Lo que pasó antes:
En su vida pasada, la princesa Chengping murió envenenada por su esposo, Qi Yuan'an, que solo amaba a Fu Mingzhu, la huérfana criada por la emperatriz viuda. Chengping renació el mismo día del decreto de matrimonio y, en lugar de luchar por él, se lo entregó a Mingzhu delante del emperador. Cuando la madrastra de los Qi quiso obligarla a casarse con su hijo usando el rollo de hierro de la familia, Chengping eligió al hijo mayor: el general Qi Yuanzhou, un soldado de la frontera que le ofreció una carta de separación. Ella le ofreció lealtad y le prometió cuidarle las espaldas y las provisiones. Yuan'an y Mingzhu se hundieron solos: una amante escondida, una conspiración con el tercer príncipe, una túnica del dragón. Ambos fueron condenados a morir en otoño. Y Chengping, por fin, miró el sol junto a su esposo.
La marquesa de Ningguo llevaba casi una hora de rodillas frente a la puerta del patio principal cuando Qingzhu se atrevió a interrumpir el desayuno.
—Alteza, dice que no se levantará hasta que usted la reciba.
Chengping dejó la cuchara junto al tazón de gachas, sin levantar la vista.
—¿Pusiste la tranca?
—Sí, Alteza. Como usted ordenó.
—Entonces que siga puesta.
Del otro lado del muro llegó la voz de la marquesa, ronca de tanto gritar desde antes del amanecer:
—¡Alteza! ¡Usted creció con él! ¡Una sola palabra suya a Su Majestad y mi An'er vive!
Las sirvientas barrían hojas secas que ya habían barrido dos veces. Ninguna se acercaba a la puerta. Ninguna se alejaba demasiado.
Chengping tomó un sorbo de té. Estaba tibio.
Hoy era el día.
«Que sean ejecutados en otoño», había dicho su padre. Y el otoño había llegado, con su cielo alto y limpio y los ginkgos del patio vueltos de oro. A mediodía, en la plaza de las sentencias, Qi Yuan'an y Fu Mingzhu iban a terminar juntos el camino que ellos mismos habían escogido.
—¡Alteza! —La voz se quebró en un sollozo—. ¡Se lo ruego! ¡Le doy mi vida a cambio!
—Qingzhu.
—¿Sí, Alteza?
—Ve a la puerta. No abras. Dile esto, palabra por palabra: «Él ya eligió su camino».
Qingzhu dudó un segundo; luego hizo una reverencia y salió.
Chengping oyó sus pasos sobre la grava, la tranca que crujía sin ceder, el murmullo de Qingzhu. Después, nada.
Luego, una risa larga y seca.
—¿Su camino? —gritó la marquesa—. ¡Usted se lo tendió! ¡Usted le puso cada piedra bajo los pies y ahora se lava las manos!
Chengping siguió sentada.
—Escúcheme bien, Alteza. Usted también tiene a alguien a quien quiere. Ojalá nunca tenga que arrodillarse en una puerta cerrada por él.
Los dedos de Chengping se cerraron sobre la taza.
Por un instante no vio el patio. Vio otra habitación, una vida atrás, alumbrada por velas rojas: la tablilla con el nombre de Mingzhu sobre la mesa, sus propias rodillas en el suelo frío toda la noche, y la voz de Yuan'an diciendo que lo merecía.
Nadie había llamado a ninguna puerta por ella. Nadie había gritado su nombre.
Dejó la taza sobre la mesa, sin ruido.
Afuera se oyeron pasos más pesados y una voz de hombre, cansada:
—Señora, levántate.
—¡Qi Zhengyuan! —chilló la marquesa—. ¡Es tu hijo! ¡Tu sangre! ¿Y vas a dejar que lo maten como a un perro?
—Es mi hijo —respondió el marqués—. Y lo condenó su propia mano. Llévenla a sus habitaciones.
Hubo forcejeo, un llanto que se alejaba, el roce de unas faldas arrastradas por la grava. Las sirvientas bajaron todavía más la cabeza.
Cuando volvió el silencio, Chengping se levantó y fue ella misma a quitar la tranca.
El marqués seguía allí, de pie, con las manos a la espalda. En pocas semanas había envejecido diez años: la barba más blanca, los hombros más estrechos dentro de la túnica gris.
—Perdone el escándalo, Alteza —dijo, y se inclinó.
—Padre, usted no tiene que disculparse por ella.
—Sí tengo. —Miró las hojas amarillas del suelo—. Con esa mujer llegué tarde demasiadas veces. Hoy por lo menos llegué.
No dijo más. Se fue despacio por el corredor, hacia el salón de los ancestros. Chengping sabía que pasaría allí el día entero, frente a las tablillas de los Qi, y que nadie se atrevería a llamarlo para comer.
Volvió a cerrar la puerta. Esta vez sin tranca.
Esa mañana, mucho antes de los gritos, Chengping había despertado en la oscuridad y había encontrado vacío el lado de la cama de su esposo.
Yuanzhou estaba sentado en el banco junto a la puerta del dormitorio, vestido, con la espada atravesada sobre las rodillas.
—¿No dormiste?
—Dormí, Alteza. Aquí.
Una vez se lo había explicado, casi avergonzado: en la frontera, el que duerme más cerca de la entrada es el primero en despertar si algo se acerca. Unas cuantas semanas de sábanas de seda no le habían quitado la costumbre.
Al oír los primeros gritos, Chengping entendió lo demás. Él sabía que su madrastra vendría, y había decidido que, si alguien cruzaba ese umbral, tendría que pasar primero por él.
Y sin embargo no le había dicho una sola palabra sobre la sentencia, ni anoche ni al amanecer. Solo le había subido la manta hasta los hombros.
—Hace frío, Alteza. No se levante todavía.
Luego había salido hacia el patio de entrenamiento, como todos los días, y ella se había quedado mirando el techo hasta que la luz se volvió gris.
Yuanzhou regresó a media mañana, cuando las sirvientas ya habían vuelto a sus tareas y el patio olía otra vez a té y a hojas quemadas.
Traía algo envuelto en un paño. Lo dejó sobre la mesa de piedra, bajo el ginkgo, y lo abrió: castañas todavía calientes, con la cáscara reventada por el fuego.
—¿Las asaste tú? —preguntó Chengping.
—En el brasero de la cocina. La cocinera casi me echa.
—¿Y te dejaste echar?
—Le dije que eran para Su Alteza. Me prestó su mejor pinza.
Se sentó frente a ella y empezó a pelarlas. Tenía las manos grandes, llenas de cicatrices finas y de callos donde la empuñadura había rozado durante años; las castañas parecían demasiado pequeñas entre sus dedos. Iba dejándolas, sin prisa, una por una, en la palma abierta de ella.
—En el paso, en otoño, los soldados las asan sobre los escudos —dijo—. Si el escudo está abollado, mejor. Se quedan en el hueco y no se caen al fuego.
—¿Y si viene el enemigo mientras se asan?
—Entonces se comen medio crudas.
Chengping se rió, corto, sorprendida. No había pensado que hoy podría reírse.
Él siguió pelando, sin mirarla.
—Oí que la marquesa vino.
—Ya lo sabías. Te pasaste la noche en la puerta por eso.
Yuanzhou se detuvo con una castaña a medio pelar.
—¿Me vas a decir algo de hoy? —preguntó ella.
—No, Alteza.
—¿Por qué?
—Porque usted ya lo sabe todo. —Dejó la castaña en su mano—. Y lo que no quiera saber, yo no tengo por qué decírselo.
Chengping lo miró largo rato. El sol de otoño le caía de lado sobre la cara y le marcaba la línea dura de la mandíbula y la cicatriz pálida junto a la oreja izquierda. Todavía no le había preguntado de dónde venía.
Usted ya lo sabe todo. Lo había dicho sin intención, y aun así le sonó demasiado cerca de la verdad.
—Yuanzhou.
—¿Sí, Alteza?
—Llevamos semanas casados. Duermes en mi cuarto. Me pelas castañas. Y todavía me hablas como si yo fuera a mandarte azotar.
A él se le pusieron rojas las orejas. Apenas, pero ella ya había aprendido a buscarlo.
—Todavía no me sale, Alteza.
—¿Y cuándo te va a salir?
Tardó en contestar. Se limpió la ceniza de los dedos en el paño y lo dobló en cuatro.
—Cuando esté seguro de que no la voy a perder.
Chengping no supo qué responder a eso. Cerró la mano sobre las castañas tibias.
Él se levantó para guardar la espada. Su estuche de campaña, un baúl de cuero gastado que había traído de la frontera y que se negaba a cambiar por uno nuevo, estaba abierto junto a la entrada del dormitorio. Desde la mesa, Chengping lo vio apartar un papel doblado, escrito con su letra apretada, y meterlo al fondo, bajo la ropa, antes de cerrar la tapa.
Ella no preguntó. Él tampoco explicó.
El tambor de la torre de la ciudad sonó a mediodía.
Llegaba lejano, apagado por los muros de la mansión del marqués de Ningguo, pero en el patio principal todos lo oyeron. Una sirvienta dejó caer la escoba. Qingzhu, que regaba los crisantemos, se quedó quieta con la regadera en el aire.
Chengping no se movió.
Contó los golpes. Uno. Dos. Tres.
Había imaginado este día muchas veces. En las primeras noches después de renacer, cuando todavía despertaba con el sabor de aquel veneno en la lengua, se dormía pensando en él. Había creído que sentiría algo grande: alivio, triunfo, una deuda saldada.
Ahora el tambor sonaba y lo único que sentía era frío en las puntas de los dedos. Y el peso de la castaña que no había llegado a comerse.
Una mano cubrió la suya sobre la mesa. Áspera, caliente.
Yuanzhou no dijo nada. Se quedó así, de pie a su lado, hasta que el último golpe se apagó y los pájaros del ginkgo volvieron a cantar.
—Hoy el sol también está precioso —dijo Chengping al fin, en voz baja.
—Sí, Alteza.
Unos días antes, en ese mismo patio, ella le había dicho que todos los días de su vida serían así. Lo había dicho convencida.
Seguía convencida. Solo que ahora sabía que algunos de esos días de sol iban a tener un precio.
Los cascos llegaron antes de que el sirviente de la entrada terminara de anunciarlos.
Un caballo al galope en la calle, la puerta principal que se abría de golpe, voces, carreras por el corredor. Un eunuco del palacio apareció en el arco del patio principal con el sombrero torcido y la cara cubierta de polvo.
—¡General Qi! ¡Su Majestad lo convoca de inmediato!
Yuanzhou ya estaba de pie.
—¿Qué ocurre?
—Un mensaje urgente de la frontera, general. Llegó con plumas rojas. —El eunuco tragó saliva—. Jinetes sin estandarte cruzaron el paso hace cinco noches. Quemaron dos torres de vigía antes de que nadie los viera venir.
En un segundo, su esposo dejó de ser el hombre que pelaba castañas bajo el ginkgo. Se le enderezó la espalda, y los ojos se le fueron hacia el norte, hacia un lugar que ella nunca había visto.
—Voy por mi caballo —dijo.
—Voy contigo —dijo ella.
—Alteza, es un asunto de guerra.
—Por eso mismo. —Chengping se levantó y se sacudió la ceniza de la falda—. Antes de casarnos te hice una promesa. ¿Ya la olvidaste?
Por cómo la miró, supo que no.
«Mientras usted regrese sano y salvo, yo detendré por usted las flechas de los funcionarios civiles y militares, y cuidaré sus provisiones.»
Lo había dicho frente a él, cuando todavía le hablaba de usted y el matrimonio era solo un acuerdo. Lo había dicho en serio. Pero entonces la guerra era una palabra lejana, y la frontera, un lugar en los mapas de su padre.
—Qingzhu, mi carruaje.
El estudio imperial olía a tinta fresca y a sudor de caballo.
El mensajero de la frontera seguía arrodillado en un rincón, con las botas embarradas, demasiado agotado para levantarse. Junto al escritorio estaban el príncipe heredero y media docena de ministros. Su Majestad tenía el informe abierto entre las manos.
Levantó la vista cuando entraron. Miró primero a Yuanzhou y después a su hija. No le preguntó qué hacía allí.
—Chengping.
—Padre.
—Hoy a mediodía se cumplió la sentencia —dijo el emperador. No era una pregunta.
—Lo sé, padre.
Él la observó un instante más. Luego asintió y se volvió hacia Yuanzhou.
—General Qi. ¿Cuántos hombres quedan en el paso?
—Cuatro mil de caballería, Su Majestad, y dos mil de infantería en las torres. Si los jinetes ya cruzaron, buscarán las aldeas del valle antes de la primera nevada.
—¿Quiénes son?
—Sin estandarte, nadie lo sabe. Y eso es lo que me preocupa. Los bandidos se jactan. Los ejércitos llevan banderas. Los que se esconden quieren algo más.
El príncipe heredero cruzó una mirada rápida con Chengping. Pensaban lo mismo: las cartas encontradas en la habitación secreta del tercer príncipe, los nombres que nadie había logrado descifrar, los restos de la dinastía anterior que no habían caído con él.
—Entonces no hay tiempo que perder —dijo el emperador—. Qi Yuanzhou, partirás hacia el paso en tres días con la guardia de caballería de la capital.
—Este general obedece.
—¿Y las provisiones? —preguntó Chengping.
Varios ministros se volvieron a mirarla. Una princesa no solía abrir la boca en esa habitación.
El emperador no la reprendió.
—Los granos y el forraje los lleva el Ministerio de Ingresos, como siempre.
Un hombre de unos cincuenta años dio un paso al frente: rostro redondo y amable, barba recortada con esmero, manos suaves de quien nunca ha sostenido nada más pesado que un pincel. Se inclinó con una reverencia impecable.
—Este humilde servidor, Heng Guan, supervisará personalmente cada carreta, Su Majestad. Que el general vaya tranquilo.
A su lado, Chengping sintió que Yuanzhou se ponía rígido. Nadie más lo habría notado.
—¿Lo conoces? —murmuró ella, casi sin mover los labios.
—El invierno pasado sus carretas llegaron al paso con veinte días de retraso y la mitad del grano podrido —respondió él, igual de bajo—. Él dijo que fue la nieve. Mis hombres comieron raíces y bebieron agua de nieve hasta la primavera.
Chengping recordó aquella frase. Yuanzhou se la había escupido en la cara a Yuan'an, ya encadenado y vencido: comí raíces de hierba y bebí agua de nieve en la frontera. Ella había creído que era la dureza de siempre en el paso.
Ahora aquella dureza tenía un nombre. Y el nombre estaba frente a ella, sonriendo.
—Padre —dijo Chengping—, el general conoce los caminos del norte mejor que nadie. ¿No sería prudente que él mismo…?
—Chengping. —El emperador no alzó la voz—. El Ministerio de Ingresos lleva los granos del ejército desde los tiempos de tu abuelo. No voy a cambiar las reglas del imperio por un temor sin pruebas.
Sin pruebas.
Chengping bajó la cabeza.
—Su hija entiende, padre.
El emperador tomó el pincel y firmó. El sello rojo cayó sobre el papel con un golpe seco. Un eunuco recogió el decreto y lo enrolló.
Heng Guan se volvió hacia ella, le dedicó otra reverencia, más profunda que la primera, y le habló con una dulzura casi paternal.
—Descuide, Alteza. Esta vez no faltará ni un solo grano.
Esta vez.
Yuanzhou partía en tres días, y el hombre que lo había dejado comiendo raíces en la nieve acababa de recibir las llaves de sus graneros.