—¡Muchacha! ¿Estás poniendo huevos ahí dentro?
Dos golpes secos sacudieron la puerta. Luming abrió los ojos y vio que seguía vestida, sentada en el borde de la cama, con los pedazos del teléfono extendidos sobre un pañuelo en su regazo. La luz de la ventana ya era la de media mañana.
—Llevas medio día sin salir —siguió su madre desde el pasillo—. ¿Hoy no tienes que ir a trabajar? Pues sal a comer algo, que me estás gastando la luz para nada.
—Entro más tarde, mamá. Ya voy.
Los pasos se alejaron arrastrando las chanclas. En la cocina, una olla chocó contra el fregadero con más fuerza de la necesaria.
Luming bajó la vista. Había pasado la noche así, dándole vueltas a las piezas como si entre el vidrio roto y la batería suelta pudiera caber una respuesta. No cabía. Envolvió todo en el pañuelo, lo guardó en el fondo del cajón y se lavó la cara con agua fría.
En la cocina, su madre le empujó un tazón de arroz caldoso sin mirarla.
—Ayer llamó Baichuan para preguntar por ti. Dice que te vio pálida. —Se secó las manos en el delantal—. Ese muchacho sí se preocupa. A ver si aprendes a tratarlo.
Luming tomó la cuchara y no contestó. Con su madre, cuando el tema era Baichuan, callar era lo único que no empezaba una pelea.
Podía quedarse en casa. Pero el contrato de práctica se renovaba mes a mes, y una pasante que faltaba el día después de un escándalo era una pasante que no volvía a entrar.
La oficina la recibió con ese silencio de las mañanas en que todos ya saben algo de ti.
Nadie la saludó. Dos compañeras dejaron de hablar cuando ella pasó junto a su escritorio y retomaron la conversación unos pasos después, más bajito. En la esquina del pasillo, la puerta de la escalera de emergencia estaba cerrada con llave. Alguien se había ocupado de eso.
Su silla estaba como la había dejado. Abrió el cajón para guardar la carpeta de facturas y lo encontró en orden, demasiado en orden, con los bolígrafos alineados por tamaño. Ella nunca los alineaba. Lo cerró despacio y se quedó mirando la manija.
—¿Estás bien?
Un compañero del departamento, uno de los pocos que nunca le había hecho una broma, se había puesto en medio del pasillo. Parecía llevar un buen rato ensayando la frase.
—No tengo ganas de hablar de eso —dijo Luming—. Con permiso.
—Oye, Lin Luming. —Él no se apartó—. A mí no me importa lo que haya entre tú y la presidenta Han. Pero mira cómo te tratan. Ayer te vi en el pasillo y no pude… —Se frotó la nuca—. Aquí ya no puedes quedarte. ¿No sería mejor que te fueras cuanto antes?
Era amable, y eso fue lo que la irritó. Desde ayer todos opinaban sobre lo que ella debía hacer, y el único que lo hacía con buena intención era el que más le dolía.
—No me digas si quiero irme o no —contestó, más seca de lo que pretendía.
—Todavía no te toca a ti quedarte con mi novia.
La voz llegó por detrás, con ese tono de broma que Baichuan ponía cuando quería marcar territorio. Se acercó pasando un brazo por los hombros del compañero y lo apartó con una palmada, sin brusquedad, como se aparta a un niño de una puerta.
Llevaba una tarjeta nueva colgada del cuello. Luming la leyó antes de poder evitarlo: Gerente de ventas.
—¿Qué haces aquí, Baichuan?
—Pedí el puesto hace mucho. —Se encogió de hombros—. Solo que no te lo había dicho.
—Ah. —Luming lo miró de arriba abajo, del traje claro al gel del pelo—. Felicidades.
—¿Verdad que sí? Y sabes por qué lo pedí. —Metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó un sobre grueso—. Aquí tengo cien mil yuanes. Vivamos juntos primero, Xiaolu. Lo demás ya se irá dando.
Luming miró el sobre y después a él. Conocía ese gesto: así se tira la carnada, y luego solo hay que esperar a que el pez muerda.
No dijo nada. Dio media vuelta y caminó hacia el fondo de la oficina con el asco subiéndole por la garganta.
—Espera, espera. —Baichuan la alcanzó en tres pasos, sin perder la sonrisa—. Voy a demostrarte mi sinceridad, ya verás.
—¿Sinceridad? —Luming se detuvo—. Cuando te acuestas con otra mujer, también le dices lo mismo.
—Zhou Xiaoqin y yo ya somos pasado. —Levantó la mano derecha, como si jurara ante un juez—. Tú eres mi presente y mi futuro.
—Lárgate. O te denuncio por acoso.
Él levantó las dos manos, divertido, y retrocedió un paso. Los que miraban desde los escritorios bajaron la cabeza de golpe.
—Cuánto genio —dijo—. Me encanta.
Luming volvió a su escritorio con las rodillas flojas y fingió ordenar facturas. Las cifras se le mezclaban. De la grabación le volvía, una y otra vez, una sola palabra: hambre.
Pensó en los pedazos del teléfono envueltos en el pañuelo, en el fondo del cajón de su casa, con todo lo que guardaban y ya no podían decir. Se preguntó si él habría vuelto a escuchar la grabación esa noche, y qué buscaba en ella.
En su despacho, Ruoyao dejó el teléfono sobre la mesa y lo volvió a levantar.
Por la puerta de cristal se veía el pasillo vacío. Había mandado cerrar la escalera de emergencia a primera hora, sin explicar por qué, y nadie se lo había preguntado. Ese era el gusto del cargo: que las preguntas llegaran ya contestadas.
—¿Todavía no se deja? —Se examinó una uña mientras hablaba—. ¿Cuánto tiempo llevas con ella? Con tanta paciencia que presumes… Y mira dónde estamos.
Al otro lado, Baichuan se rio, muy bajito, desde el otro extremo de la oficina. Ella no lo dejó terminar.
—Escucha. Voy a avisarle a la directora del departamento. Esta noche habrá una cena por Qingming, la organizo yo, y tú pagas. Luming irá, porque es parte de la empresa y no tiene cómo negarse. Tú solo coopera con los demás para que beba hasta no poder más.
Hizo una pausa para dejarlo imaginar.
—Después será tuya.
Colgó, dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa y volvió a mirarse las uñas.
La cena se celebró en un salón privado de un club de la zona alta, con cortinas de terciopelo y una mesa redonda donde cabían veinte personas. Afuera caía la noche de abril, fresca y limpia. La directora del departamento le había avisado a media tarde, sin levantar la vista de los papeles: asistencia obligatoria, orden de arriba. Luming llegó tarde, a propósito, con el abrigo todavía abrochado y las manos metidas en los bolsillos, donde ya no había teléfono que tocar.
Baichuan ya estaba en la cabecera.
Había pedido pescado, cordero y una fila de botellas que los camareros iban abriendo sin que nadie los llamara. Los compañeros reían con las copas en alto y se disputaban el sitio más cercano a él. Cada vez que Baichuan hablaba, alguien aplaudía. Entre ellos, la del café, que le hizo una seña a Luming para que se sentara cerca de él, con una amabilidad tan exagerada que olía a trampa a tres metros.
Luming se quedó de pie junto a la puerta.
—Perdone, señor Shen. —Se obligó a decirlo con educación—. ¿A quién se le ocurre hacer una fiesta en pleno Qingming? Yo tengo trabajo pendiente en casa. Me voy.
Dio dos pasos hacia atrás. La puerta ya estaba cerrándose cuando una mano la atajó.
—Oye, oye. ¿A dónde vas? —Era otro compañero de la mesa, de esos que pasan los días sin opinar y de pronto descubren que tienen voz—. ¿Desprecias a nuestro señor Shen? Siéntate.
—No desprecio a nadie. Solo…
—Que te sientes. —Bajó la voz, pero la mesa entera lo oyó—. Y escucha bien: el que se vaya temprano esta noche mañana ya no trabaja en la empresa.
Nadie se rio. Un par de personas se miraron las manos, y la del café se puso a ordenar los palillos con una atención absurda. Luming bajó la vista. Esa frase no se le había ocurrido a él: alguien de arriba se la había dictado palabra por palabra.
Se sentó en el lugar que le habían guardado, junto a la del café, donde ya la esperaban un plato y una copa sobre el mantel blanco.
La del café se acomodó el pelo detrás de la oreja y le sonrió a Baichuan, y él le devolvió un guiño rápido, de cómplice. Luming lo vio. Fingió no haberlo visto.
Baichuan se puso de pie y levantó la copa.
—Les agradezco a todos que me hayan dado la cara esta noche. Estoy muy contento. —Recorrió la mesa con los ojos y se detuvo un poco más de la cuenta en Luming—. Hoy corre por mi cuenta. Beban hasta que no puedan, y yo mismo no me voy a casa hasta estar borracho.
—¡Viva el señor Shen!
Las copas chocaron. Los camareros llenaron las de todos. Luming tapó la suya con la palma.
—Anda, una sola —dijo la del café, inclinándose—. Mira que esto es de la casa. Es una descortesía.
Luming miró la mesa. Todas las botellas estaban ya abiertas, servidas, circulando de mano en mano. Todas menos una.
En el centro, junto a las flores, había una botella de vino de fruta de color ámbar, con el cuello envuelto en papel rojo y el sello de cera intacto. Nadie la había tocado. Era la que Baichuan había traído en persona, la que había puesto sobre la mesa con ceremonia antes de que ella llegara.
Una botella nueva, cerrada. Luming la miró un rato buscando la trampa: el papel rojo estaba entero y la cera no tenía una grieta.
No podía irse, y pasar la noche con la copa tapada tampoco iba a servir. Una copa, para que la dejaran en paz. Al lado de todo lo que le habían quitado desde ayer, una copa era barata.
Después se levantaría con cualquier excusa y saldría por esa puerta antes de que la noche se enfriara.
—Tampoco me gusta tanto ruido —dijo, en voz alta, para que todos la oyeran—. Pero no es que no pueda beber. Ese vino de fruta lo trajo el señor Shen, y el sello está sin abrir, ¿verdad? —Alguien soltó una risita. Ella no la miró—. ¿Puedo tomar una copa nada más, para quedar bien?