El cuaderno azul de la marquesaCap. 1/111 min de lectura

Capítulo 1: La luna llena de los gemelos

Lo que pasó antes: En su vida pasada, Song Zijun murió engañada por su esposo, Gu Yuanzhou, que juró no tener hijos por gratitud hacia una viuda, Cheng Yujin, cuando ella ya esperaba un hijo suyo. Renació en su noche de bodas. Esta vez le devolvió el tazón: él lo bebió y quedó estéril. Zijun se negó a beber y, en ese mismo salón, se casó con Gu Xingzhi, primo de su prometido y general de caballería. Yuanzhou perdió el título de heredero; Yujin, a su hijo; y ambos terminaron lejos de la capital, hundidos por sus propias decisiones. Zijun dio a luz a gemelos, y Xingzhi fue nombrado marqués de Ningyuan, con ella como dama de primer rango.


El marqués de Ningyuan había cargado contra la caballería enemiga sin pestañear, pero aquella mañana dos bebés de un mes lo tenían acorralado junto a la ventana. El niño lloraba en su brazo izquierdo. La niña, en el derecho, había decidido que si su hermano lloraba, ella tenía que llorar más fuerte.

—Zijun —dijo Xingzhi sin atreverse a mover un dedo—. Creo que los estoy cargando mal.

Zijun estaba sentada en la cama, con el cabello todavía suelto sobre los hombros. Se tapó la boca para no reírse, pero los ojos la delataron.

—Los cargas como si fueran dos lanzas.

—Las lanzas no se quejan.

Se levantó despacio, porque el cuerpo aún le recordaba el parto, y le acomodó los codos: le bajó un poco el brazo izquierdo y le acercó el derecho al pecho.

—Así. Pegados a ti. Que oigan tu corazón.

El llanto del niño se volvió un hipo. La niña tardó un poco más, ofendida, y al final se calló con la boca abierta contra la tela de su padre. Xingzhi bajó la vista hacia ellos y luego la miró a ella con un asombro que Zijun nunca le había visto.

—¿Cómo lo hiciste?

—Llevo un mes practicando. Tú llevas un mes mirándome desde la puerta, con miedo de romperlos.

Afuera estaban colgando los faroles rojos. Ese día los gemelos cumplían su primer mes, la luna llena, como decían las abuelas, y la mansión del marqués de Ningyuan llevaba tres días oliendo a pastel de arroz y a jengibre.

La puerta se abrió sin que nadie tocara. Solo una persona en la casa entraba así.

—¡Ya están despiertos! —La señora Gu segunda venía con dos nodrizas detrás y los ojos húmedos, como los traía desde el invierno—. Hijo, por favor, no los aprietes.

—No los aprieto, madre. Zijun me enseñó.

—Zijun te enseña muchas cosas y tú aprendes la mitad.

Zijun se rió. La suegra le tomó la mano y se la apretó entre las suyas, tibias y ásperas de tanto coser ropa diminuta.

—Hija, hoy los invitados van a preguntar los nombres. Su padre dice que ya los tiene, pero no ha querido decírmelos.

—Quería decírselos a usted primero —contestó Xingzhi. Miró al niño—. Chen. Gu Chen. Como la mañana. Llegó primero, abrió el camino.

—¿Y ella?

—Wan. —Esta vez la voz le salió más baja—. Gu Wan. Es una palabra suave. Pero que nadie la confunda con débil.

La señora Gu segunda se volteó hacia su nuera.

—Como su madre.

Zijun no contestó. Miró a sus hijos dormidos en los brazos de un hombre que hacía un año era casi un desconocido, y repitió los nombres por dentro, una vez cada uno, como quien guarda dos monedas en el bolsillo.


El banquete se sirvió en el salón principal.

Zijun ya sabía qué salón era, y aun así se detuvo un momento en la puerta. Faltaban las cintas rojas de aquella noche y sobraban las flores de ciruelo que alguien había puesto en todos los jarrones, pero las columnas eran las mismas, y el piso de piedra era el mismo piso.

—Felicidades, dama de primer rango.

—Qué fortuna, marquesa. Gemelos dragón y fénix en el primer parto.

Las damas se inclinaban a su paso. Algunas eran las mismas que, un año atrás, se habían cubierto la boca con el abanico mientras la familia Gu le acercaba un tazón a la cara. Zijun les devolvió el saludo con la cortesía exacta, ni un grado más. Recordaba quién se había reído.

Todos reían. Solo usted estaba seria.

Xingzhi se lo había dicho aquella misma noche, en el cuarto nupcial. Todavía le costaba creer que esa respuesta hubiera bastado para cambiarle la vida.

Su padre llegó cuando ya estaban servidos los primeros platos. El gran preceptor Song entró como entraba a todas partes, con la espalda recta y la cara de quien va a corregir un memorial lleno de errores. Aceptó una copa, la dejó sin probar y pidió al niño.

—Démelo. Con cuidado.

La nodriza le puso a Gu Chen en los brazos. El niño abrió los ojos, miró las barbas grises de su abuelo con mucha seriedad y estornudó.

Al gran preceptor se le deshizo la cara.

—Tiene tus cejas, hija.

—Todos dicen que se parece a Xingzhi, padre.

—Todos están equivocados. Las cejas son tuyas. Cuando eras así de chiquita fruncías igual, como si el mundo te debiera una explicación.

—El mundo me la debía.

—Y se la cobraste. —Lo dijo bajito, solo para ella, y luego levantó la voz para los demás—. Este niño va a estudiar. No me importa que su padre sea general. Va a leer antes de montar a caballo.

La señora Gu segunda soltó una carcajada y enseguida se echó a llorar. Se secó los ojos con la manga.

—Perdónenme. Es que hace un año, en este mismo salón… —No terminó. Le acarició la cabeza a Gu Wan, que dormía en brazos de la otra nodriza—. Y mírenlos ahora.

Nadie terminó la frase por ella. Todos la sabían.


El anuncio llegó desde el patio, en la voz larga y aguda de un mensajero de palacio.

—¡Regalo de Su Majestad para el heredero del marquesado y la princesa del condado!

Las sillas se arrastraron y todo el salón se puso de rodillas. Zijun bajó la frente hasta casi tocar el piso, con Xingzhi a su lado, y escuchó los pasos del eunuco acercarse hasta detenerse frente a ellos.

Traía una caja de madera clara sobre una bandeja cubierta de seda amarilla. Dentro, sobre terciopelo, había dos candados de longevidad de jade blanco, del tamaño de la palma de un niño: uno con un dragón tallado, el otro con un fénix.

—Su Majestad dice que el heredero y la princesa del condado crezcan sanos y que honren a su casa.

—Yo, Gu Xingzhi, agradezco la gracia de Su Majestad.

—La dama de primer rango agradece la gracia de Su Majestad —dijo Zijun.

El eunuco felicitó a todos y se fue tan rápido como había llegado. El ruido volvió con más fuerza, y ahora las felicitaciones venían cargadas de cálculo: un regalo personal del emperador en una fiesta de primer mes no se veía todos los días.

Una criada se acercó a la mesa principal con una bandeja y dos tazones de caldo humeante, uno para la marquesa y otro para el marqués.

Zijun miró los tazones.

Fue un segundo. La porcelana blanca, el vapor, una mano que se los ofrecía. Y de pronto estaba otra vez en ese piso, con el vestido de novia, oyendo a Yuanzhou explicarle con toda calma por qué ella tenía que beber aquello, mientras Yujin se llevaba la mano al pecho y fingía que le dolía el corazón.

Bajó la vista. Era caldo de pollo con dátiles rojos, con dos bayas de goji flotando en la superficie.

Esta vez no hay nada que beber.

Nada que alguien le pusiera enfrente para que se lo tragara sin haberlo elegido ella.

Debajo de la mesa, una mano grande y callosa se cerró sobre la suya.

—¿Qué miras? —preguntó Xingzhi sin voltear, como si comentara la comida.

—Una mancha en el piso.

Él siguió la dirección de sus ojos. Junto a la tercera columna, la piedra tenía un tono un poco más oscuro, del tamaño de una mano abierta. Allí se había derramado algo hacía un año, cuando ella empujó el tazón.

—Mañana mando que lo pulan.

—No. Déjala.

—¿Por qué?

—Me gusta recordar dónde estuve parada.

Xingzhi no dijo nada más. No le soltó la mano en todo el banquete, aunque tuvo que brindar con la izquierda y medio salón lo notó.


Qingtao apareció a su lado cuando servían los dulces y se inclinó como si le acomodara una horquilla.

—Señora, hay una mujer en la puerta lateral. Dice que viene de la casa vieja.

Zijun dejó los palillos en el plato.

—¿Sola?

—Sola. Una criada vieja de la tía. Trae algo envuelto en tela roja y no quiere dárselo a nadie más que a usted.

Xingzhi ya estaba mirando. Zijun negó con la cabeza, apenas, y él se quedó sentado. Ella se levantó con la excusa de ver a los niños.

La mujer esperaba en el callejón, bajo el farol más pequeño. Zijun la reconoció: era la criada que siempre caminaba un paso detrás de la tía. Ahora tenía más canas y el abrigo remendado en los codos.

Al ver a Zijun, se arrodilló sobre las piedras.

—Dama de primer rango.

—Levántese. Hace frío.

La mujer no se levantó. Le extendió las dos manos con el envoltorio rojo encima.

—La señora anciana manda esto para los pequeños. Y una carta.

Dentro de la tela había un candado de plata sencillo, sin piedras, con los bordes gastados. Nada que ver con el jade del palacio.

La carta era breve, de letra temblorosa.

Sé que no tengo derecho a pedirle nada. Solo quisiera ver a los niños una vez. De lejos, si así lo quiere. No vengo a pedir perdón por mi hijo. No sabría cómo.

Zijun dobló el papel y lo guardó en la manga.

—¿Cómo está la tía?

—Tose mucho, señora. De noche, sobre todo. Y casi no sale.

—¿Y en la casa?

La criada vaciló.

—En la casa nadie habla mucho.

Zijun asintió, tomó el candado de plata y lo envolvió de nuevo en su tela.

—Dígale a la tía que lo recibí. Que los niños están sanos. Que el varón se llama Gu Chen y la niña Gu Wan.

—¿Y… la puerta, señora? ¿Qué le digo de la puerta?

Zijun miró hacia atrás, hacia el patio iluminado donde sonaban las risas y donde, en algún cuarto, sus hijos dormían con un dragón y un fénix de jade junto a la almohada.

—La puerta se queda como está.

La mujer bajó la cabeza sin protestar. Se levantó con esfuerzo, hizo una última reverencia y se perdió entre las carretas.

Cuando Zijun volvió a entrar, Xingzhi la esperaba en el pasillo, apoyado en una columna.

—¿La tía?

—Mandó un candado de plata para los niños.

—¿Lo aceptaste?

—Acepté la plata. —Le mostró el bulto rojo—. Lo demás no.

Él asintió. Con eso le bastaba.

—Vamos. Tu padre quiere brindar y no deja que nadie se siente hasta que estés tú.


La luna salió grande y amarilla sobre los tejados cuando los invitados empezaron a irse.

Zijun despedía a las últimas damas en el patio delantero. Xingzhi acompañaba a su suegro hasta el carruaje, porque el gran preceptor había bebido más de lo que admitía.

Entonces un niño se coló entre las faldas de las señoras.

Tendría ocho o nueve años, ropa de algodón gris y unas sandalias demasiado grandes. Nadie lo había visto entrar. Se plantó frente a Zijun y le tendió una caja de laca negra con un ribete rojo.

—Para la señora marquesa.

—¿De parte de quién?

El niño no contestó. Le dejó la caja en las manos, se dio la vuelta y echó a correr hacia el portón, donde las carretas salían una tras otra entre los gritos de los cocheros. Qingtao dio dos pasos detrás de él y se detuvo: ya no se le veía.

—¿Lo sigo, señora?

—No. Ya se fue.

Zijun miró la caja. Era de buen trabajo, sin sello de tienda, y olía a humo de leña y a hojas de té tostadas, el olor de un lugar donde se hierve agua todo el día.

No la abrió en el patio.

Esperó a estar sola en su cuarto, con las nodrizas cantando bajito en la habitación de al lado. Se sentó junto a la mesa, levantó la tapa y encontró un papel amarillo y grueso, doblado en cuatro. Papel de oficina.

Lo desplegó.

Era una copia del diploma de viuda casta de Cheng Yujin.

Por su fidelidad al esposo caído en batalla, por su pureza y su sacrificio… Era el título que la rama mayor había pedido para ella y que el emperador había concedido. Yujin lo había llevado como una armadura, hasta que la mañana del té se le cayó a pedazos delante de todos.

Abajo, en la esquina, estaba el sello rojo del Ministerio de Ritos.

Con el diploma venía una tira de papel blanco, escrita con la letra limpia y pareja de alguien acostumbrado a redactar documentos.

El honor de la casa Gu. Guárdelo bien.

Zijun lo leyó dos veces. No había firma ni amenaza escrita. No hacía falta. Si aquel título era una mentira, la mentira llevaba el nombre de la familia Gu, y la familia Gu ahora era su esposo. Era Gu Chen, heredero por decreto. Era Gu Wan, princesa del condado. Era la casa entera donde dormían sus hijos.

Acercó la lámpara para ver mejor el sello.

Era cuadrado, de tinta bermellón muy espesa. La esquina inferior izquierda no cerraba bien: la línea del borde tenía un pequeño hueco, como un diente partido.

Zijun dejó de oír a las nodrizas.

Ese hueco lo había visto antes. No en esta vida.

En la otra vida, Yujin vivía en el patio del este y casi nunca salía. Tenía un costurero de madera con candado que no dejaba que nadie tocara. Una tarde, Zijun entró sin avisar a llevarle un recado de la tía. Yujin estaba inclinada sobre la mesa, con un cuaderno de tapas azules abierto delante, y lo cerró de golpe. Pero antes, Zijun alcanzó a ver, en la parte de adentro de la tapa, un sello rojo con la esquina rota.

Yujin nunca soltó ese cuaderno. Ni cuando enfermó, ni cuando el niño que había adoptado del clan empezó a parecerse a Yuanzhou, ni la noche en que todo terminó.

Zijun dobló el diploma con cuidado, siguiendo los mismos pliegues, y lo devolvió a la caja de laca. Afuera, la luna seguía subiendo sobre la mansión de Ningyuan, redonda y perfecta, la misma luna bajo la que todos habían brindado esa noche por sus hijos.

La luna llena había traído un regalo envenenado. Y en esta vida, ese cuaderno azul tenía que estar en alguna parte.

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