La chica de aquella nocheCap. 8/98 min de lectura

Capítulo 8: Los padres prestados

—Se lo di todo a mi familia.

Ruoyao lo dijo con una sonrisa pequeña, de las que piden perdón antes de que nadie haya reclamado nada. Había tardado un segundo de más en responder y lo sabía, así que añadió de inmediato lo que tenía preparado desde la tarde:

—Ya sabes cómo soy, Yunshen. Tengo que ser agradecida con mis mayores. Mis padres criaron a una hija con tan poco, y ahora que puedo darles algo de dinero para sus gastos, ¿cómo no voy a hacerlo?

Yunshen no se movió de la ventana. Ella esperó a que la frase hiciera su trabajo: que el hombre se ablandara, que el mayordomo y su registro se volvieran una tontería doméstica.

—Tienes razón —dijo él al fin.

Ruoyao se permitió soltar el aire por la nariz, muy despacio.

—Y ya que lo mencionas, vamos a casarnos —siguió Yunshen—. Es mejor elegir una fecha que discutir por cosas así. Mañana iré a visitar a tu padre.

—¿Mañana?

—Mañana.

La taza seguía sobre la mesa, fría. Ruoyao la miró y después levantó los ojos con la dulzura intacta.

—De acuerdo. Mañana.

—Estoy cansada. —Se pasó los dedos por la sien, un gesto que había practicado delante del espejo—. Si no te importa, me voy a acostar primero.

—Tú también deberías dormir temprano.

Lo dijo como se dice a un huésped. Ruoyao asintió, subió la escalera sin prisa, con la mano en la baranda, y solo cuando oyó que la puerta del cuarto de invitados quedaba cerrada tras ella, dejó de sonreír.

Marcó de memoria.

—¿Mamá? —Bajó la voz hasta un siseo—. Yunshen viene mañana a nuestra casa.

—¿A la casa? —Del otro lado llegó una respiración asustada, y detrás un televisor—. ¿Mañana mismo? Pero si no hemos...

—Escucha. ¿Cómo es nuestra casa, mamá? ¿Con qué condiciones? —Se apretó el puente de la nariz—. ¿Y si nos desprecia? Hemos vivido en ese cuchitril toda mi vida. No pueden hacerme quedar mal. No ahora.

—Ruoyao, hija, es lo que es. Somos quienes somos. ¿Y qué quieres que hagamos?

—Hagan lo que yo les diga. —Cortó con un golpe del dedo antes de que la voz de su madre empezara a preguntar otra cosa—. Sigan mi plan.

Dejó el teléfono sobre la colcha y se quedó mirando el techo del cuarto de invitados, que olía a sábanas recién lavadas. Un día. Tenía un día para que los padres de la presidenta Han dejaran de oler a aceite y a pescado frito.


Al día siguiente, a media mañana, el barrio del mercado llevaba una hora en estado de agitación.

El coche negro había entrado por la boca del callejón con tanta lentitud que los vendedores de pescado tuvieron tiempo de dejar los cuchillos. Era largo, bajo, con la pintura tan lustrosa que reflejaba los toldos de tela de los puestos. Un niño le puso la palma abierta en el costado, y una mujer lo apartó de un tirón sin quitar la vista del auto.

—¿De quién será esa joya? —preguntó una vecina asomada a la ventana, con un trapo en la mano—. Parece un Bentley.

—Es un Bentley. —Un anciano de camiseta, sentado en un banco bajo, ya se había puesto de pie—. Vi la insignia. Es por la hija de los Han, la del fondo del callejón, la que ahora es jefa en una empresa. Dicen que vino con su prometido a visitar a los padres.

—¿Ya fijaron la fecha del compromiso?

—Eso se lo preguntas tú.

Las cortinas del callejón se corrieron una tras otra, como dedos de una mano que se abren.


En el cuarto de atrás, las voces de la calle entraban por la reja. Esa mañana Luming oyó un motor que nunca había entrado en el callejón y no le dio importancia. Llevaba horas de pie junto a la puerta, pensando.

No iba a salir por la ventana. Tampoco iba a derribar la puerta. Tenía que salir por donde su madre abriera.

Su madre no iba a creer en un cambio de opinión repentino; creería en uno que le conviniera. Había que dárselo despacio, con la cabeza gacha, como quien al fin se rinde. Luming se mordió la lengua y ensayó la frase dos veces, en voz baja, sin dejar que la voz le temblara. Después se llevó la mano al vientre sin darse cuenta, y la retiró.

Se limpió la cara con las dos manos, se alisó la blusa que seguía llevando desde ayer y golpeó la madera con los nudillos, suave.

—Mamá. Ábreme.

Al principio no hubo respuesta. Después un resoplido y el arrastrar de unas chanclas.

—¿Qué quieres ahora?

—Ya lo entendí. —Luming apoyó la frente en la madera. Le costó, pero la voz le salió mansa—. Estoy lista para casarme con Baichuan.

El silencio duró tanto que Luming se imaginó a su madre al otro lado, con la cabeza ladeada, olfateando como un perro.

—¡De verdad lo entendiste! —dijo al fin, y la desconfianza se le deshizo en una risa corta—. Mira, Xiaolu, si lo piensas, es lo mejor. Ruoyao encontró un hombre rico. Yo no puedo quedar por debajo de ella. Pero Baichuan también tiene dinero, y viene a esta casa con comida, no a mirarnos por encima del hombro. Piénsalo bien.

—Lo pensé.

—Esta tarde voy a calcular el día propicio. Ya le arreglé a Baichuan lo del casamiento. —Se oyó la llave en la cerradura—. No te hagas ilusiones, ¿eh? Que no se te ocurra una tontería.

La puerta se abrió. Su madre ocupaba todo el marco, con el delantal puesto y las manos mojadas. Antes de que Luming pudiera dar un paso la sujetó de la muñeca, con esos dedos de mercado que no sueltan nada.

—¿Qué pasa abajo? —le gritó a una vecina que cruzaba el pasillo, sin soltar a su hija.

—¡Ruoyao volvió con el prometido! —respondió la mujer desde la escalera, con los ojos desorbitados—. Es un espectáculo. Un auto que parece una ballena. Yo también voy a mirar.

—Vamos. —Su madre arrastró a Luming de la muñeca—. Aprende un poco. A ver si ves cómo se hace.

Luming se dejó llevar. No estaba segura de querer ir. Pero era la primera vez en un día que veía la luz del callejón, y mientras bajaban por el pasillo apretó con la mano libre el borde de su blusa, para sentir que todavía era ella.

El callejón entero se había vaciado en la puerta de la casa de los Han. Había gente en las ventanas y en los techos de zinc, un grupo de mujeres con las bolsas del mercado a medio llenar, un hombre con una lata de refresco sin abrir. Al acercarse, Luming notó lo que no había entendido desde lejos: no se oía nada. Ni gritos, ni música, ni siquiera los pasos. Solo un rumor educado que salía por la puerta entornada, voces bajas, palabras que en ese barrio no se usaban para hablar con nadie.

—¿Y tu novio, Luming? —preguntó una mujer que se había abierto paso entre dos canastas—. Me dijeron que te casas con un gerente. Qué suerte tienen las dos muchachas del barrio, qué suerte.

—Todavía no se ha fijado la fecha —se apresuró a decir su madre, y se alisó el delantal con un orgullo repentino—. Pero ya sabe, cuando uno educa bien a una hija...

—Qué silencio —murmuró su madre—. Ni un alboroto. Parece que Ruoyao de verdad se va a casar con un rico.

—Dicen que los viejos Han hablan con gente de lo más fina —soltó una mujer a su lado—. Cuando la hija sube, sube toda la casa.

Entre dos hombros Luming alcanzó a mirar dentro.

La sala de los Han era un cuarto pequeño y oscuro, con un sofá de tela gastada y una mesa baja de vidrio que alguien había limpiado con tanto esmero que reflejaba el techo. Sobre la mesa, una canasta de frutas que no estaba allí por costumbre. Ruoyao, de pie en el centro, con un vestido azul pálido y el cabello recogido, parecía una pintura que alguien hubiera colgado en la pared equivocada. A su lado, de espaldas a la puerta, Yunshen se volvía hacia los dos desconocidos que ocupaban el sofá.

—Yunshen —dijo Ruoyao, con la voz más blanda que Luming le había oído jamás—, estos son mis padres. Papá es profesor universitario, mamá es doctora.

Luming se quedó quieta, con la muñeca todavía atrapada en la mano de su madre.

El hombre del sofá se había levantado. Cincuenta y tantos años, gafas de montura fina, un cárdigan gris abotonado con un esmero que nadie en el mercado habría reconocido. Junto a él, una mujer de moño perfecto y collar de perlas inclinó la cabeza con una sonrisa serena.

—Mucho gusto, tío, tía —dijo Yunshen.

—El gusto es nuestro, joven. —El profesor hablaba con una voz de aula, cuidada, que llegaba hasta el fondo—. Siéntese, por favor, siéntese.

—Ruoyao —dijo Yunshen, volviéndose hacia ella—, ahora entiendo por qué eres como eres. Una familia de eruditos. No es de extrañar que hayan criado a una hija tan buena y tan considerada.

—Es usted muy amable, señor Gu. —El falso profesor posó una mano sobre el brazo del sofá—. No esperábamos que de verdad quisiera casarse con mi hija. Es un honor para la familia Han.

—Un honor —repitió la falsa doctora, con las manos cruzadas en el regazo.

—Rara vez nos visita el señor Gu —añadió el hombre—. Quédese a comer, por favor. Mi esposa cocina ella misma. No es que tengamos niñera en casa.

La mujer del moño había levantado de la mesa la bolsa de regalos que traía Yunshen, la había mirado un instante con evidente aprecio, y la había colocado en un rincón con el cuidado que se le tiene a un jarrón de museo.

La falsa doctora sonrió, asintió, y aguantó con elegancia la mirada de Yunshen. Ruoyao, en cambio, había dejado de sonreír una fracción de segundo, apenas. Luming, que la conocía desde la primaria, vio perfectamente cómo un músculo de la mejilla se le endurecía.

—Sí, sí —saltó Ruoyao—. Tenemos niñera. ¡Una niñera, claro! Mis padres dicen eso por modestia. Con una niñera en casa se cocina mucho mejor, ¿verdad, mamá?

La falsa doctora la miró sin entender. Ruoyao se inclinó hacia ella, fingiendo arreglarle el cuello de la blusa, y Luming, desde la puerta, leyó en sus labios lo que le susurró entre dientes:

—Qué tontos. ¿Y ahora de dónde saco yo una niñera? —Los labios se quedaron quietos, y volvieron a moverse—. Ya veré cómo arreglarlo.

Luming parpadeó. Tenía la sensación de haber visto, sin querer, la parte de atrás de un decorado.

Sintió que su madre le soltaba la muñeca. Se había quedado mirando fijamente algo en la dirección opuesta, a lo largo del pasillo exterior que corría junto a las casas, hacia la escalera que bajaba al patio. No miraba la sala. Miraba a dos personas sentadas en los escalones, a la sombra de la pared, con una bolsa de plástico y unas cajitas de comida rápida en las rodillas.

El hombre se secaba el sudor con la manga. La mujer, a su lado, se abanicaba con una tapa de caja, el pelo pegado a la frente, sin hablar.

Su madre los conocía. Los conocía desde hacía veinte años; habían compartido con ellos la fila del agua, las cuentas del fiado y el funeral del abuelo.

—¿Los padres de Ruoyao? —dijo la madre de Luming, sin bajar la voz—. Si son ellos, ¿quién está dentro? ¿No deberían estar recibiendo al futuro yerno? ¿Qué hacen aquí?

Fin del capítulo 8
Sigue leyendoCapítulo 9: Las niñeras de la señorita Han—Calla —susurró Luming, y tiró de la manga de su madre para meterla en la sombra de la pared—. Calla, mamá. Que no nos vean. Su madre se dejó arrastrar,…Leer capítulo 9
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La chica de aquella noche9 capítulos
  1. 1Un número de diferencia
  2. 2Una pobre como tú
  3. 3Una villa demasiado grande
  4. 4El vino de fruta
  5. 5La sala del fondo
  6. 6Positivo
  7. 7La grabación
  8. 8Los padres prestadosLeyendo
  9. 9Las niñeras de la señorita Han
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