—¡Eso es mentira!
La voz de Luming rebotó contra los cristales de la oficina, más fuerte de lo que ella había querido. Baichuan levantó las manos, sonriente, con cara de víctima inocente. Nadie le prestó atención a ella. Todas las miradas seguían clavadas en Gu Yunshen, que no había apartado los ojos de su prometida.
—¿Y el número? —insistió Luming, volviéndose hacia él—. ¿Qué pasó con el número?
Ruoyao fue más rápida.
—Ay, Yunshen. —Se llevó una mano a la frente y soltó una risa breve, avergonzada, de colegiala sorprendida en un descuido—. Ya entendí. Te mandé el número de prisa, ¿te acuerdas? Me equivoqué. Puse un 6 en lugar del 9. Ahora mismo te lo reenvío bien.
—¿Segura? —Él no sonrió—. Lo miré tres veces.
—Se te habrá cansado la vista, amor. Llevas días sin dormir bien. —Ruoyao inclinó la cabeza con ternura—. Tú nunca te equivocas, eso lo sé, pero esta vez la que se equivocó fui yo.
Luming la escuchaba y sentía que el suelo se volvía blando. Un número mal escrito en un mensaje podía tener un dígito cambiado. Una llamada no. Su teléfono había sonado en su bolsillo hacía apenas un minuto, delante de todos. Eso nadie lo había imaginado.
Pero nadie parecía recordarlo ya. La historia de Ruoyao avanzaba sola, suave, y la gente del pasillo la seguía con la cabeza, como se sigue una canción conocida.
Yunshen bajó la vista al teléfono. Tocó la pantalla otra vez y la grabación volvió a correr desde el principio, ahora con un fragmento que antes había saltado. La misma voz ronca, cansada, pidiendo que si alguien venía a buscarlo se encargaran de todo y que nadie lo molestara esa noche. Después, otra vez, el nombre de Zhao Wu, la herida, el hambre, la súplica de volver a casa.
Escuchaba con el ceño fruncido, igual que quien busca en un ruido algo que no termina de oír.
Ruoyao no esperó a que terminara. Sacó por fin su propio teléfono de la bolsa y lo sostuvo en alto, frente a él.
—Este es mi teléfono. —La voz le temblaba lo justo—. Yunshen… ¿de verdad sospechas de mí?
Él no respondió.
—Luming y yo siempre hemos usado el número de la tarjeta de la escuela —siguió ella, más rápido—. Nos los dieron juntos, el mismo día, uno detrás del otro. Solo se diferencian en un dígito. ¿Y tú desconfías de mí por un número?
Se acercó a él. Le tocó el brazo con la punta de los dedos.
—Es verdad. Solo hay una diferencia entre ella y yo. El mío es 6; el de ella es 9.
Luming apretó los dientes. Eso era cierto. Lo que Ruoyao estaba haciendo con esa verdad no lo era.
Recordaba el día en que les entregaron las tarjetas, en la secundaria: Ruoyao había comparado los números, se había reído y le había dicho «mira, somos casi gemelas». Luming tenía catorce años y le había parecido bonito. Nunca imaginó que un día ese dígito iba a servir para robarle algo.
—Y no eres el único que se confunde —añadió Ruoyao, con una sonrisa que pedía perdón por algo que no había hecho—. Hasta mi mamá se equivoca y la llama a ella cuando quiere hablar conmigo. Mira.
Le tomó la mano a Luming con un gesto rápido, casi cariñoso, y juntó los dos teléfonos delante de los ojos de Yunshen. El mismo modelo, el mismo color. Uno brillante, con funda de cuero nueva. El otro con las esquinas peladas y una raya fina en la pantalla.
—Luming y yo tenemos el mismo teléfono. ¿Ves? Es fácil equivocarse.
Luming retiró la mano de un tirón.
—Esa llamada…
—Luming, por favor. —Ruoyao la interrumpió sin mirarla, con la voz cargada de paciencia—. Ya bastante incómoda es esta situación.
Gu Yunshen se quedó un momento inmóvil. Luming lo vio dudar, o creyó verlo: algo en la frente, una sombra que se fue tan rápido como había llegado. Después él respiró, guardó el teléfono y toda la dureza se le deshizo de la cara.
Fue eso lo que más le dolió a Luming. Ver lo fácil que fue para él dejarse convencer.
—Ruoyao. —Le puso una mano en el hombro—. Perdóname. Te malinterpreté.
—¿Y lo que dijiste de mí hace un rato? —murmuró ella, con los ojos húmedos—. Que nunca me conociste de verdad…
—Lo dije sin pensar. —Él bajó la voz, aunque en el pasillo todos seguían oyendo—. Te lo prometo: te lo compensaré con una boda grandiosa. En cuanto estés lista, nos casamos.
Ruoyao se llevó las manos a la boca. Una lágrima bajó, perfecta, sin arrastrar el rímel.
—¿De verdad? ¿De verdad te vas a casar conmigo?
—De verdad.
—Entonces debo ser la persona más feliz del mundo.
Alguien empezó a aplaudir, tímido, y se detuvo al ver que nadie lo seguía. La compañera del café miró a Luming de reojo con una satisfacción que no se molestó en disimular.
Yunshen se dio la vuelta. Al pasar junto a Luming no la miró. Ni siquiera eso. Ella había dejado de existir para él en el instante en que Baichuan dijo su apodo, y ahora era solo un mueble más del pasillo, la novia de un tipo de pelo engominado, una pasante que se había metido donde no la llamaban. Los dos hombres de traje lo siguieron hacia los elevadores.
Luming se quedó con la boca entreabierta y una frase a medio salir. Quería correr detrás de él, decirle que Baichuan mentía, que ella jamás había sido novia de nadie, que su teléfono había sonado y que eso tenía que significar algo. Pero ¿y después? Él le volvería a preguntar dónde estuvo el viernes. Y ella tendría que contestar delante de todos. Así que no se movió, y odió no moverse.
—¡Yunshen, espérame! —Ruoyao se alisó la falda—. Voy enseguida.
Él no se detuvo. Las puertas del elevador se cerraron detrás de los tres.
El pasillo empezó a moverse de nuevo. Los teclados volvieron a sonar, primero uno, después todos. La gente regresó a sus escritorios con la cara de quien acaba de ver el capítulo final de una telenovela y ya está pensando a quién se lo va a contar. Baichuan había desaparecido; Luming no lo vio irse. Solo quedaba en el aire el rastro de su perfume dulzón, mezclado con el de Ruoyao.
Ruoyao no fue a los elevadores. Esperó a que la compañera del café se alejara, giró sobre sus tacones y caminó hacia Luming hasta quedar a un palmo de su cara.
Ya no lloraba. No le quedaba ni una lágrima.
—Dame tu teléfono.
—¿Para qué?
—Dámelo.
No esperó. Le arrancó el aparato de la mano con una fuerza que Luming no le conocía, la misma mano que un minuto antes le había tocado los dedos con cariño.
—Presidenta Han —dijo Luming, y el título le supo amargo—. Cálmate.
—¿Ahora me llamas presidenta? —Ruoyao sonrió—. Qué educada.
—Ruoyao. —Luming dio un paso adelante—. No te pases.
—¿Y qué pasa si me paso?
Lo dijo despacio, con una curiosidad casi infantil, dándole vueltas al teléfono entre los dedos. Las uñas pintadas tamborilearon sobre la funda gastada.
—Mírate. —Le recorrió el cuerpo con los ojos, de los zapatos baratos a la blusa de anteayer—. Sigues oliendo al mercado, Luming. Una pobre como tú debería vivir bajo mi zapato toda la vida.
Luming sintió que se le encendían las orejas.
—Siempre fue así —siguió Ruoyao, en un susurro que solo ellas dos podían oír—. Tú arriba en la lista de notas, tú la favorita de las maestras, tú la que todos querían como amiga. Y mírame ahora. Mírate a ti. —Se inclinó un poco más—. Yo nací con suerte, Luming. Y te voy a aplastar tanto que no vuelvas a levantarte en toda tu vida.
Antes de que Luming pudiera responder, Ruoyao dio dos pasos hacia la puerta de la escalera de emergencia, que alguien había dejado entreabierta, extendió el brazo sobre la baranda y abrió la mano.
El teléfono cayó por el hueco de la escalera.
Luming oyó cómo golpeaba contra el metal una vez, otra, más abajo, y después un chasquido seco, muy lejos, de plástico y vidrio que se rompen contra el cemento.
Se quedó sin aire.
Ese teléfono lo había pagado ella misma, ahorrando durante meses, contando billetes en una caja de galletas. Lo había cuidado como se cuida lo único caro que uno tiene. Y Ruoyao lo había soltado al vacío sin mirar siquiera dónde caía.
—¿Qué pasa? ¿De qué hablan?
La compañera del café había vuelto, con una taza en la mano y los ojos muy abiertos.
Ruoyao se giró hacia ella, y en un segundo la cara se le llenó otra vez de luz. Dulce. Comprensiva. La de siempre.
—No pasa nada. —Soltó una risita—. Solo le pedí a Luming que dejara de usar un número tan parecido al mío. Ya ves el lío que causó hoy. —Se volvió hacia Luming, ladeando la cabeza—. Y tampoco me gusta que lo llames a él. Por eso tiré tu teléfono. No te importa, ¿verdad?
Esperó, sonriendo, como si de verdad esperara una respuesta amable.
—Al fin y al cabo —añadió, más bajo—, tú solo eres una extraña.
Se acomodó la bolsa en el hombro, miró la hora en su reloj y suspiró con cansancio fingido.
—Bueno, me voy a casa. Yunshen me está esperando.
Los tacones se alejaron por el pasillo. La compañera del café miró a Luming, después al hueco de la escalera, y decidió que no había visto nada. Volvió a su escritorio sin decir una palabra.
Luming se quedó sola junto a la baranda.
Tenía la mano todavía abierta, en el aire, en la forma exacta del teléfono que ya no estaba. La bajó despacio. Le ardían los ojos, pero no lloró. Se negó. Si lloraba ahí, en ese pasillo, delante de esa gente, Ruoyao habría ganado dos veces en el mismo día.
Se asomó al hueco. Abajo solo se veía la penumbra gris de los escalones, la luz de emergencia verde parpadeando en un rincón. En algún lugar de esa oscuridad estaba su teléfono hecho pedazos. Y con él, todo lo que guardaba: los mensajes, las fotos, el registro de llamadas.
El registro de llamadas.
Luming apretó la baranda con tanta fuerza que se le pusieron blancos los nudillos. Ruoyao no había tirado un teléfono porque le molestara un número. Ruoyao nunca hacía nada sin una razón.
Pensó en la cara de Gu Yunshen mientras escuchaba la grabación, en ese ceño de alguien que busca algo que no encuentra. Pensó en la lágrima perfecta de Ruoyao, en el aplauso tímido, en la boda grandiosa. En la sonrisa con que le había dicho «una extraña».
Y la frase volvió, entera, con la misma voz suave con que Ruoyao la había pronunciado, como un clavo hundiéndose despacio en la madera:
«…tanto que no vuelvas a levantarte en toda tu vida.»