El teléfono estaba dos pisos más abajo, partido en tres pedazos.
Luming los encontró junto al último escalón, a la luz verdosa del cartel de salida de emergencia. La pantalla, hecha una telaraña de vidrio. La batería, suelta, a un metro. La funda gastada se había abierto como una cáscara. Se agachó, juntó las piezas en la palma y apretó el botón de encendido una, dos, cinco veces.
Nada. Ni una luz.
Se quedó así, en cuclillas, con los restos en la mano y la espalda contra la pared fría. Arriba, muy lejos, se oía el murmullo de la oficina que había vuelto a la normalidad. Allí abajo solo olía a polvo, a cemento y a cigarrillo.
A cigarrillo.
Levantó la cabeza. En el descanso de la escalera, medio escondido detrás de la baranda, Shen Baichuan fumaba con el teléfono en la oreja. Hablaba en voz baja y se reía. Cuando la vio, cortó la llamada sin despedirse, tiró la colilla al suelo y la aplastó con la punta del zapato.
—Xiaolu. —Abrió los brazos con una sonrisa de bienvenida—. Te estaba esperando.
Luming se puso de pie. Guardó las piezas del teléfono en el bolsillo de la chaqueta y subió los escalones que la separaban de él, uno por uno, sin apurarse.
—¿Por qué dijiste eso?
—¿Qué cosa?
—No te hagas el tonto. Lo que dijiste allá arriba, delante de todos. —La voz le salió más firme de lo que esperaba—. Todo el mundo sabe que el viernes por la noche estabas con Zhou Xiaoqin. ¿Por qué ahora resulta que estabas conmigo?
Baichuan ladeó la cabeza y la miró con lástima, con la misma cara que se le pone a un adulto frente a una niña que inventa cosas.
—¿Estás confundida, Xiaolu? —preguntó con suavidad—. Esa noche me quedé contigo.
—Eso es mentira.
—Pobrecita. Estabas tan alterada que ya no te acuerdas.
Luming sintió que algo le subía por la garganta, caliente y amargo. Tuvo que cerrar los puños para no tocarlo, ni siquiera para empujarlo.
Conocía a Baichuan desde hacía tiempo. Lo suficiente para saber cómo funcionaba: decía las cosas con tanta seguridad que la gente terminaba dudando de sí misma antes que de él. Con las vecinas del barrio le había servido. Con su madre, que lo miraba como si fuera un premio de lotería caminando, también. Con ella nunca.
—Tienes la cara más dura que una muralla, Shen Baichuan.
—Ay, no te pongas así. —Él se acercó un paso; ella retrocedió otro—. Está bien, está bien. Si te molestó que lo dijera delante de la gente, perdóname. ¿Me perdonas? Lo hice por ti. Ese hombre te estaba acorralando y alguien tenía que salir a defenderte.
—¿Defenderme? —Luming soltó una risa sin ninguna alegría—. Me hiciste quedar como una mentirosa delante de toda la empresa.
—Y desde hoy te voy a tratar bien, ya verás. Mejor que nadie.
Lo dijo con la mano en el pecho, solemne, y en el bolsillo del pantalón le vibró el teléfono. Él lo ignoró. Luming no. Se preguntó de quién sería la llamada, y se respondió sola.
—No me interesa cómo me vayas a tratar —dijo—. Solo te pido una cosa. A partir de hoy, no me molestes más.
Lo esquivó y siguió subiendo. A su espalda lo oyó reírse bajito, sin ofenderse en absoluto, un sonido que se le pegó a la nuca.
—Xiaolu, ¡tú sabes que vas a volver a buscarme!
Ella no se giró.
Ante la puerta de su piso se detuvo con la mano en la manija. Le temblaban las rodillas, ahora que nadie la veía. Sacó del bolsillo los pedazos del teléfono y los miró un rato largo, como quien mira una foto vieja.
Había un registro de llamadas ahí dentro. Había un número al que alguien había llamado una noche, desde ese aparato, pidiendo ayuda.
Ya no había nada.
Pensó en ir a la oficina de Ruoyao y exigirle que le pagara el aparato. Se imaginó la escena entera: la sonrisa, la voz dulce, la compañera del café asomándose a la puerta, y al día siguiente toda la empresa repitiendo que la pasante había ido a gritarle a la presidenta. No. Eso era exactamente lo que Ruoyao quería.
Tenía veinte años, un contrato de práctica que se renovaba mes a mes y una madre que la esperaba en casa con la cuenta exacta de lo que costaba cada cosa. No podía darse el lujo de perder el puesto por un arrebato.
Luming cerró la mano sobre el vidrio roto, sin cortarse, y empujó la puerta.
La villa de Gu Yunshen tenía demasiadas habitaciones.
Ruoyao las había contado la primera noche, recorriendo los pasillos con los pies descalzos sobre el mármol: salones, cuartos de huéspedes, una sala de música que nadie usaba, un comedor con veinte sillas. Todo estaba limpio, ordenado y en silencio. Las lámparas se encendían solas cuando una pasaba. Por los ventanales del vestíbulo se veía el jardín, negro a esa hora, y el reflejo de la araña de cristal colgando del techo, duplicada en el vidrio.
Una villa así era lo que había soñado toda su vida. Ahora que vivía en ella, le parecía un lugar donde era muy fácil perderse.
Esa noche se había puesto un conjunto de seda color crema, de mangas largas, que se movía con ella como agua. Se había soltado el cabello. Se había quitado el maquillaje fuerte de la oficina y dejado apenas un poco de color en los labios. Llevaba media hora sentada en el tercer escalón de la escalera principal, esperando oír la puerta.
Cuando por fin entró Yunshen, con la chaqueta colgada del brazo y la corbata floja, se levantó de un salto y le cerró el paso.
—Llegaste. —Sonrió—. Te estaba esperando.
—Es tarde, Ruoyao. —Él dejó las llaves sobre la consola—. Deberías estar dormida.
—No podía dormir. —Le tomó la manga con dos dedos, como una niña que pide algo en la calle—. Yunshen… hoy durmamos juntos.
Él se detuvo. La miró. No dijo nada.
—Durmamos juntos —repitió ella, más bajo—. Aunque sea esta noche.
—Si tienes sueño, ve a acostarte.
—Es que ahora todo está tan desierto. —Ruoyao miró alrededor, al vestíbulo inmenso, a la escalera que subía en curva hacia la oscuridad del segundo piso—. No me acostumbro.
Yunshen la observó un momento con una expresión que ella no supo leer. Cansancio, quizá. O algo más, algo que se quedaba detrás de los ojos y no salía.
—Esa noche no parecías tenerle miedo a nada —dijo.
Lo dijo sin énfasis, mientras se quitaba el reloj. Pero Ruoyao sintió el filo de la frase igual. Esa noche. Siempre volvía a esa noche, y ella nunca sabía qué esperaba él que respondiera. Qué recordaba. Qué detalle estaba esperando oír de su boca para quedarse tranquilo.
La mentira había sido fácil al principio. Sostenerla, cada día que pasaba, costaba más.
En la oficina lo había resuelto con un dígito y una lágrima. Lo había visto ceder, había sentido su mano en el hombro, había oído la palabra boda delante de todos. Y aun así, al llegar a casa, él volvía a mirarla de ese modo, midiéndola, comparándola con alguien que solo existía en su memoria.
Le soltó la manga y bajó los ojos.
—Ese día fue ese día —dijo—. Entonces no te conocía. Ahora es distinto.
Él no contestó. Ruoyao se apresuró a llenar el silencio antes de que él pudiera seguir preguntando.
—Esta villa es muy grande. —Se abrazó a sí misma—. Y está tan vacía. Tengo miedo de dormir sola.
Esperó. Contó los segundos. Uno, dos, tres.
—¿Estás bien? —preguntó él al fin.
—Sí. —Ella levantó la cara y dejó que los ojos se le humedecieran un poco, lo justo—. Es que soy nueva aquí, ¿sabes? Y soy muy miedosa. Necesito estar más contigo, Yunshen. No me hagas enfrentar el miedo sola. —Le apoyó la mano en el pecho, sobre la camisa—. ¿Cómo vas a dejar a tu prometida sola en un cuarto vacío?
Durante un momento creyó que había ganado. Él no se apartó. La mano de ella siguió donde estaba, sintiendo el latido tranquilo, demasiado tranquilo, bajo la tela.
Después Yunshen le tomó la muñeca con suavidad y le retiró la mano.
—Está bien. Lo sé. —Su voz era amable, y por eso mismo dolía—. Pero hay un asunto urgente en la empresa. Tengo que resolverlo esta noche.
—¿Ahora?
—Ahora. —Recogió la chaqueta del brazo del sillón—. Acuéstate temprano.
—Yunshen…
—La próxima vez.
Le rozó el hombro al pasar, apenas, un gesto educado que no la tocó de verdad. Subió la escalera sin volverse. Ruoyao oyó sus pasos en el pasillo del segundo piso, firmes, sin prisa, y después la puerta del estudio al cerrarse. El pestillo hizo un clic pequeño, definitivo.
El estudio. Siempre el estudio. Desde el compromiso nunca la había invitado a entrar.
Ruoyao se quedó sola al pie de la escalera.
Las lámparas del vestíbulo, que no detectaban movimiento, se fueron apagando una por una, sin ruido, hasta que solo quedó la luz que entraba del jardín por los ventanales. En el vidrio oscuro apareció su reflejo: el conjunto de seda, el pelo suelto, los ojos todavía brillantes de las lágrimas que había preparado.
Se miró un rato largo.
Luego dejó de sonreír.
No fue un cambio brusco. Las comisuras simplemente bajaron, los ojos se secaron, la boca se volvió una línea recta. La muchacha tímida que tenía miedo de dormir sola se borró del reflejo y quedó otra cara, más fría, la que nunca le enseñaba a nadie.
Pensó en el pasillo de la oficina. En el teléfono de Luming vibrando en su bolsillo delante de todos, ese timbre ridículo que casi lo arruinó todo. En la manera en que Luming había empezado a decir «esa llamada…» antes de que ella la cortara. En los ojos de Luming junto a la baranda: no lloraba. Lo peor era eso. Luming nunca lloraba cuando debía.
Ruoyao la conocía desde que eran niñas. Sabía que no era de las que se rinden por un teléfono roto. Sabía que, si se callaba, era porque estaba pensando.
Y Yunshen seguía preguntando por esa noche.
—Seguro que Luming todavía guarda otra carta —murmuró, y su voz sonó extraña en el vestíbulo vacío—. Algo que yo no sé.
Afuera, en el jardín, una rama golpeó el vidrio con el viento. Ruoyao no se sobresaltó. Se acercó al ventanal hasta que su aliento empañó el cristal, justo sobre el reflejo de su propia boca.
Arriba, detrás de la puerta cerrada del estudio, Gu Yunshen seguía despierto. Ella había estado tan cerca. Tan cerca de tenerlo todo. No iba a permitir que una chica del mercado con un teléfono barato se lo quitara.
Para evitar problemas, había que actuar antes.
—Tengo que deshacerme de ella.