La dejaron en una camilla junto a las puertas del quirófano, en un pasillo más frío y más callado que el resto del hospital. Encima de las puertas había un letrero rectangular con dos palabras, EN CIRUGÍA, todavía apagado.
Me incliné sobre ella y le tomé la mano.
—Mamá, no tengas miedo. Aunque Bai Tao no está, yo voy a estar contigo, aquí afuera del quirófano. Vas a estar bien.
Ella apretó mis dedos. Tenía los labios secos y blancos, y en las sienes le latía una vena azul que yo nunca le había visto.
El médico salió por una puerta lateral, con el gorro ya puesto y la mascarilla colgándole de una oreja. Me hizo una seña para que me apartara un poco.
—Señora Zhang, voy a ser franco con usted. La salud de su suegra está muy débil ahora mismo. El riesgo de que la operación no salga bien es alto. —Bajó la voz—. Si la señora tiene algún deseo, algo que quiera, la familia debería ayudarla a cumplirlo. Por si acaso.
Asentí. No pude decir nada. Firmé los papeles de la anestesia donde me indicó, y no leí más que el renglón de mi nombre.
Cuando volví a la camilla, ya no estaba. Un segundo de pánico: el pasillo vacío, la marca de las ruedas en el piso encerado, la puerta lateral meciéndose.
—¿Dónde está mi suegra?
—La llevamos a preparar —me dijo una enfermera que pasaba con una bandeja—. Está muy nerviosa, pobrecita. Apúrese, que esto es urgente.
La encontré a pocos metros, detrás de una cortina, mientras le cambiaban el suero de brazo. Al verme, se le escapó un quejido largo, de dolor, que le salió por la nariz y le dobló el cuerpo. Le sostuve la cabeza hasta que pasó.
La voz de mi suegra me llegó sin que sus labios se movieran:
(Si me operan con la foto de mi esposo, no tendré remordimientos al morir.)
Cerré los ojos.
En mi vida pasada, esa frase me había partido el corazón. Yo, que no tuve madre; yo, que me había casado pensando que por fin tenía una. Me pareció lo más natural del mundo que una mujer que podía morir quisiera ver la cara de su marido antes de entrar al quirófano. Corrí a casa. Tomé el álbum. Se lo entregué a la enfermera. Unas horas después, estaba muerta.
Abrí los ojos. Mi suegra me miraba, esperando.
Podía decirle que no. Podía quedarme aquí, sentada en esa silla de plástico, y no moverme hasta que el letrero se apagara. Pero el médico había dicho «por si acaso», y ella tenía la mano fría como una piedra de río, y si era cierto, si de verdad no bajaba de esa mesa, yo iba a cargar con eso el resto de esta vida que me habían devuelto.
Y además, quería saber. Quería ver con mis propios ojos qué había dentro de ese álbum.
—Está bien, mamá. Voy a casa y te la traigo.
Le besé la frente. Me fui sin mirar atrás.
El álbum me mató una vez, me repetía en el taxi, con la frente contra el vidrio. No voy a cometer el mismo error dos veces.
Saqué el celular para avisarle a Bai Tao que operaban a su madre. Escribí el mensaje, lo borré, lo volví a escribir. Al final lo mandé, aunque sabía que su teléfono se había apagado en la habitación, con ese dos por ciento que tanto lo angustiaba. Nadie me contestó. Me imaginé a mi esposo sentado en una silla de la comisaría, con la corbata torcida, repitiendo el nombre de su oficina a cualquiera que quisiera escucharlo.
No sentí lástima. Eso fue lo que más me asustó.
Afuera pasaban las calles de siempre, la panadería de la esquina, el kiosco de periódicos, el semáforo que nunca cambiaba a tiempo. La ciudad no sabía que yo había muerto. La ciudad no sabía nada.
La casa estaba en silencio. Las pantuflas de mi suegra seguían junto a la puerta, alineadas, como ella las dejaba siempre. En la cocina olía todavía al vinagre de la última vez que había cocinado, antes de internarse.
Fui directo al cuarto donde dormía ella cuando se quedaba con nosotros. En mi otra vida había hecho exactamente eso: abrir el segundo cajón de su cómoda, donde guardaba los papeles y las fotos, sacar el álbum que estaba arriba de todo, meterlo en la bolsa y salir corriendo. No lo abrí. Ni siquiera lo miré. Tenía tanta prisa, tanto miedo de llegar tarde.
Abrí el cajón.
Allí estaba. Encima de los papeles de su casa del pueblo, de una pulsera de cuentas de madera y de un sobre de fotos viejas, había un álbum de tapas oscuras, lisas, sin una marca de uso. Nuevo.
Me quedé con la mano en el aire.
—¿Qué es esto? —dije en voz alta, sola en el cuarto—. Nunca lo había visto.
Conocía cada cosa de esa casa. Había limpiado ese cajón dos veces en el año. Sabía que la pulsera era de su madre y que el sobre tenía las fotos de su boda, en blanco y negro, con las orillas dentadas. Ese álbum no estaba ahí la última vez. Ese álbum no era de nadie de esta familia.
Toqué la tapa con la punta de los dedos. Estaba fría.
No lo abrí.
Tenía miedo de lo que iba a encontrar, y más miedo todavía de lo que iba a hacer si lo encontraba. El reloj corría. Mi suegra estaba sola en un pasillo helado. Cerré el cajón despacio, como quien cierra la puerta de una habitación donde duerme alguien peligroso.
Fui a la sala. En el estante de abajo, detrás de los diccionarios de Bai Tao, estaba el álbum de siempre: tapas de tela verde, una esquina pelada, el lomo pegado con cinta. Lo abrí sobre mis rodillas y pasé las hojas rápido. Mi suegra joven, con trenzas, al lado de su esposo, los dos muy serios delante de una pared de ladrillo. Bai Tao a los cuatro años, con una gorra demasiado grande. Bai Tao el primer día de escuela. Fotos que yo había mirado cien veces en las tardes de domingo, con ella señalando caras y yo adivinando nombres.
Esto era lo que una mujer querría ver antes de una operación.
Lo cerré, lo apreté contra el pecho y salí.
Cuando llegué, el letrero seguía apagado. Había una enfermera de turno parada delante de las puertas, con los brazos cruzados.
—Disculpe, ¿mi suegra ya entró?
—Ya la están preparando. —Miró el álbum—. Adentro ya empezó el proceso, señora, no puede pasar. Deme lo que trae y yo se lo llevo.
—Pero la luz de la cirugía todavía no está encendida. —Señalé el letrero—. Mi suegra me pidió estas fotos. Quiere verlas antes de la operación.
—Por eso. Démelo, yo se lo paso.
—Mi suegra me pidió en persona que se lo llevara yo misma. —Apreté el álbum un poco más—. Prefiero llevarlo yo.
—La paciente está a punto de empezar. No se la puede molestar.
—Entonces espero a que salga de la cirugía.
—Señora Zhang.
La voz vino desde atrás. Me di la vuelta.
Era una enfermera alta, de uniforme celeste, con un suéter azul marino encima y un gorro blanco sobre el moño. Tenía los ojos grandes, de esos que parecen a punto de llorar o de reírse, y una tarjeta con su nombre prendida en el pecho: LIN WEIWEI.
La reconocí antes de leer el nombre.
Esa cara había sido lo último que vi con claridad en mi otra vida. Era la enfermera a la que le entregué el álbum. La que lo abrió delante de todos. La que gritó.
—Señora Zhang, por favor, no sea irrazonable —dijo la enfermera Lin, acercándose—. La operación está por empezar. ¿Usted insiste en entrar sola al quirófano? ¿Y si le pasa algo a su suegra? ¿Y si la cirugía sale mal por su culpa?
—Yo no he insistido en nada. Dije que esperaría.
—Lo está haciendo a propósito.
Me la quedé mirando. Ella sostuvo la mirada sin parpadear.
Me volví hacia la enfermera de turno.
—Está bien. Entonces entre usted primero y avísele a mi suegra que ya estoy aquí. Yo espero.
No terminé de decirlo. La mano de Lin Weiwei se cerró sobre el álbum y tiró. Me lo arrancó del pecho con una fuerza que no esperaba y dio dos pasos hacia atrás, al centro del pasillo, levantándolo por encima de la cabeza.
—¡Vengan a ver, todos! —gritó—. ¡Esta mujer maltrata a una anciana! ¡Hasta imprimió las fotos a propósito para enseñárselas a su suegra antes de la operación!
Las puertas de la sala de espera se abrieron. Los familiares que esperaban otras cirugías se levantaron de las sillas. Un camillero se detuvo. Dos pacientes en bata, que paseaban del brazo, se acercaron.
Lo mismo. Todo era lo mismo.
—Señora Zhang, todos tenemos padres —dijo una mujer mayor, con un termo entre las manos—. ¿Cómo puede ser tan cruel?
—¿Maltrató a su propia suegra?
—¿Esa? Si se ve tan frágil…
—Las frágiles son las peores.
Sentí la presión en el pecho, la misma de antes, la que me había paralizado la otra vez hasta que fue tarde. La dejé subir. La dejé llegar hasta la garganta. Y luego la empujé hacia abajo.
Ella no había abierto el álbum. Lo tenía cerrado entre las manos, lo agitaba en el aire como una bandera, y ni una sola vez había mirado adentro.
—¿Tan segura está de que maltrato a mi suegra? —pregunté.
—¡Claro que sí! Las fotos que tengo en la mano son la prueba. No intente justificarse.
—Si este álbum es la prueba de que maltrato a mi suegra, lo primero que haría no sería destruirlo.
Lin Weiwei me miró fijamente. El pasillo entero contuvo el aliento.
—Sería traerlo —seguí— hasta la puerta del quirófano, con todos ustedes mirando. ¿Eso tiene sentido?
—Es verdad —murmuró alguien—. ¿Quién va a entregar la prueba por su cuenta?
—Eso es meterse sola en la trampa.
—¡Porque es una psicópata! —Lin Weiwei alzó la voz por encima de todos—. A esta mujer le gusta tomar fotos perversas. Y no le basta: quiere enseñárselas a su suegra justo antes de operarse. ¡Para alterarla a propósito!
Algunas caras se endurecieron otra vez. La mujer del termo negó con la cabeza.
—¿Y usted qué sabe? —le dije, despacio—. Se lo advierto: difundir rumores y calumnias puede llevarla a la cárcel.
—Digo la verdad. Yo no estoy difundiendo ningún rumor.
—Entonces es muy fácil. Si esas fotos no prueban que maltraté a nadie, lo que usted está haciendo es calumnia. Y va a ir presa.
Lin Weiwei sonrió. Una sonrisa corta, segura.
—Muy bien, señora Zhang. En el peor de los casos, llamamos a la policía. A ver a quién se llevan.
Miré a mi alrededor. Diez, quince personas. Algunos ya habían sacado el celular.
—Hoy hay mucha gente mirando —dije—. Si de verdad maltraté a mi suegra, no hace falta que usted llame a nadie. Me entrego yo misma.
—Usted lo dijo. —Los ojos le brillaron—. Todos la oyeron. Está acabada.
Se dio la vuelta hacia la gente, sujetó el álbum con las dos manos y lo abrió de golpe, con la tapa verde hacia nosotros.
—¡Vengan a ver! ¡Esta mujer maltrata a su suegra, y todavía se niega a admitirlo!
Las cabezas se inclinaron hacia adelante. Yo no me moví. Crucé los brazos y esperé a que bajara la vista.
—Lin Weiwei, abra los ojos y mire bien. ¿Qué fotos son esas?