Pasaron casi dos horas con el letrero encendido. Dejé de contar baldosas, y la cabeza, sin nada que hacer, se me fue sola a donde más dolía. Escribí otra vez a Bai Tao y el mensaje se quedó con una sola marca gris. Pasó un camillero con un carrito de ropa sucia. Dos veces vino una enfermera a preguntar si necesitaba algo; las dos veces dije que no.
Había una noche que me volvía sola, sin que yo la llamara. Hacía tres inviernos, quizá cuatro. Yo llegué a casa a las nueve pasadas, con la bufanda mal puesta y el bolso colgando de un solo hombro, y Bai Tao estaba de pie en el pasillo, con la camisa fuera del pantalón y la cara hinchada de fastidio.
—Mira la hora que es. —Ni siquiera esperó a que me quitara el abrigo—. Todos los días a esa clase inútil. Con lo que te pagan ahí no alcanza ni para el transporte. Quédate en casa como una esposa normal, mamá ya hace todo el trabajo.
Mi suegra, que ese invierno se había quedado un mes con nosotros, estaba en la cocina de espaldas a los dos, moviendo una cuchara en una olla que ya no necesitaba revolverse. No se dio vuelta. Pero yo vi cómo se le encorvaban los hombros, como si la regañada fuera ella.
Cuando Bai Tao se encerró en el estudio, ella apagó el fuego, sirvió un plato y lo dejó sobre la mesa con las dos manos. Una sopa espesa de rábano con costillas. Tres platitos de verduras encurtidas. Un huevo al vapor, todavía temblando. Todo lo que a mí me gustaba, y que yo jamás le había dicho que me gustaba: ella lo había descubierto sola, mirándome comer.
—¿Esto es para mí, mamá? —pregunté, sin creerlo del todo.
Ella asintió. Me empujó la silla con el pie, sin levantarse. Comí hasta que me dolió el estómago y lloré dentro del plato, sin ruido, para que él no me oyera desde el estudio.
Mi suegra había sido tan buena conmigo, antes. ¿Por qué ahora...?
Debí de quedarme dormida en algún momento.
—¿Señora Zhang?
Abrí los ojos. Tenía el cuello rígido y la espalda pegada al plástico de la silla. El letrero de arriba se había apagado.
El médico caminaba hacia mí quitándose el gorro. Se le veía el sudor en las sienes, pero sonreía.
—La cirugía salió muy bien. Su suegra se va a recuperar pronto. —Se rascó la nuca—. Cuando despierte del todo quizá esté un poco confundida, es normal con la anestesia y la edad. Cuídela mucho.
—Gracias, doctor. —Me levanté tan de golpe que se me nubló la vista—. Gracias por todo. De verdad.
—Yo nunca había visto una nuera tan buena —dijo una de las enfermeras que salía detrás de él, con una sonrisa cansada—. Esas dos horas ahí sentada, sin comer, sin moverse. Su suegra debe de haberla tratado muy bien para que la quiera así.
—Mi suegra fue muy buena conmigo. Pero eso fue antes.
Las dos enfermeras cruzaron una mirada y no preguntaron.
Sacaron a mi suegra en la camilla con el suero colgando del soporte. Estaba dormida, con la boca entreabierta y el gorro de papel todavía puesto, tan pequeña bajo la sábana que me dio un impulso absurdo de taparle los pies. Caminé a su lado hacia el ascensor, con la mano en la baranda.
A medio pasillo, abrió los ojos.
Se quedó mirando el techo un instante, y después giró la cara y me encontró. La voz de mi suegra me llegó sin que sus labios se movieran:
(Ojalá mi nuera me llevara de vuelta a la habitación ella misma.)
Reconocí cada sílaba, y me salió solo:
—¿Otra vez, mamá?
Nadie lo oyó. La enfermera que empujaba la cabecera estaba demasiado ocupada con el suero, y la otra anotaba algo en una tablilla.
—Yo la llevo —les dije—. Vayan a descansar. Ustedes también han trabajado mucho.
—¿Segura? Está bien, entonces nos vamos. —La más joven me dejó la camilla—. Tenga cuidado. Qué suerte tiene su suegra. Mire que hay pocas relaciones así de buenas entre una suegra y su nuera.
—Es verdad —dijo la otra, y se alejaron.
—Mi suegra siempre me trató como a una hija —les dije a las espaldas, y a mí misma me sonó a oración aprendida.
Empujé la camilla por el pasillo. Las ruedas rechinaban sobre el piso encerado con un ruido que a mí me raspaba el oído. Mi suegra seguía mirándome. Tenía los labios agrietados y las mejillas hundidas.
(Lo siento, Xiaoyan.)
Frené de golpe y la camilla dio un tirón. La miré. Ella me sostuvo la mirada con esos ojos pequeños, mojados, y yo pensé: si sabes que lo sientes, ¿por qué sigues haciéndome daño? Pero no lo dije en voz alta: esa pregunta no se le hacía a una anciana recién operada.
Seguí empujando. En el ascensor, mientras subíamos, le acomodé el gorro de papel que se le había torcido y noté que le sudaba la frente; se la sequé con la manga. Ella dejó que lo hiciera. Cerró los ojos con un suspiro largo, y por un momento me costó creer que esa mujer pudiera quererme mal. Me duró lo que tardó la puerta en abrirse. Después volví a acordarme de mi propia muerte, y de que la funda y el álbum también me los había pedido con cariño.
La habitación estaba como la habíamos dejado, con las sábanas nuevas que la enfermera había tendido delante de mí. Aun así volví a pasar la palma por cada pliegue, despacio, por si algo asomaba. Nada. Levanté el cuerpo de mi suegra, que pesaba menos que una bolsa de arroz, la acosté y le arreglé la almohada.
(Qué sed tengo. Ojalá mi nuera me comprara una botella de agua.)
Me quedé con las manos en el aire.
¿Qué quería hacer ahora?
La frase tenía el mismo temblor en la última palabra, el mismo tono de súplica que ya me había costado la vida una vez. Me agaché hasta quedar frente a su cara.
—Mamá, ¿tienes sed? ¿Quieres que te compre agua?
Me miró con los ojos muy abiertos. No asintió. Movió la cabeza apenas, tan poco que no supe leerlo.
—Pero la máquina está en la escalera, al fondo del pasillo —dije, más a mí que a ella—. Y a ti todavía no se te pasa la anestesia. Si alguien viene a empujarte...
(Qué sed tengo. Ojalá mi nuera me comprara una botella de agua.)
Seguía mirándome, con una impaciencia rara en ella. Mi suegra no se impacientaba nunca: aguantaba cinco años un dolor de muela antes de decir que le dolía. Pero ahí estaba, con la mirada fija en mí y la voz insistiendo adentro de mi cabeza, como un disco rayado.
Dos veces me habían puesto una trampa, con las agujas y con el álbum, y las dos veces habían necesitado que yo hiciera una cosa concreta: comprar una funda, ir a casa por unas fotos.
Esta vez era una botella de agua. Algo tan pequeño que me dio miedo.
Podía negarme. Sentarme junto a la cama, decirle que el médico había prohibido darle nada de beber, esperar a que una enfermera le humedeciera los labios con una gasa. Nadie me lo iba a reprochar. Pero entonces nunca sabría qué había al otro lado de esa botella. Y si la sed era verdadera, si ella de verdad se moría por un trago y yo la dejaba así, ¿en qué me convertía eso? Ya me había muerto una vez sin respuestas.
Miré el pasillo por la puerta abierta. A diez pasos estaba el puesto de enfermería, con una luz encendida y dos mujeres charlando de espaldas. Un señor con un suero paseaba por el corredor. Hasta el fondo, donde estaba la escalera, no había más de veinte pasos. Era un hospital. Había gente por todas partes, cámaras en el techo, enfermeras, puertas abiertas. Si algo pasaba, alguien lo vería.
Si algo pasaba.
—Está bien. Voy a comprarte el agua, mamá. Vuelvo en cuanto la tenga.
Mi suegra cerró los ojos y soltó el aire por la nariz, y no supe si era alivio o cansancio.
Le acomodé el suero para que no se enredara. Le puse la mano en el hombro.
—Mamá, si pasa algo, grita. Estoy cerca.
Salí. La puerta quedó abierta, como la había dejado, y al pasar frente al puesto de enfermería pedí que alguien echara un ojo a mi suegra. Una de las mujeres levantó la mano sin dejar de escribir, la otra dijo que sí con la cabeza. Pensé que con eso bastaba.
Fui hasta la máquina con el monedero en la mano. Mis zapatos sonaban demasiado fuerte en el corredor. Pasé frente a una puerta, otra, un carrito vacío arrimado a la pared. En el hueco de la escalera el aire era más frío y olía a polvo y a cemento; en algún piso de abajo alguien arrastraba una silla, y el eco subía hasta mí deformado, como un animal bajo el agua. Metí las monedas una por una, escogí la botella más pequeña, y mientras caía con un golpe sordo me quedé unos segundos mirando la ventana de vidrio opaco que daba al patio.
Todos decían que éramos como madre e hija. Las enfermeras, el señor de la bata, medio pasillo. Y yo también lo había creído durante años, con la fe tonta de una mujer que nunca tuvo otra madre.
Suegra, ¿de verdad lo somos?
Recogí la botella, todavía fría, y la sostuve con las dos manos un momento, para que se me pasara el temblor. Una botella de plástico con una etiqueta azul y una gota resbalando por el costado. Tardé menos de diez minutos en ir y en volver sobre mis pasos.
Iba por la mitad del corredor, con la botella apretada contra el pecho, cuando alguien gritó. Un grito agudo, sin forma, que puso de pie a la vez a las dos enfermeras del puesto:
—¡Alguien, rápido!