La chica de aquella nocheCap. 1/68 min de lectura

Capítulo 1: Un número de diferencia

—Tu cara me resulta conocida. —El hombre se detuvo frente a ella y no apartó la vista—. Creo que te he visto antes. ¿Cómo te llamas?

Luming tardó un segundo en entender que la pregunta era para ella.

Llevaba una carpeta de facturas apretada contra el pecho y la tarjeta de pasante colgada del cuello, un poco torcida. Había salido del archivo con prisa, pensando en las copias que le faltaban, y de pronto el pasillo entero se había detenido. Los teclados callaron. Una impresora terminó de escupir una hoja y nadie fue a recogerla.

Conocía esa cara. Todos en la empresa la conocían.

Gu Yunshen. El heredero del Grupo Gu. El prometido de la presidenta Han.

En las fotos de las revistas siempre aparecía de traje oscuro, serio, con la mirada puesta en algún punto lejano. En persona era más alto de lo que Luming había imaginado; tuvo que levantar la barbilla para sostenerle la mirada, y eso le molestó un poco. Detrás de él esperaban dos hombres de traje, inmóviles, con el aire de quien está acostumbrado a no existir.

—Lin Luming —respondió.

Algo cambió en los ojos de él. Fue muy poco: un músculo de la mandíbula que se tensó, los dedos que se cerraron sobre el teléfono que llevaba en la mano.

Antes de que ella pudiera preguntar nada, le llegó el perfume. Dulce, caro, inconfundible. Unos tacones cruzaron el pasillo a paso rápido.

—Luming es solo una pasante.

Han Ruoyao se colocó entre los dos con una sonrisa perfecta. Llevaba un traje claro de corte impecable y el cabello recogido con tanto cuidado que ni un mechón se atrevía a escaparse. Le habló a Yunshen con voz suave, pero cuando se volvió hacia Luming, la voz bajó y se afiló.

—¿Qué le dijiste?

—Nada —contestó Luming—. Fue él quien me preguntó.

—Ay, la presidenta Han tiene toda la razón.

La que habló fue una compañera del departamento, la misma que cada mañana le llevaba el café a Ruoyao antes de que nadie se lo pidiera. Se había acercado por detrás, con los brazos cruzados y los ojos brillantes de alguien que huele un escándalo.

—Es una temporal, joven señor Gu. Usted también lo sabe. —Bajó la voz, aunque no lo suficiente para que nadie la oyera—. Hoy en día, cuando una chica ve a un hombre rico y poderoso, pierde la cabeza enseguida. Y esta es muy calculadora.

Luming sintió que la sangre le subía a la cara. Abrió la boca, pero la mujer no le dejó espacio.

—Por culpa de ella usted dudó de la presidenta Han y la hizo pasar por un interrogatorio. La presidenta Han ha soportado muchas injusticias por usted. ¿No va a ponerse de su lado?

Luming miró a Ruoyao. Solo entonces notó lo que el maquillaje casi lograba esconder: los ojos un poco enrojecidos, el borde de las pestañas húmedo. Así que había pasado algo antes. Algo de lo que ella no sabía nada y en lo que, por lo visto, ya tenía un papel.

Ruoyao bajó la mirada con una tristeza muy bien medida.

—Estoy bien —dijo—. Mientras te tenga en el corazón, aguanto lo que sea.

Lo dijo despacio, para que la frase llegara a cada escritorio. Un par de compañeras suspiraron. Alguien murmuró «pobrecita».

Luming conocía a Ruoyao desde que eran niñas. Habían crecido en el mismo barrio del mercado, a pocas casas de distancia, entre puestos de verdura y gritos de vendedores a las seis de la mañana. Habían ido a la misma escuela, compartido el mismo pupitre durante años. Conocía esa voz. Era la voz que Ruoyao usaba con las maestras cuando la descubrían copiando.

Pero Gu Yunshen no la conocía. Eso pensó Luming.

Él se quedó mirando a su prometida un largo rato. Nadie en el pasillo se movió.

—Han Ruoyao —dijo al fin, y su voz sonó cansada—. Parece que nunca te conocí de verdad.

La sonrisa de Ruoyao se quedó quieta en su cara, sin terminar de caerse.

Siguió un silencio largo. Tan largo que Luming oyó el zumbido del aire acondicionado y el tic de un bolígrafo que alguien apretaba sin darse cuenta en el otro extremo de la oficina. Yunshen no añadió nada. Bajó la vista al teléfono, deslizó el pulgar por la pantalla y subió el volumen al máximo.

Del aparato salió primero un ruido áspero, como de viento o de tela rozando el micrófono. Una respiración entrecortada. Después, una voz de hombre, ronca, débil, muy distinta de la que acababa de hablar en el pasillo, aunque era la misma:

«Zhao Wu, me hirieron esa noche… Manda a alguien por mí ahora mismo. Tengo hambre. Llévame a casa rápido.»

La grabación se cortó.

Luming apretó la carpeta. No supo por qué, pero la palabra hambre se le quedó pegada en el oído, dicha así, por un hombre que no parecía haber pedido nada en su vida.

—La noche en que me hirieron —dijo Yunshen, y ahora miraba a Ruoyao— alguien llamó a mi amigo desde su propio teléfono. Una mujer. Me salvó. Tú me dijiste que habías sido tú.

—Y fui yo —respondió Ruoyao enseguida.

Yunshen giró apenas la cabeza hacia uno de los hombres que lo acompañaban.

—Joven señor, ya lo confirmamos —dijo el hombre, sin expresión—. Ese número es de Lin Luming.

Las miradas del pasillo cayeron sobre ella con un peso casi físico. Luming sintió que la tarjeta de pasante le quemaba el pecho.

—¿Mío? —Le salió apenas un hilo de voz.

—Es mi número —insistió Ruoyao, más alto—. Yunshen, ese número es mío.

—Bien —dijo él—. Entonces saca el teléfono.

Ruoyao no se movió. Su bolsa colgaba del hombro, cerrada, y ella apoyó la mano encima con un gesto que quiso parecer natural.

—Hablemos cuando volvamos —dijo en voz baja, acercándose a él—. De verdad no quiero que se entere tanta gente. ¿Qué importa ahora todo esto? Lo que cuenta es lo que pasó la noche en que te salvé, ¿no?

—Ruoyao. —Él no subió el tono; tampoco hizo falta—. Te dije que sacaras el teléfono.

Ella siguió sin abrir la bolsa.

Luming observó la escena desde un costado, sin entender todavía en qué momento se había convertido en parte de ella. Una hora antes su mayor preocupación era terminar las copias antes del almuerzo y que nadie notara que llevaba la misma blusa blanca de anteayer. Ahora el prometido de su jefa sostenía un teléfono como si fuera una prueba en un juicio, y Ruoyao, la Ruoyao que nunca se quedaba sin respuesta, apretaba los labios.

Yunshen la observó dos segundos más. Luego bajó la vista a la pantalla, tocó un número y se llevó el aparato a la oreja.

El bolsillo de Luming vibró.

Fue un temblor pequeño contra la cadera, y enseguida el timbre: la melodía simple de siempre, la que nunca se había molestado en cambiar, sonando en medio del pasillo mudo como una alarma. Luming se quedó helada. Con la mano torpe sacó el teléfono de la chaqueta. Funda gastada en las esquinas, una raya fina en la pantalla. En la pantalla, un número que no tenía guardado.

Levantó la vista. Gu Yunshen la miraba con el teléfono todavía en la oreja.

Ella no contestó. El timbre siguió sonando, tres, cuatro veces, hasta que él colgó y el silencio volvió de golpe.

—¿Por qué me llamaste? —preguntó Luming. Le temblaba un poco la voz, y eso la enfureció—. ¿Y cómo sabes mi número?

Él no le respondió. Ni siquiera parpadeó. Se volvió hacia su prometida.

—Ruoyao, explícame.

—No tengo nada que explicar. —Ruoyao soltó una risita breve, nerviosa—. Yunshen, debes haberlo malinterpretado. Hay un error, eso es todo.

—Entonces explícame tú.

Esta vez los ojos de él se clavaron en Luming. Eran oscuros, muy fijos, y no tenían nada de amable.

—¿Dónde estabas el viernes pasado por la noche?

El viernes pasado.

A Luming se le cerró la garganta. Había cosas de esa noche que no le había contado a nadie. Ni a su madre, ni a sus compañeras de la universidad, ni a la almohada. Cosas que había guardado bajo llave con la esperanza de que, si no las nombraba, terminarían borrándose solas. Y ahora un desconocido, el hombre más poderoso que había pisado esa oficina, se las pedía delante de veinte personas, como quien pide un informe.

La luz blanca del techo le daba de lleno en la cara. Sentía el sudor frío en la nuca, la carpeta resbalándole entre los dedos, el corazón golpeando tan fuerte que temió que se le notara a través de la tela. Lo que hubiera pasado esa noche era suyo. Solo suyo.

Sintió las miradas. La compañera del café sonreía con la boca torcida. Ruoyao se había quedado muy quieta, demasiado quieta, con la mano todavía sobre la bolsa.

—¿Qué quieres? —Luming levantó la barbilla—. ¿Qué tiene que ver contigo dónde estuve yo?

Por un momento pensó que él iba a insistir. No lo hizo. Se guardó el teléfono en el bolsillo interior de la chaqueta con una calma que daba más miedo que un grito, y habló sin volverse hacia el hombre que tenía detrás.

—Averígualo.

—Sí, joven señor.

—No hace falta.

La voz llegó desde el fondo del pasillo, alegre, demasiado segura de sí misma.

Luming la reconoció antes de girarse, y se le encogió el estómago.

Shen Baichuan estaba apoyado en una columna junto a los elevadores, con un traje gris claro, el pelo peinado hacia atrás con gel y una mano en el bolsillo del pantalón. Luming no lo había visto llegar. No tenía la menor idea de qué hacía él allí, en su empresa, en su piso, en medio de todo aquello. Llevaba tiempo persiguiéndola, con flores que ella regalaba a la señora de la limpieza y mensajes que nunca respondía. Tenía fama de mujeriego en todo el barrio. Y en ese pasillo nadie lo conocía, salvo ella.

Él se apartó de la columna y caminó hacia el grupo con una calma de dueño, dejando tras de sí una nube de perfume dulzón. Saludó a Yunshen con una pequeña inclinación de cabeza.

—Señor Gu, no hace falta que mande a nadie a investigar. —Sonrió—. Yo sé dónde estuvo el viernes por la noche.

—Baichuan —dijo Luming, en voz baja—. No te atrevas.

Él ni siquiera la miró. Mantuvo los ojos en Yunshen, igual que un vendedor que ya sabe que va a cerrar el trato.

—Conmigo.

Una ola de murmullos recorrió el pasillo. Alguien soltó una exclamación ahogada. La compañera del café se tapó la boca, pero no lo bastante rápido para esconder la sonrisa.

Luming sintió que el piso se movía bajo sus pies. Quiso gritar que era mentira, que él no tenía derecho, que nunca, jamás. Las palabras se le amontonaron detrás de los dientes y no salió ninguna.

Gu Yunshen apartó los ojos de Baichuan y los posó sobre ella. Despacio. Con algo que antes no estaba, algo que se parecía mucho al desprecio.

Baichuan se encogió de hombros con un gesto de falsa modestia, como quien confiesa una travesura sin importancia.

—Esa noche Xiaolu era mi novia. Claro que se quedó conmigo.

Fin del capítulo 1
Sigue leyendoCapítulo 2: Una pobre como tú—¡Eso es mentira! La voz de Luming rebotó contra los cristales de la oficina, más fuerte de lo que ella había querido. Baichuan levantó las manos,…Leer capítulo 2
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La chica de aquella noche6 capítulos
  1. 1Un número de diferenciaLeyendo
  2. 2Una pobre como tú
  3. 3Una villa demasiado grande
  4. 4El vino de fruta
  5. 5La sala del fondo
  6. 6Positivo
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