas las letras. No me gustas, Lu Mobei. Te odio.

El viejo barquero dejó de remar.

—En esta vida y en la siguiente, jamás me casaré contigo, Lu Mobei.

Fin del capítulo 8
Sigue leyendoCapítulo 9: La deudaLu Mobei no se movió. Se quedó en el último tablón, con las botas en el barro y la niebla enroscada en las piernas, y durante un rato largo solo se oyó el…Leer capítulo 9
Tu progreso se guarda en este dispositivo
Renací y elegí al que sí me quería9 capítulos
  1. 1Esta vez, no me caso
  2. 2Esa agua turbia
  3. 3Esa Qingwu murió hace mucho
  4. 4Lo que soñó el segundo joven señor Lu
  5. 5Más callada
  6. 6Las castañas llegaron tarde
  7. 7La misma promesa
  8. 8Niebla en el embarcaderoLeyendo
  9. 9La deuda
Tamaño de letra
18
Tipo de letra
Color de fondo
Interlineado
Tus ajustes se guardan en este dispositivo