—Enfermera Lin, ¿de verdad pensaba engañarme con una foto falsa tan burda?
—¡Es real! —Lin apretó el celular contra el pecho—. Fue tomada aquí, en este hospital. ¡Y quedó tan bien hecha que ni un experto...!
Se mordió la lengua a mitad de frase. La cerró con tanta fuerza que le tembló la mandíbula.
Los de adelante no lo notaron, o no le dieron importancia, pero yo sí. Me lo guardé junto a la otra moneda, la del álbum que decía haber visto en mis manos. Todavía no era hora de sacarlas: si las ponía las dos sobre la mesa demasiado pronto, ella tendría tiempo de inventarse una explicación para cada una.
Y yo tenía algo mejor, que se veía a simple vista.
—Mire la foto otra vez, por favor —dije, y señalé la pantalla con el dedo—. Esa anciana de la cama tiene una trenza larga que le cae por la almohada. Una trenza gris, gruesa, hasta el codo.
Un par de cabezas se inclinaron.
—Antes de ingresar, mi suegra sí tenía el pelo largo —seguí—. Siempre lo llevó así, desde que la conozco. Pero el día que la internaron, para facilitar la operación, se lo cortaron al ras de las orejas. Yo estuve ahí. Cualquiera de ustedes que la haya visto en el pasillo lo sabe.
Yo le había sostenido la mano mientras caían los mechones, y ella había llorado sin ruido, con los hombros quietos. Llevaba esa trenza desde niña.
—Y la foto que usted tiene en la mano... ¿Cuándo dice que fue tomada? ¿Hoy? ¿Ayer? ¿Con qué trenza?
—Hace poco —dijo Lin, demasiado rápido.
—Entonces no puede ser. Mi suegra no ha tenido una trenza en este hospital. Esa foto la armaron con un retrato viejo.
El señor de la bata de paciente soltó una risita corta, de hombre que se da cuenta de que lo estaban tomando por tonto.
—Es verdad. La señora tiene el pelo cortito. Yo la veo todos los días.
—Es una foto falsa —dijo la mujer del termo—. Dios mío, es falsa. ¿Quién hace una cosa así?
—Qué maldad.
—Menos mal que la muchacha es lista. Si no, hoy la linchan aquí mismo.
Esa última frase me llegó con un peso raro. Menos mal. La otra vez, yo no había sido lista. Había sido una mujer con un álbum en los brazos y la boca abierta.
—Enfermera Lin, lo primero que debería haber hecho con esa imagen era comprobar si era auténtica. Pero usted vino directo a acusarme.
—No fue por maldad. —Se había puesto pálida bajo el maquillaje, y hablaba como si recitara—. No tenía prisa. Solo quería salvar a una anciana. Me preocupa que le empeore el corazón, porque con la salud tan delicada que tiene...
—Qué atenta con mi suegra.
—Soy enfermera de este hospital. Es mi deber preocuparme por los pacientes.
—Claro. Pero entonces volvamos al principio, porque esa pregunta sigue sin respuesta. ¿Por qué estaba tan segura de que el álbum que traje de mi casa guardaba esas fotos? Hasta hoy no había salido de mi casa, y usted lo tuvo cerrado en la mano hasta el final. Lo acusó antes de mirarlo.
Lin dejó de hablar. Miró a la gente, que ya no la miraba a ella con simpatía, sino con una atención incómoda. Una vez dio un respingo y miró hacia atrás.
—Yo no sé de qué me habla —dijo al fin, bajito—. Solo recibí esa imagen. Pensé que era real. Lo hice con buena intención.
—Sé que lo hizo con buena intención —respondí, y esta vez sí la dejé ver que no me lo creía—. Tarde o temprano voy a averiguar quién está detrás de usted.
—Disculpe.
La voz venía del lado de las puertas. Un médico, con el gorro quirúrgico torcido, había salido a medias de la sala y recorría el grupo con los ojos, impaciente.
—¿Quién es el familiar de la paciente de esta habitación? Se niega a que la operen. No quiere pasar a la mesa, y no hay manera de convencerla.
Sentí un hormigueo desde la nuca hasta los dedos.
—Yo soy la familiar —dije—. Soy su nuera. Este álbum es lo que ella me pidió. Déjeme entrar con él.
—Entre rápido, entonces. —Me abrió la puerta lateral—. Y que los demás se queden donde están.
Pasé frente a Lin con el álbum contra el pecho. Ella no se movió. Tenía la mirada fija en el vidrio esmerilado de las puertas, como si pudiera ver a través.
La sala de preparación era un cuarto pequeño, con una luz blanca que le quitaba el color a todo. Mi suegra estaba recostada en la camilla, con un gorro de papel verde que le dejaba las orejas al descubierto y el tubo del suero pegado con cinta en el dorso de la mano. Tenía los ojos abiertos de par en par. La respiración le sonaba áspera.
Dos enfermeras recogían instrumentos al fondo, y el médico se quedó junto a la puerta con los brazos cruzados.
—Llevamos diez minutos con esto —me dijo el médico en voz baja—. Cada vez que intentábamos acercarla a la mesa, se agarraba de la baranda con las dos manos y negaba con la cabeza. No sé qué quiere. No la podemos operar así, con tanta ansiedad. Su corazón no lo resistiría.
—Va a ver que se calma —dije, aunque no sabía si era verdad.
Me acerqué a la camilla y me incliné para que mi cara quedara a la altura de la suya. Olía a desinfectante y a la crema de manzanilla que yo le había puesto en las manos esa mañana.
—Mamá, perdóname por tardar tanto. Traje el álbum hace rato. Pero afuera había una enfermera, la enfermera Lin Weiwei, que insistía en que estaba lleno de fotos mías maltratándote. Por eso me demoré. Menos mal que la cirugía no empezó.
Ella no se movió. Sus ojos no me soltaron un momento, y la baranda que apretaba hasta hacía nada quedó libre de pronto.
Saqué del bolsillo la hoja doblada de la libreta. Tuve el impulso de preguntarle: ¿escribiste esto, mamá? Pero si ella decía que no, o si se quedaba mirándome, ¿qué haría con esa respuesta, aquí, con el médico esperando? Volví a guardar el papel y puse el álbum sobre su pecho.
—Mira. Es el de siempre.
Sus dedos, ásperos, de uñas gruesas, se cerraron sobre la tapa verde. Tardó en abrirlo. Cuando lo hizo, la primera hoja le quedó en las manos como un vidrio.
Pasó la página con cuidado, y otra. Se detuvo en la foto de ella con su marido frente a la pared de ladrillo. El pulgar se le deslizó por el borde, sin tocar las caras. Siguió con las de Bai Tao: el niño de la gorra enorme, el niño con la mochila. Algo se le movió en la boca, algo que no llegó a ser un gesto.
Yo esperaba la voz. Esperaba que apareciera dentro de mí, por fin, alguna frase de alivio, un gracias, hija, lo que diría cualquier madre con miedo. Cualquier cosa.
No llegó nada. Solo su respiración, y el murmullo de las máquinas.
Entonces levantó la vista del álbum y me miró.
Me miró despacio, de arriba abajo, como se mira a alguien que se parece a una persona conocida sin llegar a serlo. Me sostuvo la mirada tanto rato que pensé que quería decirme algo, y que lo único que tenía para hacerlo eran esos ojos pequeños y húmedos.
No pude contenerme.
—¿Por qué me miras así, mamá? —pregunté, bajito—. ¿No quieres ver las fotos de este álbum? ¿O la foto que querías ver no está en este álbum?
Sus dedos se cerraron sobre la hoja.
—Muy bien —dijo el médico detrás de mí—. ¿Ya vieron las fotos? La cirugía está por empezar. Todos afuera, por favor.
Las enfermeras me tomaron con suavidad por los codos. Pude haberme resistido. Pude haber retenido la mano de mi suegra, pedirle una sola palabra con los ojos, pero tenía a cuatro personas esperando que me moviera.
—Mamá —le dije desde la puerta—, si necesitas algo, llámame. Yo te espero afuera.
Ella no me respondió. Su cabeza se giró despacio sobre la almohada y sus ojos me siguieron hasta que la puerta me los cortó.
Afuera, el pasillo estaba más tranquilo. Alguien se había llevado a Lin, o ella misma se había ido; la silla donde antes se apoyaba tenía un abrigo encima. La gente se había dispersado en grupos de dos o tres. La mujer del termo me hizo un gesto con la cabeza que quiso ser una disculpa. El letrero sobre las puertas se encendió: EN CIRUGÍA, en rojo.
Esa luz roja yo no había alcanzado a verla en mi otra vida. A esa hora ya estaba rodeada, en un lugar donde nadie esperaba nada bueno de mí. Ahora podía sentarme a esperar, como cualquiera. Podía contar las baldosas.
Pensé en Bai Tao. Seguiría sentado en algún banco de la comisaría, de brazos cruzados, con el celular muerto y la paciencia agotada. No se enteraría de nada hasta que lo soltaran. Me sorprendió lo poco que me pesó.
Me dejé caer en una de las sillas de plástico. Las manos me temblaban por fin, ahora que nadie miraba, y las apreté entre las rodillas.
Había ganado una vez. No era poco: en mi otra vida, a esta altura, yo ya estaba muerta. Pero la voz de mi suegra no había dicho nada. Desde que la conocía, esa voz había aparecido siempre que yo la necesitaba: para decirme dónde estaba la sal, cuándo tenía frío, qué plato quería, cuánto me quería. Y hoy me había dado tres frases exactas, calcadas de las de entonces, y después se había callado cuando la miré a los ojos.
En el bolsillo tenía la hoja de libreta, doblada en cuatro, con sus letras tambaleantes. Una enfermera había sabido lo que había en un álbum sin abrirlo. Y la foto de la trenza gris había fallado justo en lo más fácil de comprobar: quien la armó no se había molestado en mirar lo que cualquiera en este pasillo podía ver.
Y estaba esa mirada de arriba abajo, que no terminaba de reconocerme.
Miré la puerta cerrada del quirófano y apoyé la frente contra las manos. ¿Por qué me tratas así, mamá?