La princesa que cortó el viejo sueñoCap. 1/110 min de lectura

Capítulo 1: Demasiado limpio

Lo que pasó antes:

En su vida pasada, la princesa Yi'an amó durante décadas a su esposo, Xie Shian, hasta que él, ya moribundo, exigió ser enterrado con una primera esposa que había mantenido oculta. Yi'an renació el día del banquete de luna llena de su hijo y, gracias a un candado de oro equivocado, descubrió a la otra mujer. Esa misma tarde se divorció, le cambió el apellido a su hijo, ahora Xiao Yu, y lo hizo inscribir en el Registro de Jade. La familia Xie cayó: deudas, destierro y la tumba compartida que él tanto pedía. Yi'an limpió su mansión, impuso las cinco verificaciones para casar princesas y le enseñó a Xiao Yu a no cargar culpas ajenas. Una tarde, madre e hijo hicieron volar una cometa.


La cometa que habían usado como cebo para atraer a su hijo seguía atada a una columna del corredor, y Yu'er llevaba dos semanas sin decidir qué hacer con ella. Nadie en la mansión se atrevía a tocarla. La nodriza ya había dicho tres veces que la quemaría ella misma si el príncipe no se decidía.

Esa mañana, antes del desayuno, Yi'an lo encontró parado frente a la cometa con las manos a la espalda, serio como un juez delante de un acusado.

—Madre, ¿debo guardarla?

Ella se acercó. El armazón de bambú tenía dos varillas nuevas, más claras que las viejas, y un parche de papel encolado con cuidado sobre la rasgadura: Yu'er la había reparado solo, después de la tarde en que la hizo volar. Las costuras del ala izquierda, en cambio, eran antiguas, puntadas pequeñas y apretadas, hechas por unas manos que ya no existían.

En otra vida, yo guardé durante décadas todo lo que él tocaba.

Yi'an apartó el recuerdo.

—¿Por qué me lo preguntas a mí?

—Porque si la guardo, la nodriza dice que es como guardar a la familia Xie en la casa. Y si la quemo, parece que les tengo miedo.

La nodriza, que venía detrás con una bandeja de té, carraspeó sin ninguna vergüenza.

Yi'an tomó el hilo, todavía enrollado en su carrete, y se lo puso a su hijo en la mano.

—El hilo es tuyo.

Yu'er miró el carrete un buen rato. Tenía ocho años y ya había aprendido que su madre contestaba lo que él necesitaba saber, que casi nunca era lo que había preguntado.

—Entonces se queda aquí —dijo al fin—. Hasta que yo sepa qué es.

—Me parece justo.

No alcanzaron a sentarse a desayunar. Un eunuco de palacio entró al patio a paso rápido, se inclinó en el umbral y anunció que Su Majestad requería a la princesa Yi'an en la audiencia de la mañana: el Ministerio de Ritos tenía un asunto relacionado con las cinco verificaciones.

La nodriza dejó la bandeja con un golpe seco.

—¿Otra vez esos señores?

Yi'an ya se estaba arreglando la manga.

—Si vienen ellos a buscarme, es porque traen algo que creen que no voy a poder rechazar.


El salón de audiencias olía a incienso y a tinta fresca. Los funcionarios formaban dos filas largas, y Yi'an, de pie a un costado del trono, sintió sobre ella las miradas de siempre: curiosidad, cautela y, en algún rincón, rencor bien vestido.

El ministro Liang Chengzhi dio un paso al frente. Era un hombre de barba blanca y espalda todavía recta, el mismo que años atrás se había inclinado más que nadie cuando el emperador exigió saber quién había dejado pasar a Xie Shian sin revisar su pasado. Desde entonces, Liang aplicaba las reglas de Yi'an con un celo tan perfecto que parecía ensayado.

—Su Majestad —dijo—, el Ministerio de Ritos tiene el honor de informar que, por primera vez desde que se establecieron las cinco verificaciones, un candidato las ha superado todas.

Un murmullo recorrió las filas.

—Se llama Pei Yan, compilador de la Academia Hanlin, veintiséis años. Sus padres murieron en una crecida del río cuando él era niño; lo crió un maestro de escuela que falleció hace tres inviernos. No tiene deudas, no tiene parientes que lo reclamen, nunca estuvo comprometido. Su salario entra completo y sale con recibo. —Liang alzó un legajo atado con cinta roja—. Cada dato lleva sello. El Ministerio no encontró una sola mancha.

El emperador recibió el legajo, lo hojeó sin prisa y se lo pasó a su hija.

Yi'an lo abrió. Certificados del distrito, constancia de la Academia, el registro de la escuela donde Pei Yan había estudiado, un informe sobre la aldea natal, arrasada por el río veinte años atrás y convertida hoy en arrozales. Todo en orden. Todo sellado. Y ni un solo nombre de alguien vivo que pudiera decir «yo lo vi crecer».

—Yan'er —dijo el emperador, y bajó la voz lo justo para sonar solo como un padre—, la regla es tuya. Decide tú.

Yi'an entendió la trampa antes de terminar de cerrar el legajo. Si rechazaba a un hombre que había cumplido cada exigencia, toda la corte diría que las cinco verificaciones no servían para elegir, solo para espantar; que la princesa había construido una muralla y la llamaba ley. Y si lo aceptaba sin más, un desconocido entraría por la puerta de la mansión donde dormía su hijo.

—Su Majestad —respondió—, una regla que nadie puede cumplir es un adorno. Recibiré al señor Pei esta tarde, en mi mansión, y le haré las cinco preguntas en persona. Que asistan un funcionario del Ministerio de Ritos y un escribano del Tribunal del Clan Imperial, para que todo quede por escrito.

Luego miró a Liang.

—Acepto una entrevista, ministro. No acepto un esposo.

Liang se inclinó con una sonrisa paciente, la de un hombre que ha sembrado y puede esperar la cosecha.

—Es todo lo que el Ministerio pedía, Su Alteza.


Pei Yan llegó a la mansión de la princesa cuando el reloj de agua marcaba la hora acordada, ni un momento antes ni uno después.

Vestía una túnica azul sin bordados y un cinturón de tela sencilla. Era alto, de rostro limpio y pómulos marcados. Se inclinó a la distancia exacta que dictaba el protocolo y no levantó los ojos hasta que Yi'an le indicó el asiento.

Cuando apoyó las manos sobre las rodillas, ella se fijó en ellas: uñas cortas, nudillos sin callos y ni una mancha de tinta, cosa rara en un hombre que copiaba documentos todo el día.

El funcionario de Ritos desenrolló su papel y el escribano del Tribunal del Clan Imperial mojó el pincel. La nodriza se quedó junto a la puerta, con la cara de quien vigila a un zorro en un gallinero.

—Primera pregunta —dijo Yi'an—. ¿Ha estado usted casado, comprometido o prometido de palabra con alguna mujer?

—Nunca, Su Alteza. Mi maestro quería que primero aprobara el examen. Cuando aprobé, él ya había muerto, y no quedó nadie para arreglarme nada.

—¿Y por su propia cuenta?

—Por mi propia cuenta tenía libros y poco dinero. Ninguna familia decente le entrega una hija a eso.

El escribano anotó. Yi'an siguió.

—Segunda. ¿Tiene hijos, reconocidos o no, dentro o fuera de la capital?

—Ninguno. —Pei Yan sostuvo su mirada—. Y si mañana apareciera uno, le pido al Tribunal de Dali que borre mi nombre de la Academia ese mismo día.

—Tercera. Deudas y parientes.

—Ni una moneda debida. Parientes vivos, ninguno. Los que podrían reclamarme están bajo el agua de un río del sur.

—Eso dice su expediente. Le pregunté a usted.

Por primera vez, él tardó en contestar, apenas el tiempo de una respiración.

—Entonces le digo lo mismo, Su Alteza, con mi voz en lugar de un sello.

—Cuarta. Sus finanzas.

—Mi salario de compilador, completo. Una parte la ahorro; los recibos están en el legajo. Otra parte la dono cada mes.

—¿A quién?

—Prefiero no decirlo. La caridad que se anuncia deja de ser caridad.

El funcionario de Ritos asintió con aprobación, como si aquella respuesta la hubiera escrito él. Yi'an no comentó nada. Pasó el dedo por el borde de la taza y dejó correr el silencio un momento más.

—Quinta pregunta. Si se casara conmigo, ¿qué sería Xiao Yu para usted?

—Su Alteza el príncipe de condado —respondió Pei Yan sin dudar—. No le pediría que me llamara padre. Ya tuvo uno. Con eso basta para una vida.

La nodriza se movió junto a la puerta. Yi'an no la miró.

Era una buena respuesta: respetuosa, humilde, sin ambición a la vista. Pero llevaba una espina tan fina que solo la sentiría quien conociera la historia entera: ya tuvo uno. Como si el padre de su hijo fuera una deuda saldada que nadie debía volver a mencionar.

—Ha respondido usted a las cinco —dijo ella.

—Con su permiso, Su Alteza, quisiera firmar el juramento. Que quede constancia de que si una sola palabra resulta falsa, acepto el castigo de quien engaña a la casa real.

El escribano preparó el papel. Pei Yan cargó de tinta el pincel y escribió su nombre de un solo trazo.

Yi'an lo miró escribir y se le tensó la nuca.

El trazo empujaba hacia la derecha, firme, limpio, con un remate corto y seco al final de cada carácter, como un golpe de espada que no pide permiso. Ella conocía esa letra. La había visto durante décadas, en otra vida, en cartas de viaje, en cuentas de la casa, en poemas que él le dejaba bajo el pisapapeles. Xie Shian escribía así.

En el cajón de su estudio guardaba la otra carta, la que el viejo de la familia Xie había presentado como las últimas palabras de Xie Shian. Aquella letra era floja, temblorosa en los finales, sin fuerza en la muñeca; por eso, y por un papel demasiado nuevo, había sabido que era falsa.

Dos manos. Una que imitaba mal y otra que escribía demasiado bien.

Una letra se puede aprender, pensó. La pregunta es de quién la aprendió.

El escribano secó la tinta con arenilla y le presentó el documento. Yi'an lo leyó como quien revisa un recibo de la cocina y lo devolvió.

—Anote que el señor Pei respondió a las cinco preguntas sin error y firmó el juramento por voluntad propia.

—¿Y la decisión de Su Alteza? —preguntó el funcionario de Ritos, con el pincel en el aire.

—La decisión de una princesa no se toma en una tarde. El Ministerio lo sabe mejor que nadie: la última vez que alguien decidió rápido, a mí me costó un matrimonio.

El funcionario bajó la vista a su papel.

Pei Yan se puso de pie, volvió a inclinarse a la distancia exacta y agradeció la audiencia con palabras que no sobraban ni faltaban. La nodriza lo acompañó hasta la puerta del salón y lo entregó a un criado para que lo llevara al portón.

Al volver, mientras los dos funcionarios recogían sus cosas, se acercó a Yi'an y le habló bajito.

—Parece un buen muchacho, Alteza. Educado. Ni siquiera miró los jarrones.

Yi'an no apartaba los ojos de la puerta por la que él había salido.

—Demasiado limpio, Mamá.

—¿Eso es malo?

—Un hombre que vive veintiséis años deja manchas. Una deuda pequeña con el panadero, un vecino que no lo soporta, una muchacha a la que miró demasiado tiempo en una feria. Este no tiene a nadie que pueda decir que lo vio crecer. Solo papeles. —Dejó la taza—. Y los papeles, ya lo aprendimos, los firma quien paga.


El criado que guiaba a Pei Yan tomó el camino largo, por el corredor que bordeaba el patio del este, porque el otro estaba en obras. Yi'an lo supo después y se reprochó no haberlo previsto.

Desde la ventana de celosía del salón se alcanzaba a ver ese corredor. Yu'er estaba sentado en el escalón, junto a la columna donde seguía atada la cometa, con un libro abierto sobre las rodillas que no estaba leyendo.

Pei Yan se detuvo al verlo y se inclinó ante el príncipe con la misma corrección con que se había inclinado ante ella. Yu'er se levantó para devolver el saludo, como le habían enseñado.

Entonces el hombre alzó los ojos hacia la cometa.

La miró un momento largo: el armazón remendado, las varillas nuevas, las puntadas viejas del ala izquierda. Y sonrió con una amabilidad tan natural que cualquiera se la habría creído.

—¿Esa cometa la hizo tu padre? —preguntó—. Está muy bien hecha.

Yu'er no contestó. Volvió la cabeza despacio, buscando a su madre detrás de la celosía, como si supiera exactamente dónde estaba.

Yi'an se quedó inmóvil.

Lo de la cometa lo sabían ella, su hijo, la nodriza y los dos guardias que habían detenido al viejo en la calle. El emperador lo había leído en un informe sellado. Y el viejo de la familia Xie, el único que había abierto la boca para decir «tu padre la hizo con sus propias manos», iba camino del destierro, custodiado, y no volvería a hablar con nadie de la capital.

Pei Yan hizo otra reverencia al príncipe y siguió al criado hacia el portón, sin prisa, con las manos limpias metidas en las mangas.

Nadie le había dicho de quién era la cometa.

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