La chica de aquella nocheCap. 7/98 min de lectura

Capítulo 7: La grabación

Baichuan se echó hacia atrás con el ramo en brazos y la sonrisa ya puesta para las cámaras. Luming se quedó con la frase metida en el oído, aquí nadie más sabe que existe, y con el aplauso que subía alrededor sin que ella hubiera dicho una sola palabra que lo justificara.

Le agarró la manga del traje y tiró. Él se dejó llevar, divertido, y la oficina se abrió a su paso entre silbidos y risitas hasta la zona de los elevadores, donde el ruido llegaba más apagado.

—Retira lo que dijiste.

—Xiaolu, estás pálida. —Dejó el ramo sobre la repisa del extintor, con cuidado, para que no se estropearan las rosas—. Siéntate, que te hace mal estar de pie.

—Retíralo.

—No puedo. —Bajó la voz hasta convertirla en una confidencia—. Tú solo puedes casarte conmigo. La noche que no le has contado a nadie, hace unos días, quien estuvo contigo fui yo. Y no lo digo por lo del bebé. Lo digo por todo lo demás.

A Luming se le fue la sangre de la cara.

—¿Quieres que te repase los detalles de esa noche? —Se acercó un paso más, amable—. ¿Uno por uno, aquí, con la puerta del elevador abierta y medio piso mirando?

Ella abrió la boca y no encontró nada que poner dentro. No sabía qué sabía él. No sabía si aquella pregunta era un golpe a ciegas o una carta guardada en la manga. Pero conocía esa sonrisa, y la sonrisa estaba segura de que ella no se atrevería a averiguarlo.

Y tenía razón. Le había bastado una frase para dejarla muda; él lo notó, se dio la vuelta y entró de nuevo en la oficina con los brazos abiertos.

—Gracias a todos por sus bendiciones —anunció, y el piso entero giró hacia él—. Xiaolu aceptó mi propuesta.

El aplauso cayó como una tormenta de verano. La del café fue la primera en abrazarla, en una nube de vainilla y dientes.

—Felicidades, Luming. ¡Qué suerte tienes!

Luming la apartó sin fuerza. Por encima del hombro de la compañera vio, junto a la fotocopiadora, al compañero amable de ayer, con los ojos clavados en el suelo. Él sí había entendido algo. No hizo nada.

Esperó a que Baichuan terminara de estrechar manos y lo alcanzó otra vez junto a los elevadores, cuando ya apretaba el botón.

—No puedes ser tú.

—Xiaolu...

—El hombre que conocí era muy alto. —Lo midió de arriba abajo, sin prisa, de la frente a los zapatos lustrados—. Tú no llegas a su altura.

Baichuan tardó un segundo en reaccionar. Se rio, y fue una risa corta, la de quien se ha tragado algo que no esperaba.

—¿Por qué no confías en mí? Qué mujer tan difícil. —Sacó el teléfono y deslizó el dedo con paciencia de santo—. Te la pongo, para que dejes de dudar.

—¿Qué cosa?

—La grabación.

Del altavoz salió un chisporroteo de tela, un clic, y enseguida la voz de Baichuan, más ronca de lo normal, a media distancia del micrófono:

«Normalmente solo te tomo de la mano… Ya no aguanto más… Fue nuestra primera vez… Lo grabé de recuerdo.»

Luming la escuchó entera, mientras el elevador se abría y se cerraba a sus espaldas sin que ninguno de los dos entrara. No había una segunda voz. Ninguna respiración de mujer, ningún nombre. Solo él, hablando solo, en frases que venían de sitios distintos y estaban pegadas con prisa: una pausa donde no tocaba, una vocal cortada a la mitad.

—¿Quieres oírla otra vez? —preguntó Baichuan, con el pulgar sobre la pantalla.

—Sinvergüenza.

Se le quebró la voz en la primera sílaba, pero el resto lo dijo firme:

—En esta vida no me casaré contigo.

Él se guardó el teléfono con un gesto de lástima.

—Eso dices ahora.

Entró en el elevador y las puertas se cerraron sobre su sonrisa. Luming oyó el zumbido del cable bajando, piso tras piso.

El ramo seguía en la repisa del extintor, donde él lo había dejado, y ya empezaba a perder un pétalo.

A su alrededor la oficina volvía a su ruido de siempre: teclados, una impresora, alguien que preguntaba dónde iban a cenar para celebrar. Nadie le preguntó qué quería ella. Ya habían tenido su final feliz sobre la alfombra gris.


Salió de la empresa a media tarde. La directora la dejó ir sin preguntar, con un movimiento de la mano que quería decir hoy mejor no te veo. En la parada se sentó en una banca y no supo si pasaron diez minutos o una hora. Los autobuses llegaban, abrían las puertas, se iban. Se quitó la tarjeta de pasante, la miró un rato y la metió en la bolsa.

Mientras tanto, Baichuan había encontrado un rincón de la escalera de servicio y marcaba un número que se sabía de memoria. Contestaron al segundo tono.

—La grabación que preparaste de antemano resultó útil —dijo, apoyado en la pared—. Luming debió de creérsela.

Alguien dijo algo breve al otro lado. Baichuan soltó una risa baja.

—Claro. Ahora mismo voy a su casa.


Cuando Luming dobló la esquina de su calle, el olor a comida le llegó antes que las voces. Pescado al vapor con jengibre, costillas en salsa, un caldo de pollo de los que en esa casa solo aparecían con visitas.

La puerta de la casa estaba abierta de par en par.

En la mesa de la sala, sobre el hule de flores, había cuatro fuentes de restaurante, de las que no se compran en el mercado, cada una con su cuchara de servir. Su madre, en la cabecera, se abanicaba con una revista. A su derecha, con una servilleta en las rodillas, estaba Baichuan.

—Señora, me costó mucho esfuerzo llegar hasta aquí —decía él, con las manos juntas sobre la mesa—. Vea si estos platos son de su gusto.

—Qué atento eres, hijo, qué atento. —Su madre probó una costilla y cerró los ojos—. A esta casa nunca había entrado un yerno que pensara en estas cosas.

—¿Qué haces en mi casa? —La voz de Luming sonó más fuerte de lo que había calculado—. Lárgate.

La sala se quedó quieta. Baichuan dejó los palillos, se apoyó la frente en la mano y suspiró hacia su futura suegra, como diciendo ya ve cómo es.

—Luming. Ven a sentarte.

—Mamá, él...

—¿Quién te dijo que le hables así a Baichuan? —Su madre se había puesto de pie, y la revista le colgaba de la mano como una chancla a punto de volar—. ¡Tú eres la que debería irse! Anoche ni dormiste en esta casa, y el muchacho ya me explicó dónde estuviste. Que te sentiste mal, que él te cuidó hasta la mañana. ¿Y así se lo agradeces? Cállate, niña apestosa.

—Eso es mentira.

—Ni una palabra más. —La señaló con un dedo que olía a jengibre—. Baichuan puede casarse contigo. Es una gran bendición, y no te la mereces. Tú no sabes lo que es tener a un hombre así detrás.

—Yo no quiero casarme con él.

—Desde hoy te quedas en casa. —Lo dijo como se anuncia el precio de una mercancía—. No vas a ninguna parte.

Luming dio un paso atrás, hacia la puerta todavía abierta. Su madre la agarró del brazo con una fuerza que ya no recordaba que tuviera, la arrastró por el pasillo y abrió la puerta del cuarto de atrás.

—Entra.

—Mamá...

—Entra, te digo.

La empujó. Luming alcanzó a girarse para ver el borde de la puerta cerrándose y a oír la llave. Una vuelta. Dos.

—¡Ábranme! —Golpeó con las dos manos—. ¡Déjenme salir!

Del otro lado llegaron unos pasos y, más lejos, la voz untuosa de Baichuan.

—Señora, no sea tan dura con ella. Pero es verdad que cuanto antes nos casemos, mejor.

—Eso pienso yo también. —Su madre ya no gritaba; hablaba con el tono de las negociaciones—. Cuanto antes.

Luming dejó de golpear. Apoyó la espalda en la madera y se deslizó hasta quedar sentada en el suelo, entre la cama estrecha, el escritorio con los cuadernos de la facultad y la ventana que daba al callejón, donde alguien había tendido unas sábanas que se movían despacio.

—Acabo de cumplir veinte. —Lo dijo contra la puerta, sabiendo que la oían—. Me obligan a dejar los estudios y a casarme. ¿Ustedes son unos canallas?

—Mira cómo habla. —Su madre resopló—. Baichuan tiene tan buenas condiciones, ¿por qué eres tan exigente? Quédate obediente en casa. Y ni se te ocurra pensar en salir.

Los pasos se alejaron. Después se oyó la risa de Baichuan, el roce de un plato que se servía, una televisión encendida demasiado alta.

Luming se llevó una mano al vientre y la dejó ahí, quieta, sobre la blusa.

No tenía teléfono ni llave, ni a nadie al otro lado de la pared que pudiera preguntarse dónde estaba. Tenía una noche que no le había contado a nadie, el recuerdo de un hombre muy alto, y detrás de la puerta una casa entera que se repartía lo que iba a ser de ella.

Se levantó y probó la ventana. La manija cedía, pero la reja de fuera, pintada de verde y oxidada en las esquinas, no cedía nada. Había dormido años en ese cuarto y nunca había tenido que fijarse en esa reja.

El televisor siguió sonando. Alguien se rio, y alguien más sirvió caldo.


En la villa, a esa misma hora, había una sola luz encendida: la de la sala pequeña del primer piso.

Ruoyao llevaba allí más de una hora, vestida de seda clara, con una taza de té que se había enfriado sin que la tocara. Había ensayado la escena varias veces antes de oír la puerta. Cuando por fin entró Yunshen, con los hombros cargados, ya estaba de pie.

—Llevas un día entero en casa y apenas me has dicho una palabra. —Se acercó sin tocarlo—. ¿Hice algo mal?

—He estado muy ocupado con el trabajo. —Se aflojó la corbata—. Voy a terminar unas cosas y me acuesto.

—Entonces te espero aquí. —Ella sonrió, dulce, paciente—. Si estás cansado, duerme primero. No me importa esperar.

Yunshen la miró. Después fue hasta la ventana y se quedó viendo el jardín, de espaldas. Ruoyao contó los segundos. Cuatro, cinco. Nada en esa espalda decía lo que pensaba.

—Hoy el mayordomo me dijo que retiraste un millón.

Ruoyao parpadeó una vez. Había previsto muchas preguntas para esa noche, pero esa no estaba entre ellas, y la sala le pareció de pronto más pequeña.

—¿Te avisa el mayordomo cada vez que uso el dinero?

—Si pagas con la tarjeta, no. —Seguía sin volverse—. Pero cuando es en efectivo, queda un registro.

La taza tembló apenas en el platillo. Ruoyao la dejó sobre la mesa con las dos manos. Ese dinero ya no estaba en ninguna cuenta, ni siquiera en la villa; estaba donde ella había querido que estuviera, y él no tenía por qué enterarse de adónde había ido.

Entonces Yunshen se giró. Tenía la cara tranquila, con esa calma que Ruoyao había aprendido a temer porque no se dejaba empujar.

—¿Puedes decirme en qué gastas el dinero?

Fin del capítulo 7
Sigue leyendoCapítulo 8: Los padres prestados—Se lo di todo a mi familia. Ruoyao lo dijo con una sonrisa pequeña, de las que piden perdón antes de que nadie haya reclamado nada. Había tardado un…Leer capítulo 8
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La chica de aquella noche9 capítulos
  1. 1Un número de diferencia
  2. 2Una pobre como tú
  3. 3Una villa demasiado grande
  4. 4El vino de fruta
  5. 5La sala del fondo
  6. 6Positivo
  7. 7La grabaciónLeyendo
  8. 8Los padres prestados
  9. 9Las niñeras de la señorita Han
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