Corrí hacia el grito, y la botella me golpeaba el pecho a cada paso.
Las dos enfermeras del puesto llegaron antes que yo. Pasaron a mi lado casi en carrera, rumbo al extremo contrario del piso, no hacia la escalera de la máquina de agua. Al pasar frente a la habitación de mi suegra vi la puerta abierta. La cama estaba vacía. La sábana, echada hacia atrás. El soporte del suero ya no estaba.
Me quedé un segundo con el pie en el aire. Ahí no iba a encontrarla. Las rodillas lo supieron antes que la cabeza, y eché a correr otra vez detrás de las batas blancas.
La escalera de servicio quedaba al otro lado del piso, detrás de una puerta metálica de las que siempre están entornadas. Un hombre con el uniforme de la lavandería se había pegado a la pared con las manos en la cabeza. En el primer descanso, medio sentada contra el muro, estaba mi suegra. Tenía la bata torcida, el pelo corto pegado a la frente y un brazo doblado debajo del cuerpo. Una mujer de visita, de las que bajan con una bolsa de mandarinas, le sostenía la cabeza y repetía «no se mueva, no se mueva» sin saber a quién se lo decía.
Me arrodillé a su lado. Tenía los ojos cerrados y la respiración corta. El esparadrapo del suero le colgaba suelto de la mano.
—Mamá. Mamá, soy yo.
No respondió. Ninguna voz me llegó desde dentro. Solo el eco de la escalera, devolviéndome mi propia respiración, y la botella, que se me clavaba en la palma porque ni eso había soltado.
Vinieron dos enfermeros con una camilla. Me apartaron con suavidad, la levantaron entre los dos, y yo caminé detrás con el agua todavía en la mano. En el pasillo se había juntado gente. Alguien dijo que la señora acababa de salir de cirugía. Alguien más preguntó cómo se había caído.
—¿Quién estaba con ella? —La voz del doctor cortó las demás. Venía a zancadas, con la bata abierta, y ya no sonreía como en la puerta del quirófano—. Hace una hora la dejé recién operada, y ahora me la encuentro en el suelo de una escalera. ¿Quién es el familiar?
—Yo. —Di un paso al frente—. Salí un momento a comprar agua. Les pedí a las enfermeras que la vigilaran.
La enfermera más joven se había puesto pálida.
—La puerta estaba abierta, doctor. Desde el puesto se veía la cama. —Tragó saliva—. Nos llamaron de la habitación del fondo, cinco minutos, no más. Y por este pasillo pasan sillas de ruedas todo el día. Una más, ni la miras.
—Cinco minutos. —El doctor se pasó la mano por la cara—. Una paciente con la anestesia todavía en el cuerpo, ¿y a nadie se le ocurre cerrar la puerta? —Se volvió hacia mí—. Y usted, señora, ¿cómo deja sola a una anciana recién salida de una cirugía? Si no llegamos a tiempo, esto se convierte en un problema muy grave. Sígame al consultorio.
No contesté. Miraba la camilla que empujaban de vuelta a su cuarto, y lo único que pensé fue: quieres hacerme daño, suegra. Aunque te cueste la vida.
Lo pensé con la boca seca. Una caída por un tramo de escalera, a su edad, con una herida fresca en el vientre. Pudo haberse matado. La frase se me había armado entera, sin que yo la llamara, y eso me asustó casi tanto como la caída.
La acostaron en su cama. Una enfermera le tomó la presión. Otra le colocó de nuevo la aguja del suero, y el doctor le pasó las manos por los brazos, las piernas, la cabeza, hablando entre dientes de reflejos y de cuánto rato habría pasado en esa escalera.
—Por suerte no hay nada grave —dijo por fin, y la voz le sonó menos dura—. Esta vez, por suerte. La próxima, cuídenla mejor.
—Doctor —me atreví a decir—. ¿Está herida en alguna parte? ¿Se golpeó la cabeza?
—Si tuviera algo serio ya se lo habría dicho. Le acabo de explicar que...
No terminó. La enfermera joven, que le había girado un poco el cuerpo a mi suegra para revisarle la espalda, soltó un grito ahogado y se llevó la mano a la boca. El doctor se inclinó. Hizo una seña seca con la barbilla y la otra enfermera corrió la cortina de golpe, de modo que lo que fuera quedó detrás de la tela.
—Nadie se acerque —ordenó—. Un momento.
Me quedé pegada a la cortina, oyendo sin entender. Un murmullo. El ruido metálico de la baranda. La voz del doctor, baja, diciéndole algo a la enfermera. Cuando por fin apartó el borde de la tela, tenía el gesto cerrado, y solo me dijo que la paciente necesitaba reposo y que vigilaran el suero.
Mi suegra seguía con los ojos cerrados y los labios resecos. Yo le miraba el pecho subir y bajar, y contaba cada respiración. Una enfermera le humedeció la boca con una gasa. Dejé la botella sobre la mesita, junto al termo rojo, sin abrir.
Fue entonces cuando abrió los ojos.
Tardó en enfocar. Giró la cabeza sobre la almohada, vio el techo, las caras, las manos de las enfermeras, y a mí, de pie a los pies de la cama. Respiraba con la boca entreabierta, y el brazo libre se le fue levantando del colchón, muy despacio, como si pesara.
La voz me llegó sin que sus labios se movieran:
(Fue Zhang Yan. Fue ella.)
Se me cortó el aire. Era el mismo timbre cansado de siempre, y decía mi nombre.
Su mano temblaba a la altura del pecho, apuntando hacia la puerta, donde se amontonaba la gente. Yo estaba de pie entre la cama y esa puerta, y para los que miraban desde el pasillo no hizo falta más.
—Está señalando —dijo alguien detrás de mí.
—Señora Zhang. —Lin Weiwei se abrió paso entre los curiosos, con el gorro torcido sobre el moño y los ojos brillantes—. ¿Usted era la última que estaba con ella?
—Fui a comprarle agua —dije—. Hace menos de diez minutos.
—Entonces es verdad. —Se volvió hacia el pasillo, para que todos la oyeran—. La señora acaba de despertarse y lo primero que hace es señalarla. ¡A ella!
—Yo no...
—Es clarísimo. Mire cómo la mira.
La gente se arremolinó. Había quien levantaba el celular, quien le tapaba los ojos a un niño. Mi suegra seguía con el brazo en el aire, y yo no podía quitarle la vista de encima. Me miraba con lágrimas gordas, las mejillas hundidas, y desde adentro de mi cabeza la voz repetía, con idéntico temblor:
(Fue ella. Fue Zhang Yan.)
Todo lo que había armado esa mañana empezó a moverse bajo mis pies.
—Señora Zhang, ¿cómo puede ser tan cruel? —Lin ya no fingía suavidad—. ¿Su propia suegra? ¿Empujarla por una escalera? ¡Eso es una vida!
—Un momento. —Me obligué a hablar despacio—. Mi suegra acaba de salir del quirófano. La anestesia no se le ha pasado. Apenas despierta y no sabe dónde está. ¿Y a mí me va a juzgar un brazo en el aire?
—Esta mañana yo casi la acuso por error —dijo Lin, y bajó los ojos, la viva imagen de una persona honrada que se arrepiente—. Lo reconozco, me equivoqué con usted, y les pido disculpas a todos. Pero ahora ya no hay manera de dudar. Ella misma la ha señalado.
—Yo creo que se aprovecha de que la señora no puede hablar —murmuró una mujer—. Le hace decir lo que quiere.
—Calma, calma —dijo el señor de la bata, el mismo que antes había hablado a mi favor—. Todavía no se sabe quién fue. Esa pobre señora acaba de operarse y puede haber señalado a cualquiera.
—Además —añadió la mujer del termo, desde el fondo—, ¿no es raro? Esta mañana quisieron cargarle una foto y resultó falsa. Y ahora por la tarde, otra vez a ella. ¿No será que alguien lo está haciendo a propósito?
—Qué casualidad que siempre le caiga a la misma —dijo otro.
—Por eso mismo —replicó una mujer con rulos, y chasqueó la lengua—. Una sabe muy bien disimular. Con el cuento de la nuera ejemplar, y detrás...
—¿Y las pruebas? —Lin extendió el brazo hacia la cama—. Ahí está la prueba. ¿Qué más quieren? ¿Qué más va a decir usted, señora Zhang?
Me ardían las orejas. Detrás de cada voz yo veía las mismas caras de la mañana: las que me habían señalado por el álbum y después por la foto, girando hacia donde las empujaban. Lo único que no cambiaba era la mano de mi suegra, que no bajaba.
—No tengo nada más que decir hasta que alguien me explique cómo esta mujer, que no puede ni incorporarse, llegó sola a una escalera de servicio. —Me temblaba la voz y no intenté corregirla—.
¿Quién la sacó de aquí? ¿Quién abrió esa puerta?
Nadie contestó. La enfermera joven miraba el piso.
Un celular se acercó a mi cara. Otro, por la derecha. Reconocí el brillo de las pantallas, la forma en que uno se inclina cuando quiere captar el segundo exacto en que alguien se desmorona. Esta vez no iba a darles ese gusto. Mantuve la barbilla en alto y las manos quietas a los costados, y me obligué a mirar a mi suegra, no a los lentes.
Ella tampoco apartaba la vista. Le corrían las lágrimas hacia las orejas y no se las secaba. Si aquello era miedo, era un miedo que yo no le conocía.
Entonces se oyeron pasos rápidos, de zapatos de calle sobre el linóleo, y el rumor de la gente se abrió en dos para dejar pasar a alguien.
—¡Zhang Yan!
Reconocí la voz antes de verlo. Bai Tao venía a medio camino entre correr y no correr, con la camisa fuera del pantalón, la corbata colgando y el maletín golpeándole la pierna. Traía la cara roja, los ojos muy abiertos, la boca temblando. Se detuvo a un metro de mí y me señaló con todo el brazo.
—¿Qué hiciste? ¿Cómo te atreves a matar a mi madre?
El pasillo contuvo la respiración.
—¿Y ese quién es? —susurró alguien.
—El hijo de la señora, creo. El de esta mañana, el de las agujas.
—¿El que se llevó la policía? Ya lo soltaron. Entonces no hizo nada.
—Pues yo digo que la esposa no tiene cara de buena persona. Fíjate cómo mira.
—Pobre anciana. Tanto sufrimiento.
Bai Tao ya estaba aquí. Y mi suegra no había movido un dedo hacia él, ni un gesto de alivio, de reconocimiento, nada. Seguía mirándome a mí con el brazo en alto, mientras su hijo, a un paso de su cama, le daba la espalda para gritarme. ¿Por qué no reaccionaba?
—No pensé que fueras tan cruel —me dijo él, y la voz se le quebró justo donde debía—. Maltratarla no te bastaba, ¿verdad? Ahora también quisiste empujarla por la escalera.
—Esta mañana te lo expliqué todo —respondí, y me sonó ajena mi propia voz—. Delante de todos. Las fotos eran falsas.
—Es cierto —dijo el señor de la bata—. Nosotros lo vimos. Eran un montaje.
—¿Y por qué no puede serlo esto también? —preguntó la mujer del termo.
Bai Tao se llevó una mano al bolsillo del pantalón. Sacó su celular y lo levantó frente a mi cara, con el brazo bien estirado, para que lo viera yo y lo viera cada uno de los que estaban detrás.
—Entonces —dijo—, ¿cómo explicas esto?